Carmichael out to Tomes …Tomes out to Lawson … Lawson must score for Scotland … what a try!!

Palabras de 1976 de Bill McLaren, el recordado comentarista de la BBC. Entusiastas, y no solamente porque Alan James McGregor Lawson fuera su yerno y McLaren, sí, escocés, sino porque la jugada bien lo merecía, como el trofeo en juego: la Calcutta Cup: la Copa de las tres cobras y el elefante fundida con 290 rupias de la caja común del Calcutta Football Club, disuelto en 1878 y donada a los prohombres de la Rugby Football Union para beneficio de quien decidieran. Y decidieron que la disputaran los mejores contendientes de la época: escoceses e ingleses, en un tiempo en que País de Gales no había formado su equipo nacional y los dublineses se esforzaban por jugar como los vecinos del otro lado del Mar de Irlanda.

El trofeo ha visto ya más de un centenar largo de partidos (sólo tres veces antes de la Primera Guerra Mundial y durante toda esta y la segunda del mismo nombre se interrumpió la ocasión), y no siempre en Twickenham o Murrayfield, que primero visitó Raeburn Park o Inverleith, cuando eran locales los caledonios y hasta que la Unión local se hizo con los terrenos de Roseburn Street en 1923, o en Manchester o Richmond, cuando oficiaban los ingleses y hasta que en 1911 estuvo acondicionado para el rugby el Cabbage Patch.

En 1976 podían ocupar las gradas de Murrayfield 104.000 espectadores, pero en día de Calcutta Cup cuando resultaban insuficientes. Algunas remodelaciones posteriores redujeron su capacidad y aumentaron la comodidad  pero todavía en aquellos días alisos, robles y algunos abedules, pero sobre todo un gran roble, a veces, pocas, distraían la atención cuando el azar de la patada dirigida a los palos del lado norte de Murrayfield nos era más bien indiferente.

Hoy el roble no se ve, crecida la grada correspondiente desde 1991. Y lo cierto es que podía retener esa calidad de inesperado e infrecuente foco de atención casi cenital, al albedrío del realizador, porque las ocasiones en que Escocia nos deleita han sido escasas desde 1999, cuando cerraron el V Naciones con un último triunfo en el torneo, sin Grand Slam que les negó el Auld Enemy. En 1976, sin embargo disfrutamos de una de aquéllas, con Lawson dirigiendo la melé, Gordon the broon of Troon Brown, Ian the Mighty Mouse McLauchlan y Sandy Carmichel, todos ellos Leones británicos, en las calderas; Andy Irvine atrás y el sabio Ian McGeechan moviendo el equipo desde su posición de centro; e Inglaterra ya acorazada con Bill Beaumont, Andy Ripley, Tony Neary, y los avezados Burton, Wheeler y Cotton, todos trabajando para el mercúrico Duckham, el de las rubias patillas. 22 a 12 para ganar la copa, en el viejo estadio de una sola grada doble y fondos sin asientos donde se arracimaban muchos más aficionados de los que el aforo permitía, bajo las banderas amarillas del león y al son de Scotland the Brave. Ese año la victoria sobre la Rosa bastó, porque así era desde 1925, un ir pasando, en ciernes aún la generación de 1984 que había de forjarse en Twickenham un año antes.

Fue en marzo de 1983. El final del invierno, estación que no es agradable en Londres pero que a los escoceses les es indiferente, amigos del cielo encapotado y compañeros de la  lluvia fina y persistente que aquí llamamos de tantas maneras. Temprano se despereza Colin, el talonador del equipo visitante ese 5 de marzo. Despierta a Iain, su compañero de primera línea, un fortísimo y compacto pescador de salmón. No se encuentra bien y le pregunta si se siente igual. El pilier derecho de Escocia le tranquiliza: son los nervios de las grandes ocasiones. Cerca, un par de habitaciones más allá, Iain, un tercera línea de Selkirk sabe que se va a ubicar en la segunda línea, aun cuando desde los ¿17? no ha metido la cabeza entre pilier y talonador.

Le preocupa, además,  su compañero, Tom, que es un debutante y buscará un consejo que quizás no pueda darle, él, que debía  jugar como nº 8, posición que ocupará John, futuro padre de otro nº 8 de Escocia. Por el pasillo comentan ya Roy y Jim las visicitudes del partido de la tarde. Roy había sido el capitán hasta ese día, pero el comité de la Scottish Rugby Union que se ocupa de esos asuntos ha decidido que hoy lo sea el pilier izquierdo, un empresario acostumbrado a dirigir y convencer. Parece lógico: creen que Roy, que es un medio de melé que sabe jugar como un tercera, se desenvolverá mejor sin la presión del cargo. Claro que el primera creía que debían habérselo dicho antes. La pareja de flankers está ya desayunando: otro Jim, hermano gemelo de otro jugador, Finlay, que dará gloria a su país después de la que le proporcionará su hermano el año próximo, y David, el nº 7, el sujeto que más se concentra en el vestuario, el que afirma que lo suyo es el sacrificio del propio cuerpo. En otra mesa, porque prefieren dejar con sus cosas a esos dementes terceras, charlan Keith, Peter, John, Jim el ala, Jim el veterano centro (no hay mucha variedad de nombres propios en el equipo) y Roger, otro ala, y se conjuran: desde 1971 no ganan en Twickenham y este año la sombra de la Cuchara de Madera pende alargada sobre ellos.

En  el vestuario, apenas es la una de la tarde,  Colin sigue mal y ya no cabe duda de que no es sólo la emoción de la jornada, pero no dice nada. Iain, el  segunda, ha comprendido ya la razón de su cambio de posición y todos escuchan al referee, Mr. Doocey, neozelandés, que ha pasado a explicarle los detalles de su interpretación de los agrupamientos, que ya se sabe que los árbitros de allá abajo son muy suyos.

Ha pasado media hora, fuera se escucha ya “Pompa y Circunstancia”, eso que algunos dicen que debería ser el himno propio de los ingleses, que lo de “Dios Salve” es de todos. Allá ellos, piensa Jim, el centro, lo nuestro es Scotland the Brave. Y los ingleses, más fuertes, más grandes, tampoco están haciendo buen torneo: Horton, el apertura está fallón y Smith, el medio de melé,  casi un noveno delantero que se siente más cómodo con los mastodontes de delante, Pierce, que se cree el hombre más fuerte de las Islas,  Smart -el que se tragó el bebedizo en París-, Wheeler, el gigante Bainbridge que acabará jugando en el MARU de Alcobendas, Jeavons,  Scott (vaya apellido para un capitán de Inglaterra) y el jovencísimo Winterbottom, el agricultor. En cuanto a los centros,  Davies, el galés nacido en Sussex que eligió jugar con la Rosa y Dodge, uno de tantos midlanders de Leicester que han servido con el uniforme blanco. En las alas el veloz  Carleton, ya lejos de su mejor momento durante el éxito de 1980, cuando les endosó precisamente tres ensayos a los de más allá del Muro romano y Swift. Atrás lo mejor de Inglaterra, el sabio y flemático  Hare.

Llega el descanso, apenas cinco minutos sobre el terreno de juego, todos apiñados alrededor del capitán y un par de utileros que reparten las medias naranjas y el agua. Jim, el capitán, insiste: “estamos empatados, pero podemos ganarles. Son como paquidermos, no se mueven, hay que crear espacios. Giramos las melés, salimos con Johnny, fijamos a sus terceras en el agrupamiento y a mover el balón”. Todos de acuerdo. Enardece luego a la tropa con un par de recuerdos sobre los casacas rojas y Robert Bruce, todo mezclado pero muy adecuado. A ellos, entonces, a por el viejo rival. Y sí, da resultado, el 9 a 9 del primer tiempo se mueve merced a  un golpe pasado por el zaguero Hare, Peter y Keith añaden puntos al pie y Tom, el nuevo y Roy, como quería el capitán, posan dos veces: 12 a 22. La última en el la jugada final, un saque de lateral, que sale recto y fuerte de las manos de Colin, que ya no puede más, y ve como Tom captura el balón sobre la marca inglesa y lo posa en el inmediato empuje con que le arrastran sus poderosos apoyos. Ref, time! y sí, tiempo, final, victoria, éxito, preludio del Grand Slam de 1984, y Colin que no tiene cuerpo para la cena, pero va porque lo manda el código, aunque no aguanta hasta las 8 de la mañana del día siguiente, con los demás, y no sabrá hasta más tarde que lo llamarán los Lions para la gira de junio precisamente por ese partido, ni que la cuenta de todo lo que consumieron fue a la habitación de Scott, el capitán inglés, que alguien tuvo la genial idea cuando averiguaron cual era.

Poco sospechaban los audaces escoceses que sería la última vez. Los Aitken, Deans y Milne de la primera línea; Smith y Paxton de la segunda; Beattie, Calder y Leslie de la tercera; Laidlaw y Rutherford, medios; Robertson y Renwick, centros; Baird y Pollock, alas y atrás Dods, Peter, hermano mayor de otro zaguero de Escocia.

Un año después  un calendario favorable a Escocia iba a dar en un partido para adjudicarse el Grand Slam agónico que ganaron ante la Francia de le petit caporal Fouroux, un frío día de San Patricio de 1984. Empresarios, pescadores e ingenieros frente a mayoristas, bomberos y horticultores. A la antigua usanza. Mal augurio, nada más comenzar el primer tiempo,  el ensayo del dentista Jérôme Gallion que afirmaba el dominio galo en el partido, acontecimiento que, me consta, algunos tomaron por maleficio druídico que sólo las tres oscuras hermanas que conjuraron al bosque de Birnam podrían deshacer. A final los Lescarboura, Sella, Codorniu, Blanco, Lagisquet y Begú, rápidos, hirientes y fulgurantes, apoyados por los duros hombres del Midi, Dospital, Dubroca, Dintrans, Haget, Condom, Joinel y Orso, y Casque d’Or Rives, el capitán, en uno de sus últimos partidos y ya aprendiz del artista que es hoy, doblaron la cerviz en el último momento. Un balón sin control que Deans había lanzado al alineamiento de saltadores y apoyos fue desviado por Joinel y atrapado por Jim Calder para dejarse caer sobre la marca y sellar el triunfo con la conversión del casi cegado Dods, quien paso los dos puntos adicionales a pesar del escandaloso hematoma que lucía en su ojo derecho (una caricia de Dospital) y aún otro golpe de castigo, para dejar el resultado en 21 a 12 y desatar una de esas ocasiones que todo aficionado debe vivir al menos una vez en la vida.

Como la de 1986: vapuleados los ingleses 33 a 6 en un nevado Edimburgo. La de 1988, pateada por Princess Street por dos terceras adversarios y esa noche amigables compañeros de andanza espirituosa (seis meses de sanción para el escocés John Jeffrey y ¡un partido! para el inglés Dean Richards). Y, claro, la de 1990, la de Sole y Hastings y Turnbull, Jeffrey, Chalmers y Stanger y McGeechan otra vez de director, pero en la grada. La del presuntamente inaugural Flower of Scotland y la parsimoniosa salida al campo de las huestes de San Andrés.

Y luego poco. Calcuttas sin brillo en 2000, 2006 y 2008, siempre en Murrayfield. Circunstancia que no empece a los inclinados a las cosas de Caledonia, a los secuaces de Alan Breck Stewart, a los atraídos por el destello fugaz de la supernova, para esperar, cada año, que regrese Bonney Prince Charlie a poner a los casacas rojas en su sitio y hacer olvidar Culloden.