De vez en cuando aparece un personaje que deshace las convenciones. Uno de esos jugadores, cuando agarra la pelota, hace que el espectador resbale hacia el borde de su asiento, con la respiración agitada y el pulso acelerado de anticipación: es la certeza de que algo va a ocurrir.

A menudo son tipos de baja estatura y un tamaño que contraviene lo habitual en el rugby de hoy, donde el volumen importa y mucho. Esa condición diferente es lo que los hace aún más excitantes.

Gerald Davies, Shane Williams y Jason Robinson pertenecían a esa estirpe de deportistas, hombres cuyas cualidades en el campo generaban emoción, incluso entre los espectadores más veteranos o los periodistas que se sentaban con el culo pelado en la tribuna de prensa, convertidos en unos descreídos después de tantos años pendientes de la hora de cierre. Hoy aquellos genios están retirados… pero su legado pervive en la carcasa del sudafricano Cheslin Kolbe: 171 cms y apenas 75 kilos de puro talento y velocidad.

Kolbe representa a la estirpe de jugadores como Gerald Davies, Shane Williams o Jason Robinson: hombres cuyas cualidades en el campo generan emoción y que, en cuanto agarran la pelota, despiertan en el espectador la impaciencia de saber que algo especial puede ocurrir

Cuando el seleccionador Springbok, Rassie Erasmus, lo convocó para el Rugby Championship del año pasado, provocó no pocos gestos de sorpresa. Muchos analistas lo consideraban “demasiado pequeño” para el rugby internacional de selecciones. Desde que dejó Sudáfrica y Western Province para enrolarse en 2017 en Toulouse, Kolbe había desaparecido de todos los radares.

 “Llevo enfrentándome a las críticas por mi tamaño desde el inicio de mi carrera: yo no creo en el tamaño, creo en afrontar el juego y cada partido con una actitud positiva”, rebate Kolbe.

Al final ha logrado que sus críticos tuvieran que plegar velas. Debutó con los Springboks en Brisbane contra Australia, en sustitución de Makazole Mapimpi, a los 33 minutos de partido; y una semana más tarde, frente a los All Blacks, había anotado su primer ensayo como internacional: intercepción de un pase de Anton Lienert-Brown y carrera irrefrenable hasta la marca, un ensayo que contribuyó a la resonante victoria de los Bokke en Wellington (34-36).

Kolbe disfrutó aquella ocasión al máximo: “2018 fue para mí un año de ensueño. Debuté con los Springboks y ese es un recuerdo que guardaré de una forma especial toda mi vida: jugar en la selección me ha enseñado muchísimas cosas, y pienso seguir aprendiendo: tanto la cultura como el ambiente en el equipo son fantásticos. No hay egos. Disfruté mucho compartiendo todo eso con mis hermanos“.

En estos meses las redes sociales han quedado inundadas de vídeos del que fuera Blitzbok, rajando defensas de arriba abajo en el Top14. En Francia, el sudafricano se ha convertido en un héroe de culto. Los aficionados lo adoran y tanto Kolbe como su familia parecen felizmente adaptados a la vida en el sur del país.

“Me encanta la ciudad y tanto mi mujer Layla como mi hija Kylah, de dos años, están perfectamente adaptadas. Siempre digo que, para mí, Toulouse es muy parecida a Ciudad del Cabo, con la única diferencia de que no tienes a toda tu familia alrededor. Pero tanto el estilo de vida como la gente son fantásticos”.

Nacido en Kraaifontein, un suburbio de Ciudad del Cabo, Cheslin Kolbe es primo de la estrella del atletismo sudafricano, Wayde Van Niekerk, oro en los Juegos de Río en 2016: así que lo de la velocidad tiene que ver con los genes.

Finalizada la temporada en Francia, Kolbe tiene su mirada puesta ya en la próxima Copa del Mundo: “Tenemos un equipo con muchísima calidad en la tres cuartos, muchos jugadores compitiendo por los puestos, y eso es una bendición porque nos mantiene alerta y preparados a todos. Es una palanca de mejora para el juego de cada uno de nosotros. Desde luego voy a darlo todo y hacer lo posible por ganarme un sitio en Japón”.

Kolbe posa en el vestuario con el Bouclier de Brennus de campeón francés.

Jugador versátil en el fondo, Kolbe se adapta perfectamente a cualquiera de las dos posiciones, ala o zaguero. Un factor que puede jugar a su favor a ojos de Erasmus a la hora de elaborar su convocatoria: “Me encuentro cómodo en cualquiera de las dos posiciones. Para mí son puestos que demandan un trabajo similar: lo único es que, como zaguero, entras más en contacto con la pelota y tienes que tomar buenas decisiones, ser inteligente a la hora de jugar desde el fondo. Así que me adapto a los dos puestos y creo que puedo aportar cosas al equipo en cualquiera de ellos”, concluye Kolbe.

Hace dos semanas se proclamó campeón de Francia con Stade Toulousain en París. Uno está seguro de que la Luciérnaga, como se le suele apodar, brillará con luz propia el próximo otoño en el Mundial de Japón.