Sir Arthur Conan Doyle había nacido en 1859 en Edimburgo y sería en la universidad de la capital escocesa, donde se licenció en Medicina, el lugar en el que conoció al excéntrico profesor en el que inspiró uno de los personajes más venerados de la historia de la literatura universal: Sherlock Holmes. Las cuatro novelas y los 56 relatos cortos que Conan Doyle dedicó a su sabueso lo convirtieron en una parte esencial de la cultura británica, objeto de hasta 292 apariciones en las pantallas, en diferentes versiones. La última de ellas fue Sherlock, la premiada serie televisiva producida por la BBC, con el idolatrado Benedith Cumberbatch de protagonista.

Sin embargo, y a pesar de que las sucesivas revisiones han estirado el personaje hasta alejarlo de su esencia original, aún resulta interesante regresar a las narraciones de Conan Doyle y arrojar luz sobre sus frecuentes y, a menudo, imperdibles referencias al deporte: y en particular, al rugby.

Conan Doyle fue un deportista nato y, además, un espectacular todoterreno que frecuentó disciplinas diversas: jugó al fútbol con el Portsmouth FC y al cricket con el Marylebone, además de practicar como aficionado el golf y el boxeo. Su trayectoria en el rugby comenzó cuando aún era adolescente, aunque solía quejarse de que en su colegio se practicaba un «peculiar juego híbrido propio», y tuvo continuidad durante sus años en la universidad, donde se enroló en las filas del equipo de rugby del Edinburgh Medical School.

Aunque sus aptitudes para el deporte oval no eran las mismas que mostraba en el cricket o en el fútbol, el rugby ocupaba sin embargo para él un lugar preferente: a menudo se embarcó en viajes por el mundo, a Francia, Sudáfrica o Nueva Zelanda, para presenciar partidos en directo. En 1924 anotó en su biografía que, en conjunto, consideraba el rugby «el mejor deporte colectivo», una disciplina que requería grandes habilidades tanto en el plano físico como en el mental.

A pesar del tiempo que le dedicaba a las actividades atléticas, el deporte nunca estuvo separado por completo de sus incursiones literarias. Uno de los relatos de Sherlock Holmes, en particular, desarrolla una trama que gira enteramente alrededor de un partido de rugby: La aventura del tres cuartos desaparecido.

La historia arranca cuando el señor Cyril Overton recurre a los servicios de Holmes, después de que uno de los miembros del equipo de la Universidad de Cambridge -Godfrey Staunton, un tres cuartos, como indica el título- haya desaparecido misteriosamente. Overton y el resto del equipo están convencidos de que, si no aparece antes de la mañana siguiente, perderán su partido contra Oxford, así que es vital moverse con rapidez.

Holmes y Watson descubren que Staunton ha contactado recientemente con un médico y, con la ayuda de Pompey, un perro de caza, siguen el rastro del carruaje del doctor hasta una casa de campo. Allí descubren al tres cuartos desaparecido junto a su esposa, que acaba de morir de tuberculosis. Ambos se habían visto obligados a mantener en secreto su matrimonio debido a la oposición del cruel tío de Staunton, que estaba dispuesto a desheredar a su sobrino. Así que, al saber que su mujer había caído enferma, no le reveló a nadie su paradero.

Conan Doyle dedicó un capítulo entero a comentar un partido de rugby en ‘La casa Girdlestone’; y en ‘La aventura del vampiro de Sussex’, su compañero Watson revelaba que había llegado a jugar en una ocasión de ala con Blackheath

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Es muy probable que este trágico pasaje estuviera inspirado por las propias vivencias de Conan Doyle: su primera mujer, Louisa Hawkins, había enfermado también de tuberculosis en la misma época en que el autor escribió este relato, y falleció dos años después de que se publicara. La aventura del tres cuartos desaparecido ha sido adaptada tanto a la radio como a la televisión, pero aun así se mantiene como una pieza relativamente desconocida dentro de la colección de relatos que tienen a Holmes por protagonista. La primera edición inglesa contó con algunas exquisitas ilustraciones de Sidney Paget, entre ellas un gracioso bosquejo de Holmes, Watson y el lebrel siguiendo el rastro del carruaje hasta el lugar en el que se encuentra escondido Staunton.

En la obra de Conan Doyle aparecen frecuentes referencias al deporte del balón oval. Entre ellas un capítulo enteramente dedicado a comentar un partido de rugby en La casa Girdlestone (1890); y, en La aventura del vampiro de Sussex (1924), Watson revela que en una ocasión jugó de ala con Blackheath, uno de los clubes históricos más prestigiosos de Inglaterra.

Por lo que dan a entender estas menciones, el rugby siempre estuvo muy presente en el subconsciente del escritor, que apenas podía resistirse a referirse a él en sus narraciones.

Conan Doyle murió de un ataque al corazón en 1930, a los 71 años, dejando cinco hijos. Está enterrado en Hampshire junto a su segunda mujer, Jean Leckie, a la que vivió entregado en cuerpo y en alma. Sus últimas palabras –«eres maravillosa»– parecen haber sido dedicadas a ella… ¡a pesar de que no tenía ningún interés en el rugby!

Conan Doyle fue un apasionado en muchos sentidos. Pero quizás no se haya reivindicado de manera suficiente hasta qué punto el rugby jugó un papel tan importante en la vida de uno de los autores más populares de todos los tiempos.

[Cecilia Neil-Smith es estudiante de Literatura Victoriana, Arte y Cultura en el Royal Holloway de la Universidad de Londres. Forma parte del equipo del World Rugby Museum desde 2019. Su artículo sobre Arthur Conan Doyle fue publicado originalmente en el blog  From the Vaultsen la web del museo.

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