Años y lesiones nos apartan naturalmente de las exigencias propias del jugador activo. Queda un poso, siempre, y el consuelo de las felices ocasiones en que nos confabulamos contra el tiempo y sus penosas secuelas en esas reuniones lúdicas que llamamos partidos de veteranos. Hay, sin embargo, otro rugby, en el que podemos rendir como ayer. O mejor, algunos. Quien no exhibió fulgurante contrapié se demuestra ahora probo gestor; quien no saltaba tan alto maneja agenda que surte de fondos al club o a su obra social.

No hablo, entonces, de esas actividades adjetivas, pero imprescindibles, que llevan a cualquier de los XV de un club a la contienda entre palos y palos. Hablo de algo más. De trascender y cumplir con unos objetivos que lo dicen todo de quien se sabe plenamente imbricado en su entorno y quiere darle a la sociedad lo que aprendió en sus mejores años. Gentes diversas que se comprometen y empujan al unísono para que todos seamos mejores. Igual que con un punto de humor siempre hemos declarado que aquí cabía toda morfología –en el rugby común digo, que el pro evoluciona hacia la desmesura- con orgullo vemos que toda capacidad tiene su sitio entre nosotros.

Hace no demasiado viví una de esas ocasiones, que ve ya un año de recorrido con los mejores augurios. Alrededor de una mesa de madera, amplia, luz velada propia del ambiente de public house de las islas brumosas –copia ibérica- pero adecuado para la rendición de cuentas de la labor de la obra social y deportiva que lleva a cabo una fundación, la de un club madrileño –San Isidro- que desde 1992 presenta su bicolor arlequinada en el Rectángulo de Ellis. No es único en estos menesteres, pero me sirve de ejemplo para reconocer lo que hacen muchos clubes ya en España: Gaztedi fue pionero y cada vez hay más participantes y torneos. Alguien habló de devolver lo que el rugby –ese concepto amplio que va mucho más allá de los deportivo- nos dio. Lugar común, acaso, pero cierto entre los que siguen allí y palparon balones de cuero con nombre de marsupial australiano, calzaron botas de puntera reforzada y vieron ensayos de tres y cuatro puntos. Gentes que prolongan sus jornadas durante toda la semana en pos de una idea de sociedad justa que definen en el ámbito que les es propio: el deporte del rugby.

“El rugby inclusivo o ‘mixed ability rugby’ es una redundancia, lo que hacemos es simplemente rugby. Esa es la idea que tenemos que perseguir, que todas las personas puedan jugar y disfrutar el rugby»

Club ese, vivido en primera persona, de los que abogan por ir más allá, como tantos, que esto no es solo divertimento, sino modo de vida, de entrega. No es otra la apuesta por el deporte inclusivo, traducida en convenios, ponencias e iniciativas con quienes de eso (también y tanto) saben, como la Cátedra de Estudios Sobre Deporte Inclusivo o la cuidada elaboración de un Manifiesto por el Deporte Inclusivo, en colaboración con Down España y la propia CEDI, y ya refrendado por la FER, o iniciativas de colaboración con maestros en ciernes –rama educación física, claro- para que su aproximación al deporte inclusivo sea la mejor. Con la colaboración, a su vez de quien más sabe del caso: la gente de International Mixed Ability Sports (IMAS) en España, esos visionarios que están cambiando la manera de concebir el deporte que llamamos de base, el de todos. Como declara sin ambages su página en la red se trata de “cambiar radicalmente el modo de pensar, vivir y formar parte del deporte, creando una sociedad más igualitaria y más justa”.

Aunque ya sabía de ellos por los proyectos de San Isidro RC, fue en los prolegómenos del test-match entre España y Samoa de noviembre pasado, en el Central, campo de batalla y muchas veces ágora, cuando me topé con David Izquierdo, que tuvo a bien explicarme con detalle el extraordinario propósito del proyecto de Mixed Ability Sports.

El entusiasmo que transmite David, su palabra, es compendio de la receta que difunde IMAS: condimentos para generar oportunidades equitativas para todas las personas, acaso el primer paso para cambiar el mundo. Empezando por el nuestro, el oval pegado al verde pasto o a espartanos vestuarios, el de todos los días. Me habla David de conceptos que me son gratos y familiares, porque durante mi propia biografía rugbística han sido de común manejo: la educación, la formación permanente y la inclusión social.

Fundación San Isidro

IMAS o la Fundación San Isidro no son, entonces, más que traducción sistematizada, profesionalizada (entendámonos, el término se usa con la acepción que denota rigor, empeño y seriedad) de eso que todos intuíamos cuando nos acercamos al rugby: que es inclusivo por naturaleza. Así lo confirma David, “el rugby inclusivo o mixed ability rugby es simplemente una redundancia, lo que hacemos es simplemente rugby. Esa es la idea que tenemos que perseguir, que todas las personas puedan jugar y disfrutar rugby, disfrutando esencialmente con las mismas reglas y variando el rugby lo menos posible para que siga siendo rugby (toda variación sometida a acuerdo previo) y demostrar de esa manera que podemos cambiar el mundo a través del rugby y del deporte”. Del rugby, al resto de deportes y de allí a la sociedad, si es que queda quien no considere el deporte como parte esencial de las relaciones personales que la amalgaman.

Manejan en la Fundación San Isidro y en IMAS conceptos idénticos: bienestar y calidad de vida a través del deporte para los que se acercan a estos programas, fomento del sentimiento de identidad y pertenencia al equipo, al club, para favorecer el desarrollo de la autonomía personal y concretar los apoyos que las personas necesitan. En un entorno de verdadero rugby, en el XV de mixed ability rugby forman por mitades personas con diversidad funcional y personas sin diversidad funcional, personas con discapacidad intelectual y sin discapacidad intelectual jugando juntas, compartiendo momentos fuera y dentro del campo. Diversión, aprendizaje e igualdad con cada integrante como materialización desde la sociedad civil de un derecho fundamental de cada uno. El rugby como herramienta de justicia social y personal.

En un entorno de verdadero rugby, en el XV de ‘mixed ability rugby’ forman por mitades personas con diversidad funcional y personas sin diversidad funcional, personas con discapacidad intelectual y sin discapacidad intelectual jugando juntas, compartiendo momentos fuera y dentro del campo

En este, que es año de Copa del Mundo, no deja de ser oportuno apuntar que el de Japón nunca podrá tener más éxito que el de Bradford, en 2015, o el de Vitoria de 2017. Estos aunaron para sus participantes la competencia que se espera de un torneo deportivo –el trofeo al ganador- con ese aspecto que supera a aquella con creces, porque se ubica en un plano más valioso: el mérito que lleva al «Spirit of Mixed Ability Trophy» otorgado al equipo que mejor plasmó en el campo los valores del reglamento World Rugby conforme a puntuación de los árbitros en cada partido jugado.

A todo ello se añade el empeño que se despliega con los grupos de edad escolar, para su inclusión en los equipos correspondientes a su edad o conforme a su desarrollo evolutivo. Aquí, confiesa David, “sucede la inclusión real y es donde mayores apoyos naturales se generan entre las personas”. Ahí va incluso más allá la Fundación San Isidro, pues su trabajo se ha dirigido a futuros rugbistas que tienen alguna discapacidad desde la temprana edad de 4 años, integrándolos en los distintos equipos de su club, según su categoría, como uno más. Declara Curro Devesa, presidente de la Fundación San Isidro Rugby que el camino es incierto: “No sabemos a dónde llegaremos con este proyecto y el futuro sólo lo puede marcar cada uno de estos jugadores con su progresión, al igual que ocurre con cualquier otro jugador de la escuela y academia. Pero para que esta inclusión real sea efectiva se debe tener la complicidad y el apoyo de los estamentos federativos, se debe animar a los clubes a que lo desarrollen sin miedo y se debe animar a las asociaciones y fundaciones de personas con discapacidad a que se acerquen al rugby con valentía”. Sin duda una empresa vital apasionante, la de David y Curro.

Estos proyectos, estas palabras, de unos y de otros, de los que en cada club, en cada institución, se empeñan, se comprometen con todos, con los que hace no tanto –los que tenemos cierta edad lo sabemos- quedaban al margen, me reconfortan. Porque confirman lo que los mejores rugbistas que he conocido, no necesariamente por sus méritos deportivos, me enseñaron cuando hace tanto me acerqué por primera vez a un campo terroso con extrañas marcas en su superficie: que entre palos y palos caben todos, cada cual según su capacidad.