El título es retórico. Yo no voy a aclararlo, aunque tengo mi opinión. Pero no voy a eso. No me decanto ahora por la de 1971 o la de 1974, aunque en el primer número de la versión impresa de esta página di pistas sobre el particular, pues de los Lions hablo. Con la profusión que requiere un acontecimiento quizás próximo a su término como lo hemos conocido. Acaso haya sido la de 2017 la última gira propiamente dicha y lo que venga serán simplemente partidos concertados al estilo de las naciones viajeras. Si es que quedan huecos en el calendario internacional, muy cerca de la saturación.

Hasta que llegamos a la barrera de 1995, durante unos pocos años de transición, 2001 o 2002 como frontera todo lo más, un viaje repleto de compromisos a destinos lejanos concitaba en los actores principales y en sus afortunados seguidores in situ una variedad de sensaciones que a día de hoy se ha visto limitada. Que un minero de Camarthen o un ganadero de Kelso viajaran al otro lado del mundo ya suponía gratificación suficiente para el honor de representar al símbolo nacional propio.

Frivolidades anglosajonas, lo de darse al juego del balón de extraño diseño y lo de viajar sin necesidad, como remedo de Grand Tour para hijos de pares de posaderas acomodadas en la Cámara de los Lores. Costumbres que se decantaban año a año bajo la conocida máxima: “to follow the flag”· A la Argentina con sus inversiones ferroviarias; a la Rhodesia diamantina y al secarral afrikaner; a los oceánicos dominios del Pacífico Sur. Viajes menores luego allí donde la fe se asentó. Tiempos en los que tales peregrinaciones eran impensables para el común de los aficionados si no era en la estela de la emigración laboral, pero hoy al alcance de cualquiera, como vio con atino un Lion del 74, Mike Burton, precursor de la movilización lúdica de seguidores del oval.

Una gira de rugby conlleva una serie de presupuestos, además de los económicos y de los partidos previstos. El repertorio musical, las multas, los jefes oficiosos de la expedición, la ubicación en los medios de transporte elegidos, que responde a una curiosa jerarquía que nadie discute, aprobada unánimemente en alguna asamblea hace decenas de años y que queda refrendada cada vez que el motor del autocar o los reactores del avión inician el periplo (las calderas del correspondiente paquebote cuando ¡o, tempora…! era ese el medio eficaz de transporte). También el fondo previsto para desperfectos fortuitos ocasionados por fuegos accidentales, marcos de puertas que se desprenden inopinadamente de la pared o útiles de baño (sin excluir los inmóviles) que se ubican en la recepción del hotel sin que hubiera orden de la dirección.

Detalles ya reducidos a su mínima expresión en el ámbito profesional, dominado por los intereses económicos de patrocinadores comerciales, incompatibles con ciertas licencias que nublen sus prospecciones de mercado. Por eso cada gira profesional (como la de los Lions de 2017) se significa más por las hojas de cálculo de la consultora que audite las cuentas de las marcas: las menores que financian y la mayor del propio turista. Como decía en un medio galés alguien con experiencia suficiente: los Lions son la mayor marca comercial del mundo del rugby.
Esa conclusión deja poco lugar para la épica y la metáfora. Lo dicho: contra la stevensoniana gira de 1971 por los mares del Sur o la conradiana de 1974 al corazón bóer de las tinieblas, para las próximas sólo cabrán adjetivaciones derivadas de consultoras de la City.