El canon praxiteliano anticipaba en la escultura clásica la sensualidad inherente a la curva. Una pose desenfadada del cuerpo definida en flagrante aliteración: suave sinuosidad. En Andy Goode parece no haber canon posible, salvo el que anuncia la decadencia de un jugador. Dicho en plata: es un medio de apertura que está más gordo que su talonador. Una perversión formal que nos recuerda el adagio del que siempre nos enorgullecimos en el rugby: éste es un deporte para gente de todos los tamaños y todas las tallas.

Mientras cantamos convencidos la evolución física del juego y lamentamos que los vestuarios del rugby licra parezcan una reunión dominical de adonis mezclados con los primos del rechoncho Berengario de Umberto Eco, de repente se presenta Andy Goode con su barriga prominente; con esas camisetas de los Falcons que no le ganan la curva del vientre; con su aspecto de que será atropellado por cualquiera de los atletas del equipo contrario (e incluso del propio); y la pinta de hiperventilar si intenta atarse las botas él solo en el vestuario. Y sí, llega Andy Goode de su retiro para jugar diez partidos en el equipo de Dean Richards, y enseguida sabemos que no es que se hubiera retirado. No. En realidad, Goode estaba en el cuarto forrado / de leopardo dorado… como cantó Calamaro. Y se pone a repartir balones y de pronto Newcastle es Las Vegas. Y los Falcons ganan tres partidos de los últimos cinco. Y se confirma, una vez más, lo que todos sabíamos: que Elvis está vivo.

Goodey, tirado contra la valla tras un topetazo de testosterona juvenil de Harry Mallinder.

Goodey, contra la valla tras un topetazo juvenil de Harry Mallinder.

Goode lo devolvió a la existencia en este provechoso epílogo de su carrera el único hombre capacitado para ejercer al mismo tiempo el papel del coronel Truman de Rambo y el del coronel Tom ParkerDean Richards, el legendario tercera inglés que ya lo dirigió en Leicester y que lo convenció para que firmara un contrato de tres meses por la lesión de Mike Delany, su 10 titular. Newcastle, el equipo que antes llegó al profesionalismo en Inglaterra hace ahora ya más de 20 años, cuando fichó a Rob Andrew de los Wasps, aceptó la contratación del veterano apertura de 35 años. Al verlo, el mundo del rugby soltó una risotada. Goode, siempre con tendencia a coger peso, era ya algo más que el apertura sexy y barrigón, con pie fino de seda, que había agotado su carrera en WorcesterWasps. Tras dejar su Coventry natal, el verano pasado se incorporó a London Irish… pero no llegó a jugar. A principios de septiembre, aconsejado por médicos y fisios, anunció su retirada sin disputar un solo partido con los Exiles.

Andy Goode: sobran las palabras.

La curva feliz de Goode. [Photo by Chris Lishman/REX/Shutterstock].

Después de ese abandono inesperado, la relativa broma de su regreso cayó cruzada entre los Irish, con toda la razón. Parecía un sarcasmo elaborado a conciencia. No era solo que volviese, apenas cuatro meses más tarde. Es que, además, Newcastle es el rival -o lo era- por evitar la última plaza en la Premiership inglesa; y, encima, el cruce de fechas determinaba que Goode jugaría el primer partido con su nuevo equipo precisamente contra… London Irish. Glenn Delaney, director de rugby de los exiliados verdes, se puso flemático: «Ni pensamos en ello. Andy ya ha explicado que la única persona capaz de sacarlo de su retirada era Dean Richards».

Ese día, en efecto Goode salió desde el banquillo: los Irish ganaron (20-15). Pero el apertura gordo empezó a hacer milagros con el vino y el agua cuando apareció en la segunda mitad contra los Harlequins, a la semana siguiente, y anotó tres golpes de castigo y una conversión para poner a salvo la victoria de su equipo (26-19); después, Newcastle perdería en el regreso del estrambótico ídolo al campo de los Wasps por un exiguo 9-8. Pero, con el Seis Naciones ya en marcha y convertida la liga en un flan en el que todo puede suceder, el show de Goodey alcanzó el paroxismo con el cobro de dos piezas mayores: Leicester Tigers (26-14) y Northampton Saints (26-25).

La seguridad de su anotación con el pie y la sencillez de las buenas decisiones han convertido a Goode en un improbable héroe en este rugby post moderno de hoy. Si uno lo sigue durante el partido -vimos la otra madrugada el de los Saints y gozamos como hacía tiempo del espectáculo-, advierte de qué modo Goode ha reducido todas las posibilidades del juego de un apertura a lo esencial: darle vida a la pelota en el reparto y tomar (casi) siempre la decisión más adecuada en tiempo y forma. Desde luego no rompe -aunque se va animando-, desde luego simplifica al máximo, desde luego no parece que vaya a placar a nadie, aunque sabe ponerse donde hay que ponerse y anticipar algunas jugadas. Verlo en movimiento produce un efecto a medio camino entre la admiración y la diversión gamberra. Pero el hecho es que, gordo o no, Andy Goode juega muy bien al rugby. Y su equipo lo está notando. Han subido otro puesto y dejado atrás a los Worcester Warriors. No acreditar tal renacimiento a la oronda influencia de Goode sería una osadía. Ha supuesto un factor decisivo.

Y después, está el personaje, que parece de vuelta en una versión muy acabada de sí mismo. Todo esto contribuye al jolgorio. Sus conversaciones con Wayne Barnes en el partido con los Saints han aquilatado la leyenda del apertura más grande de Inglaterra, dicho esto en el sentido más literal del término: no hay otro con su tamaño ni con su barriga. Después de sorprender con un medio placaje de listo al displicente Burrell y desposeerlo de la pelota, se dio una carrera de presión que acabó pescando la pelota y un golpe en el ruck consiguiente. Ya antes habían bromeado árbitro y jugador en una acción similar. Mickey Young Botha felicitaron a palmetazos a Andy Goode por su recuperación; Barnes lo buscaba con una mirada de reojo y una media sonrisa. Mientras se disponía a colocar la pelota, el árbitro no se pudo contener y le dijo: «Tackling as well, Goodey?». ¿Es que ahora resulta que también placas? Por lo visto, sí. A continuación, Goode sumó tres más.

La frase irónica de Barnes resume el caso. Aquel jugador que pasó por Brive, por el Super Rugby, por Saracens y desde luego que ganó todo o casi todo con los Tigers… Aquel estrafalario 10 de Inglaterra con su melena grasienta de cabellera en recesión, y con sus odiosos guantecitos negros (moda derogada, salvo por sospechosos habituales como Goode o esos deditos negros de Goromaru), resulta que se ha convertido en el ídolo más divertido de la Premier. Es como si fuera uno de los nuestros, de los del rugby imperfecto de siempre.

Harry Mallinder, el hijo del jefe de los Saints, atlético, juvenil y fogoso, lo placó contra la valla en su zona de balón muerto cuando, con picardía, Goode retrasó la anulación de un balonazo de Northampton, jugando con el tiempo. No le dio fuerte, pero Goode se quedó tirado contra la publicidad, como si observara un atardecer en la playa vaciando pintas. Pidió explicaciones con gesto del que está de vuelta de todo y la red se llenó de memes. El chico Mallinder hasta pareció ir a explicarle que lo que había hecho, en realidad, no tenía mala intención. El otro debió farfullarle algo así como: «¿No ves que yo podría ser tu padre?». Medió Barnes, que a esas horas apenas podía reprimir la carcajada: «Si tienes el balón, te puede placar». Los Falcons volvieron a ganar.

Así están las cosas. A uno ya no le extrañaría que, cualquier día o en el de su segunda despedida al final de este contrato de temporero descarado, Goode abandone el campo semidesnudo ante el éxtasis popular; exhibiendo ese tripón de sátiro, desparramado sobre un tanga de hilo dental; y quitándose las medias y los suspensorios para tirárselos a las chicas de la grada, como hacía el personaje de Michael Ontkean en El Castañazo. El tío está muy gordo. Pero es que es muy grande.