Siempre me fascinó la Cataluña del Norte. Por razones familiares que ahora no vienen al caso, esta particular porción catalana bajo administración francesa siempre estuvo muy presente en mi casa, mucho antes de que me topara con una pelota oval en la universidad. Antes de aprender nada sobre la concurridísima tumba de Machado en Cotlliure o la del mestre Fabra en Prada, tuve noticia de primera mano en mi infancia sobre los tristes, tristísimos, campos de concentración en Argelers y de relatos contados a media y entrecortada voz sobre pasos de frontera y viajes en tren en dirección a Portbou. Con decir que mi primer -y único- triciclo me lo regalo un tío-abuelo que vivía en Sant Cebrià del Rosselló y que me lo trajo para mi cumpleaños en su mítico 2CV con el 66 plateado del Département des Pyrénées-Orientales estampado en la negra matrícula que durante décadas fue distintiva de los automóviles franceses, está dicho todo. Para mí, era una especie de tierra mítica, una suerte de Brigadoon a la catalana.

Muchos años después, ya treintañero, cerré ese círculo vital gracias al rugby, jugando en muchos de los campos que trufan ese territorio gracias al Trofeo Dos Cataluñas, una reedición -por segunda ocasión fallida- de la Copa Pirineos de los 60. Desde entonces, esa rebanada de territorio catalán en Francia -en afortunada expresión de Aleix Renyé (La llesqueta del septentrió, 2017)- forma parte de mi existencia, fundamentalmente oval, a la que rindo visita tanto como puedo. Básicamente, un par de veces al año al Aimé Giral, santuario del mejor club catalán de todos los tiempos: la USAP de Perpiñán.

Iniciamos nuestro particular periplo desde la Costa Brava central y nos enfilamos hacia La Jonquera por la autopista AP7, que deviene la A9 en territorio francés. Visitaremos un club de cada división Fédérale: Céret, Tuïr, Elna y Argelers, y acabaremos en Perpiñán. Desde la A9 tomamos el primer desvío a la altura de El Voló y nos dirigimos hacia Ceret, capital del Vallespir. Aparte de la USAP, que hoy pena en la segunda división profesional PROD2 después de ganar la liga TOP14 el 2009, el Pays Catalan ha presentado siempre un rugby muy robusto para un territorio geográficamente limitado y una población autóctona exigua. En estos momentos tiene un participante en Fédérale 1 (Céret Sportif); dos en Fédérale 2 (Etoile Sportive Catalane en Argelers y Jeunesse Olympique Pradeenne en Prada de Conflent); y cuatro en Fédérale 3 (Union Sportive Thuirinoise, en Tuïr; Jeunesse Sportive Illibérienne, en Elna; Salanque Côte Radieuse, en Torrelles de la Salanca; y Sporting Club Amateur Rivesaltes Bompas, en Rivesaltes). Amén de casi cuatro decenas de clubes compitiendo en las categorías territoriales, que recientemente se agruparon en la región administrativa Ligue Régionale Occitanie.

La Cataluña del Norte es territorio rugby desde finales del siglo XIX. No solo de rugby a XV –quinziste, como le llaman aquí-, sino también a XIII –tretziste-: no en vano la franquicia de los Dragons Catalans compite con buen nivel en la Super League británica desde 2006. La relación entre estas dos iglesias de la religión oval ha sido movidita en toda Francia -mucho más que en Gran Bretaña-, y particularmente en el Pays Catalan, pero esa historia la dejamos para otra ocasión.

Céret ha vivido más de un siglo de rugby en su campo.

Llegamos antes del mediodía al magnífico Stade Louis Fondecave, situado en la Avenida d’Espagne que, a pesar de lo que su nombre pudiera sugerir, es una simple carretera de dos sentidos de circulación, flanqueada, eso sí, por majestuosos y centenarios plátanos de sombra, que le da todo un aire de aristócrata venido a menos. El estadio se alza con el imponente edificio del Lycée Déodat de Séverac a un lado, y la vista de los Pirineos al otro. El portal de entrada está abierto y el campo, desierto. Solo una pareja que juega al básquet en una pista adyacente, y un empleado que siega el césped, verde e inmaculado, que ni se inmuta ante nuestra presencia. Nos impresiona la amplitud del espacio, rodeado de casitas que le dan un aire provincial entrañable, que nos transporta por un momento a las Highlands escocesas, con la visión de las montañas cercanas recortadas en el añil del cielo bajo una luz diáfana, precisa.

La grada, con una capacidad para casi 3.000 personas, causa un impacto considerable. Nos percatamos de que se trata del campo de un club de tercera división, de una ciudad que no llega a los 8.000 habitantes. En la Cataluña Sur, ni La Foixarda en Barcelona, ni el Baldiri Aleu en Sant Boi, los dos campos más emblemáticos, tienen ni esta capacidad ni mucho menos esta espléndida presencia. Este simple y útil ejercicio de comparación nos sirve para aquilatar todas las diferencias posibles entre el rugby des villages francés, y el que padecemos -tras cien años de historia, que ya es decir- al sur de la frontera.

Céret ha quedado fuera de la novísima liga Nationale organizada entre LNR y FFR, una especie de tercera división pro que se intuye como un laboratorio para la creación de clubes llamados a formar parte de la élite TOP14 y PROD2. A este respecto Jaume Pol, antiguo tercera línea del Rugby Olympique Laurentin (Sant Llorenç de Cerdans), y buen conocedor del territorio, opina que “aunque la escasa densidad de población de nuestro territorio nos juega en contra, siempre hemos tenido una buena representación en la categorías federales, pero últimamente, tanto en estas categorías como en los pequeños clubes territoriales de Honneur, el elemento humano, dirigentes de calidad, se echa mucho en falta”. Para Raymond Rebujent, antiguo talonero internacional francés (tanto en XV como en XIII, un caso inédito que le valió una sanción a perpetuidad por parte de la FFR, de la que fue indultado gracias a los oficios de Jean-Claude Baqué), esta nueva categoría es “una especie de contenedor de clubes que no caben en PROD2. Clubes que fueron, o clubes con algún posible que ficharán oceánicos por 2000€ al mes”.

Entrada al Stade Eugène Ribère de Tuïr.

Abandonamos Céret y el Vallespir, y ascendemos por estrechas y serpenteantes carreteras hacia los Aspres para visitar la minúscula aldea de Oms, motivados únicamente por la razón onomástica de quien esto escribe. Encontramos cuatro casas agrupadas alrededor de una desvencijada iglesia románica donde bate el sol de mediodía, y un pequeño monumento a pie de carretera con un par de decenas de nombres, en recuerdo a los caídos por la gloria de Francia en dos guerras mundiales. Desde allí nos dirigimos hacia Tuïr, donde paramos para el almuerzo en horario europeo, y visitamos el Stade Eugène Ribère, sede de la US Thuirinoise.

Ribère (Tuïr, 1902- Burdeos, 1988) fue un aguerrido tercera línea que consiguió la proeza de ser seleccionado por Francia durante casi diez años (1924-1933). Nos fascinan los accesos de los estadios municipales. Con la omnipresente cuatribarrada, la taquilla para las entradas y la verja de hierro, nos asemejan un fuerte colonial norteafricano con aires de Beau Geste. Como era de esperar, lo encontramos cerrado. Se trata de un campo polideportivo, ahora con las porterías de fútbol instaladas. Con cierto aspecto de armatoste deteriorado, la grada, con una capacidad para más de mil personas, sigue causándonos cierta sana envidia. Vislumbramos desde la puerta un cartel que nos informa del centenario del club en 2009 -Céret es de 1915- y del campeonato de Francia ganado en la temporada 2017/18.

La tribuna del campo en Tuïr.

Pere Manzanares, veterano periodista en Ràdio Arrels y speaker catalán en el estadio Aimé Giral de la USAP, afirma que “el rugby arraigó pronto y muy hondo aquí. Forma parte de nuestra historia y de nuestra cultura, y el factor fundamental para que esto haya sido así durante más de un siglo es la fuerza de la USAP, que ha actuado de locomotora de todo el rugby norcatalán”. Geoffroy Lordou, antiguo jugador en Elna y en las categorías inferiores de la USAP, lo corrobora: “Es un modelo piramidal informal que nadie cuestiona. Todos los clubes lo saben y lo asumen: el vértice es la USAP, que ficha para sus ‘Espoirs’ los mejores jugadores de cada equipo del Pays Catalan. Pero es una relación en doble dirección. El equipo ‘Espoir’ acostumbra a venir a jugar en los estadios de estos clubes durante la pretemporada. Es una muestra de reconocimiento”. Damos fe de este hecho, pues el 28 de agosto se jugó un triangular en Argelers entre Espoirs, Céret y l’ES Catalane.

Desde Tuïr, a primera hora de la tarde, ponemos rumbo hacia la costa y nos dirigimos a Elna, ciudad relevante no solo por su equipo de rugby, la Jeunesse Sportive Illibérienne, sino por haber tenido obispado desde el siglo VI. El club agrupa también los pueblos colindantes de Tesà y La Torre d’Elna, en una agrupación que viene siendo común en estas poblaciones progresivamente despobladas. Lourdou, que vive actualmente en Sant Cugat, cerca de Barcelona, involucrado como ex jugador y entrenador de categorías inferiores, es él mismo un ejemplo de este hecho: “En el norte tenemos un problema demográfico: los jóvenes se van por falta de oportunidades, y solo se quedan los viejos. Además, recibimos jubilados del norte de Francia, y jóvenes subsidiados que prefieren el sur, pero que no tienen nada que ver ni con el territorio ni con el rugby”. “Además -reconoce Manzanares- hasta hace una generación el rugby no tenía prácticamente competencia, pero ahora los jóvenes tienen muchos estímulos, y su nivel de compromiso con el rugby empieza a ser preocupante”.

El coqueto terreno de juego del Stade Maurice Erre, en Elna.

El estadio Maurice Erre se extiende a lo largo de una explanada al lado de la carretera de salida del pueblo, con un amplio aparcamiento moteado con hileras de árboles jóvenes que nos dan una magnífica y deseada sombra en esta hora de calor húmedo, casi sofocante. La puerta está abierta y entramos. Igual que en Céret, nos encontramos al jardinero arreglando sus aperos antes de marchar. Le pedimos permiso para dar una vuelta y nos sonríe: “Pas de problema” nos dice, en franco-catalán.

El campo presenta un césped envidiable, de un verde rutilante y graso, que pide a gritos darse unas carreras con un balón entre las manos. La grada, inaugurada en 1990, tiene una capacidad para mil personas. La calidad de las instalaciones que visitamos, en pueblos pequeños y cercanos, aunque acusan el paso del tiempo y un mantenimiento no siempre excelente, nos dan noticia de un rugby envidiable, potente, aunque nos digan que no viva su mejor momento. Campos de verde inmaculado, gradas, barras y barbacoas para el tercer tiempo.

La entrada al campo.

Este es un país de rugby. Ante tal magnificencia, nos preguntamos por qué las relaciones rugbísticas entre las dos Cataluñas han sido siempre inconsistentes y esporádicas. Todos nuestros entrevistados coinciden: “El problema básico es el calendario. Es prácticamente imposible encontrar fechas libres para organizar encuentros”, señala Jaume Pol. “Además, existe el eterno prejuicio por nuestra parte: nadie aquí se lo ha tomado nunca en serio, eso de jugar contra españoles”. Manzanares es más tajante todavía: “Se trata de un problema de voluntad y de cultura deportiva por parte nuestra. Los dirigentes deportivos de los clubes tendrían que ser mucho más generosos, pero tienen una mentalidad franco-centralista”. Lourdou lamenta la falta de visión estratégica de la USAP: “La USAP es el club catalán de Francia. No puede crecer hacia el norte, porque Cataluña se termina en Salses. El único sitio donde podría crecer es hacia el sur, pero no lo ha hecho, o no ha sabido hacerlo”.

Dejamos Elna y nos dirigimos hacia Argelers. A medida que nos acercamos a la costa, aumenta el tránsito y la densidad. Es verano y la Costa Vermella está llena de turistas, pallagostins (guiris) como les llaman aquí, la mayoría de ellos franximands, es decir, franceses. Aquí, los gavatxos son los occitanos. Llegamos al Stade Gaston Pams (Portvendres 1918 – París 1981), insigne político que fue alcalde de la localidad y senador del Departamento de los Pirineos Orientales. Con capacidad para 1.500 personas, no es solo un campo, sino un complejo deportivo, con piscinas, pistas de tenis, gimnasios y polideportivo.

El Stade Gaston Pams de Argelers, enmarcado por la montaña al fondo.

La vista del campo, con las estribaciones marítimas de los Pirineos al fondo compone un cuadro fascinante y cautivador, que nos revela de golpe las razones de la identificación profunda del rugby con esta tierra. No hace falta ir a ningún valle minero de Gales o a las brumosas colinas de Nueva Zelanda para sentir el mito. Lo tenemos delante, y es nuestro. “Hay una cierta mitología sobre la identidad del rugby catalán en Francia. ¡El famoso cuarto de hora catalán (1), la clásica Ollada! (2), o sencillamente saber jugar con la inclemente tramontana cuando jugamos en casa. A los rivales les volvía locos”, nos cuenta Jaume Pol, que realizó su servicio civil en Túnez como profesor, jugando en el campeonato africano. “El equipo estaba formado en un 50% por ciento de franceses y el otro 50% tunecinos. Yo era el único que vestía con la medias de mi club, con la cuatribarrada impresa. Me llamaban ´le catalan”.

Lourdou, por su parte, es mucho más técnico en su definición: “El rugby catalán se caracteriza por una defensa muy agresiva, con capacidad de recuperación y contrataque. Por eso, los jugadores más queridos aquí son los centros como David Marty y los terceras, como Gerard Majoral o Marc Lièvremont. Eso, y una gran capacidad de sacrificio para dar y recibir golpes. Rugby de moratones y cejas abiertas”.

La entrada al complejo deportivo.

Y llegamos al final de nuestro viaje, a Perpiñán, a la catedral del rugby catalán: el Aimé Giral. En esta tarde estaba previsto el primer amistoso de pretemporada, contra el US Carcassonne, pero un inoportuno positivo de Covid19 ha suspendido el partido, y la USAP ha organizado deprisa y corriendo un partido entre sus propios jugadores, encuadrados en un XV Barbarian, formado por los fichajes extranjeros, y un XV Formation, originarios del club. El campo, con una capacidad para casi 15.000 personas, ha visto reducido su aforo a 5.000 por causa de la pandemia.

Hablamos con miembros de la Penya Els Trabucayres, que nos proporcionan las entradas. Se respira expectación por el inicio de temporada, pero los más veteranos sacuden la cabeza, intranquilos: “La temporada será difícil. Sin público, la USAP pierde muchos enteros en casa. Y sin el taquillaje completo, todo el rugby en Francia va a sufrir mucho”. Entramos en el estadio. Las medidas son estrictas en la entrada: todo el mundo con mascarilla, desinfección de manos… pero una vez dentro todo es más relativo. La distancia social es una quimera en un estadio deportivo. La gente hace cola separada para comprar cerveza, pero luego se arrejunta en grupos y departe sin problema. Vemos al presidente, François Riviére, y esposa, entrando en cuerpo de camisa al campo, saludando a diestro y siniestro, afable, con la cortesía francesa marca de la casa. Riviére es el primer presidente-propietario no catalán en la historia de la USAP. Hace un año sufrió un accidente que le dejó fuera de combate durante meses, y se especuló sobre su posible retirada. Pero ahora se le ve en forma. Da una vuelta torera al estadio y entra.

El Aimé Giral, centro neurálgico del rugby en el Pays Catalan.

Lourdou se lamenta del descenso a PROD2: “Fue una suma de factores: una plantilla envejecida y cara, que venía de ganar el campeonato TOP14, problemas con el entrenador Marc Delpoux, y una mala gestión económica. La inversión de Dan Carter fue catastrófica”. Manzanares coincide, y añade: “Tienen posibilidades de subir, pero mantenerse es otra historia. El rugby francés ha cambiado mucho en los últimos 20 años. Para estar en TOP14 hace falta un propietario millonario, y detrás una ciudad pujante, con industria -Lyon, Burdeos, París, Clermont- . La USAP no tiene ni lo uno ni lo otro”. Para Rebujent “el profesionalismo ha matado al rugby. En mis tiempos, entre el 40-50% de los jugadores nos hacíamos cargo del club. Ahora todo el mundo busca grandes sueldos”.

El partido se juega con verdadero espíritu, con ganas de agradar a los 5.000 espectadores permitidos. Nos situamos detrás de palos, con un grupo de ruidosos peñistas en los aledaños. Nada que ver con la flema y el respeto británicos. Aquí no saben nada de eso. Este es el territorio de la bronca, así tal cual. Se grita, se silba y se berrea. Nos presentan el nuevo himno Cantem més fort, obra del grupo local Al Chemist. El tema, de resonancias épicas y rockeras, está bien trabajado y funciona, pero nada puede superar al clásico Els hi fotrem, compendio y esencia del alma rugbística particular de esta tierra: jocosa, orgullosa, sacrificada y dura.

El partido termina. El equipo técnico, con Christian Lanta a la cabeza, nos presenta la plantilla al completo. Asegura éxitos, pide sacrificio y entrega. “La temporada será incierta y dura”. El público aplaude, silba, grita, se ríe. Algunos van desfilando. Al final, los jugadores dan una vuelta muy lentamente al campo. Aplauden y agradecen. Nosotros nos despedimos. El día ha sido largo y es ya noche cerrada. Arrancamos el coche y cruzamos en silencio las calles oscuras del barrio del Vernet de Perpiñán, y nos dirigimos por la autopista hacia La Jonquera. Nos quedan aún un par de horas de camino. Llevo más de 20 años subiendo al norte, y siempre que regreso a casa me queda la sensación de que me dejo algo. Debe ser por eso que siempre vuelvo.

(1). A falta de los 15 minutos finales, si el equipo perdía, los jugadores se conjuraban en poner toda la carne en el asador, con el rival cansado y confiado. Normalmente se trataba de 15 minutos frenéticos, y de gran dureza, para dar la vuelta al marcador.
(2) ‘Up and under’m y seguidamente organizar una tangana en el punto de caída, para atemorizar al rival.