Billy Stead fue el segundo de abordo en la gira de los neozelandeses de 1905-1906, la primera de riguroso negro, la que elevó la descripción a paradigma. Fue el mejor cinco octavos del grupo y, con su capitán, David Gallaher, uno de los primeros pensadores del cuero ovalado. Un precursor que tenía al jugador por centro del juego.

Y no se trata de que comisiones especiales de World Rugby dediquen sesudas reflexiones e ingentes presupuestos a llegar a la conclusión de que la secuencia de cuatro tiempos en melé debe ser sustituida por otra de tres, no. Se trata de una filosofía más antigua: la que hace al hombre medida de las cosas. Sea en nuestro caso el deportista, el rugbista, el rugbier. ¿Y dónde queda el espectador? ¿y el anunciante y el patrocinador? ¡Ah! esas son disquisiciones importantes, pero adjetivas, producto del interés que concita el juego y que mal entendidas, en época de desafuero y codicia, pueden cambiar la posición que el jugador ocupa en el vértice de la pirámide de Ellis por la del negocio. Hay jugadores, la minoría que batalla de test en test-match, que participan del tinglado. Y está bien. Pero solamente algunos son conscientes de que han pasado a ser piezas de un engranaje que va más allá del aspecto lúdico originario.

No estamos ya tan lejos del código esférico, todavía en beneficio nuestro, defendidos con tesón e inteligencia los fundamentos por tipos cabales de la primera hornada profesional, pero sitiados por intereses distintos del mero deleite de la práctica del juego del rugbista activo y la contemplación apasionada y crítica del rugbier ya solamente espectador. Sobre ambos recae la tarea de transmitir aquello que va más allá de la competición y el alarde de las marcas pintadas sobre el verde pasto, pues no dudarán un instante en alterar el equilibrio conforme a la última prospección mercadotécnica .

Y si entonces los guardianes del Código, los McBride o los Bennett, los Gibson o los Irvine, los Johnson o los O’Driscoll ya no están ¿quién impedirá que la disposición sea la circense en su variante romana? Por eso Billy Stead, cuando ya en 1909 algún alickadoo proponía reformas en el reglamento que hicieran al juego más rápido y espectacular, apuntaba:

“No hay que hacer el rugby demasiado rápido, o transformar un pasatiempo saludable y estimulante, en un juego de tan agotadoras exigencias que obligue al jugador a abandonar sus quehaceres para mantenerse en forma durante los noventa minutos de juego. (…) El rugby bien jugado es sin duda lo suficientemente rápido para el jugador que lo practica con amor legítimo (…)”

Lo que cuento porque comparar el exquisito espectáculo de un País de Gales v Francia de 1973 con algún partido -no diré cual para no ofender a nadie- de reciente cosecha nos hace ver la de hoy es una modalidad de rugby distinta, y que hay que velar porque siga siendo rugby. O tempora o mores, de nuevo.

Nota Bene. No cause sorpresa la referencia a noventa minutos de juego, que los minutos, como el número de integrantes de cada equipo ha sido objeto de variación en el devenir centenario de nuestro deporte.