El campo de rugby, la casa-club y sus alrededores no son un entorno particularmente amable para los gafapastas. En parte, por la propia naturaleza del asunto que va esencialmente de darse golpes y no de presumir de exquisita sensibilidad estética; en parte porque el juego, en términos históricos, es un bebé mientras que las Bellas Artes llevan con la Humanidad desde que el primer fulano con las manos manchadas de barro se tropezó y se apoyó en la pared de una cueva.

Así que las representaciones del noble-deporte-que-tenemos-que-importar-a-las-Galias han solido corresponder a disciplinas gráficas de su misma edad como la fotografía, el cartelismo o el huecograbado, injustamente consideradas menores. Muchas de ellas han conseguido trascender su pretendida naturaleza efímera y documental y son obras maestras por derecho propio. A título de ejemplo, cualquiera que no aprecie el Monstruo de Barro o Melée con el Monte Fuji debería ser matriculado forzosamente en las clases nocturnas de Apreciación Estética 1.01 en el Community College de Glendale, impartidas por el Profesor Chang.

‘The Roses Match’, pintura de Williams Barnes Wollen exhibida en Twickenham.

A mayor inri, el football es un juego sólidamente conservador y burgués, mientras que los artistas plásticos desde finales del siglo XIX se han venido dedicando a combatir ardientemente contra el realismo figurativo preferido por las gentes de orden. Quizá por eso su cuadro más conocido es la famosa Batalla de las Rosas de William Barnes Wollen, que puede verse en la Grada Oeste del Cuartel General. El cuadro no sólo es bonito -en el más convencional de los sentidos- sino que además está poseído por los espectros de la política oval de 1890, como puede comprobarse buscando en las bóvedas del Museo de Rugby al Fantasma del Cuadro.

Sin futuristas italianos que llevarse a la boca, el rugbier gafapasta no puede mordisquear las patillas de sus idiosincráticos anteojos en demasiados lugares del mundo, con la excepción de los museos temáticos o en los alrededores de los grandes estadios.

Sirva de consuelo para nuestros sensibles estetas que uno de esos lugares es una de las indiscutibles mecas de la vanguardia pictórica, en la esquina de la Quinta Avenida con la calle 89. Allí sólo tiene que subir la rampa ideada por Lloyd Wright para Solomon Guggenheim y plantarse delante de Les joueurs de football, firmado por Henri Rousseau.

‘Les joueurs de fooball’, de Henry Rousseau.

No hay que dejarse engañar por el título. El football es el nuestro, el que se juega con las manos, aunque los primos hayan intentado robarlo: nada menos que para promocionar el Mundial de España 82. La escena que representa es característica de las composiciones alegres y oníricas de Rousseau y es producto de la de la admiración que en las primeras décadas del XX despertó el rugby en Francia como símbolo de la modernidad llegada de las Islas. El Aduanero es el único gran maestro de la Vanguardia artística que se ha ocupado del oval.

De la misma época y como consecuencia de la misma identificación entre deporte y futuro es la otra gran pintura del rugby: L’equipe de Cardiff, cuyo autor es el también francés Roger Delaunay. Con independencia de su valor intrínseco, la obra es el sueño de todo buen miope posmoderno: su autor es relativamente desconocido, no se trata de mero cubismo sino que es cubismo órfico y además existen versiones diferentes del mismo por el globo. No hay nada mejor que señalar a la gleba que te ha seguido a la Scottish National Gallery of Modern Art de Edinburgo antes de un partido en Murrayfield que el bueno de verdad está en el Musée d’Art Moderne de la Ville de Paris, o aún mejor, en Eindhoven, en el Van Abbemuseum.

‘L’equipe de Cardiff’.

Si el rugby no ha sido demasiadas veces sujeto pasivo de los grandes maestros de la pintura, los escultores han sido aún más remisos. La mayor parte de la estatuaria oval son piezas de carácter realista, al modo del Huerto de Coles, o encargadas para conmemorar eventos públicos o efemérides del deporte, como en Wellington o en la Rugby School.

A pesar de este desinterés relativo, es curiosamente la escultura la protagonista del interés activo del rugger. Es el destino final de uno de los más grandes jugadores de la Historia, uno de los iconos de la selección francesa, que tras finalizar su carrera tomó la excepcional decisión de convertirse en escultor.

Jean-Pierre Casque d’Or Rives dejó de torturar aperturas para empezar con los metales y labrarse una reputación en el mundo del arte. Una vez dijo que en el rugby “necesitas amor en el corazón y una patada en la cabeza”, y parece que esa idea también es aplicable a los volúmenes tridimensionales. Posiblemente esculpa con el hombro derecho y siga viendo camisetas con la rosa en el pecho cuando ataca a las vigas que son características de su obra.

Escultura en los aledaños de Twickenham.

Para terminar con esta breve relación del rugby y el arte contemporáneo, hay que decir que, a pesar de todo, los gafapastas también juegan. Y no lo hacen mal, como prueba la historia del más hipster de los clubs de rugby de los que se tiene noticia: los Old Streetonians.

Nacieron en Shoreditch, una de las capitales del gafapastismo mundial, fruto del consumo inmoderado de pintas por parte de un grupo de artistas y estudiantes de Bellas Artes y Diseño que no sabían qué hacer con su tiempo libre.

Sin sede -su nombre deriva de la estación de metro de Old Street-, con dos jugadores que conocían las reglas pero con un entusiasmo digno de mejor causa, y demostrando que en Ovalia cabe todo el mundo, pronto jugaron su primer partido y tuvieron su primer anotador: George el Heroinómano. Por si fueran pocos méritos esos para figurar en la Historia, no hay muchos clubes capaces de organizar una exposición colectiva de arte como Old Streetonians: Life, Rugby and Art in Shoreditch y competir en la Liga londinense.