Los especímenes de Donec Tertium o como ahora los conocemos, terceras líneas, pueblan los campos de rugby desde tiempos inmemoriales. Fáciles de reconocer por su físico escultural y su sonrisa psicótica entre la maraña de personajes poco agraciados y descoordinados que forman parte de la delantera, estos ejemplares han sido desde hace cientos de años objeto de estudio con el fin de dar con ese código genético inusual que los convierte en el eslabón perdido entre los integrantes de la línea y la delantera.

De este esfuerzo titánico por parte de teóricos y científicos de todo el globo han surgido dos líneas de estudio predominantes sobre su origen y evolución. La primera asegura que la ferocidad, arrojo y total despreocupación por su integridad de los Donec Tertium nace de un fortuito encuentro entre un espécimen de Obesus Primum y un Pit Bull. Hay cierto consenso en que el can habría mordido al Primera cerca del corazón, justo en el lugar en el que se encuentra la glándula rugbística que se activa en cuanto tocas un balón y convierte este deporte en obsesión al instante. En esa dentellada el Pit Bull transfirió a nuestro espécimen sus innatas cualidades para la lucha en distancias cortas, su velocidad y su hambre por aplastar al contrario.

La segunda corriente sin embargo se remonta mucho más atrás, entorno al 1000 a.C en la antigua Grecia. Zeus, padre de los Dioses, en una de sus primeras incursiones a la tierra raptó y dejó embarazada a una joven y bellísima espartana. Sus muchos hijos, dotados de una fuerza sobrehumana de origen divino y de una ferocidad típica de los ciudadanos espartanos fueron los primeros Donec Tertium.

ANATOMIA flanker

Aunque continué sin haber un consenso claro sobre su origen  todas las escuelas de pensamiento coinciden en que aunque la predisposición genética es importante un tercera no nace, se hace. Para ello es necesario que los progenitores del Donec Tertium le inculquen desde una edad temprana una de las cualidades fundamentales para que desempeñe bien su trabajo sobre el césped: el odio a medio melés y aperturas. Bien sea mediante métodos Pavlovianos de estímulo-respuesta o por repetición de imágenes un tercera debe saber desde su tierna infancia que el 9 y el 10 contrario son sus objetivos primordiales a erradicar.

Dicho esto, no podemos caer en la idea errónea de que un tercera está plantado en el campo sólo para destruir. El tercera construye, destruye, patea, chupa balones por doquier y viene a hacer lo que le sale en el momento de sus reales cascabeles. De hecho un Donec Tertium no juega de centro porque no le da la gana. Porque se aburriría como un marine en un club de lectura y porque sería injusto para los centros contrarios tener enfrente un tío con las pupilas dilatadas y una sonrisa de loco ensangrentada mirándote fijamente como si fueras un filete. Joder, si es que ser tercera es la ostia.

De entre los Donec Tertium merece especial mención el ocho. El rey de la melé, conduciendo el balón con su ‘patita’ mientras no para de gritar ‘AVANZAD’ , como si los pilieres hubiesen dejado de empujar por gusto y no porque les están dejando el cuello como para hacer salchichas. El ocho es en realidad un centro camuflado que en vez de batidos de proteínas toma niños para desayunar. Podría jugar en cualquier lugar de la línea si no fuera porque le encanta el ‘rock and roll’ y no hay quien se resista a un ruck bien llenito de gordos apilados o a un buen maul repleto de miembros torcidos y cuasi dislocados.

Lo que diferencia al ocho del resto de sus compañeros Donec Tertium es su especial y única habilidad para ‘zaguerear’. Ni corto ni perezoso haciendo gala de su especial tratamiento y libre albedrío de vez en cuando se retrasa hasta la posición del zaguero (tierras inhóspitas e inexploradas para la mayor parte de los mortales) y no contento con el simple hecho de haber llegado hasta allí coge la pelota y con total seguridad llegará a limpiar el siguiente ruck. Un superhombre.

Para aquellos que todavía guarden algún tipo de duda sobre esta extraordinaria especie hay una última característica que distingue a los Donec Tertium del resto de individuos que pueblan un campo de rugby. Los placajes retardados. Un tercera ya que va, que ha hecho el esfuerzo de subir como un poseso, de correr a toda ostia como si le fueran a regalar algo,  siempre deja un recadito. O dos. Porque ya que has llegado hasta allí no te vas a quedar a medias. Y mientras tú te levantas maldiciendo en hebreo a su familia, a su pez de colores y a la santísima trinidad él te mirará con su sonrisa ensangrentada recién salida del psiquiátrico. Y claro, tu calladito y a tu puesto. No vaya a ser que te lleves otra mientras el árbitro mira hacia otro lado.