A lo largo de la primera guerra mundial, hubo jugadores de rugby que destacaron por su arrojo y conducta heroica, fuera cual fuese su procedencia. De hecho, ya en 1915 el Ministerio de Guerra británico publicó un cartel en el que imploraba a deportistas de otras disciplinas a seguir el “glorioso ejemplo” de los jugadores de rugby y cumplieran con su deber alistándose en las fuerzas armadas. Pero esto solo es el comienzo de nuestra historia.

A partir de la batalla de Mons, estos hombres estuvieron presentes en todos los combates, fuera por tierra, mar o aire. Las menciones llegaron inmediatamente: George Dobbs, nacido en Irlanda e internacional por Inglaterra, fue recompensado con la Legión de Honor francesa por haber colaborado con éxito en la retirada en Mons.

Cartel llamando a los deportistas a enrolarse.

Apenas unos días más tarde, el francés Alfred Mayssonnié se convirtió en el primer jugador internacional de rugby en perder la vida en este conflicto. Cayó en la batalla del Marne, luchando junto con muchos otros para impedir que ni París ni Francia fueran tomadas.

Antes de final de año otros cuatro jugadores franceses fallecieron, además de cuatro internacionales escoceses y tres ingleses.

A medida que la guerra de trincheras se estancaba, los francotiradores empezaron a cobrarse sus víctimas. El capitán inglés Ronnie Poulton-Palmer, el talento más extraordinario de su generación, fue abatido en mayo. Solo unas pocas semanas antes había compartido campo con el internacional irlandés Basil MacLear, caído también antes de que acabara el mes.

En la otra punta de Europa la campaña de Gallipoli se alargó durante casi un año. Los internacionales australianos Teddy Larkin y Blair Inksip Swannell cayeron en el primer día del conocido desembarco en la ensenada de Anzac. Tres meses después, los internacionales neozelandeses Albert Downing y Henry Dewar fueron abatidos en las afueras de la bahía de Suvla.

“Ahora sabemos cuán espléndidamente el jugador de rugby, como cualquier otro soldado británico, luchó. Y cuán magníficamente cayó”, escribió en su libro ‘In Memoriam’ el antiguo internacional Bob Oakes

En la primavera de 1916 les llegó el turno a los alistados en la marina. La batalla de Jutlandia fue el mayor combate naval de la Historia y, entre muchos otros, decenas de jugadores de rugby lucharon en él. El barco del internacional inglés Sydney Cooper se hundió, aunque él sobreviviría al naufragio. El escocés Cecil Abercrombie permaneció en su puesto a bordo del HMS Defence, disparando su arma mientras la cubierta desaparecía bajo las olas. Entre los que tampoco volvieron se encontraba su compañero y compatriota John Wilson.

Por fin, llegó el horror del Somme. Toby Moll y la brigada sudafricana se mantuvieron firmes en el bosque de Delville, mientras la 38ª división galesa, que incluía a los internacionales Johnnie Williams y Dick Thomas, hacía lo mismo en el bosque de Mametz. Ninguno de ellos regresó a casa.

Edgar Mobbs, que en principio había sido rechazado en la oficina de reclutamiento por razones de edad, volvió a intentar alistarse en 1914 con un batallón de 246 hombres que él mismo había reclutado. A partir de ahí, lucharía en Loos, Arras y el Somme. Consiguió dos menciones, y fue condecorado con la Orden del Servicio Distinguido en 1917. Aunque le hirieron tres veces, se obligó a permanecer en su puesto. Una bala en el cuello acabó con su vida el primer día de la tercera batalla de Ypres, más conocida como Passchendaele.

El último año de la guerra, en medio de la ofensiva alemana de primavera, el inglés Arthur Harrison se presentó voluntario para una misión de la que sabía que no volvería. La incursión en Zeebrugge fue un intento audaz de hundir tres barcos en la desembocadura del canal de Brujas, y así evitar la salida de los U-Boats alemanes que estaban sembrando el caos entre la marina inglesa. La misión de Harrison consistía en crear una distracción; crearían una humareda para posicionar un pequeño pelotón en el muelle del dique, y tras esto lanzarían un ataque frontal contra un asentamiento enemigo que contaba con doce baterías de costa, dos defensas antiaéreas, un nido de ametralladoras y 1.000 soldados.

Sin embargo, durante la acción el humo se desvaneció, y un disparo alcanzó a Harrison en la mandíbula antes de que su barco llegara al muelle. Tras recuperar la consciencia, y a pesar de la gravedad de sus heridas, guió a sus hombres en una carga que resultó fatal. Le fue concedida póstumamente la cruz Victoria por su valentía.

Desde 2014 el World Rugby Museum rememora anualmente el fallecimiento de todos y cada uno de los 131 jugadores internacionales de rugby en este conflicto. Tras la guerra se erigieron memoriales en nombre de aquellos que lucharon y murieron.

El antiguo internacional inglés Bob Oakes rememoró a sus compañeros y rivales caídos en su libro In Memoriam. En él, escribió lo siguiente: “(…) las condiciones más terribles, duras y exigentes que el hombre jamás haya tenido que soportar y afrontar. Ahora sabemos cuán espléndidamente el jugador de rugby, como cualquier otro soldado británico, luchó. Y cuán magníficamente cayó”. Cien años después, aún lo sabemos.

Phil McGowan es Curador del World Rugby Museum y este artículo está extraído de su libro ‘Doing Their Duty: How England’s Rugby Players Helped Win the First World War’