En 1971 yo tenía apenas apenas 13 años y los Lions acababan de ganarle la histórica serie a los All Blacks. Así que ser británico, y específicamente galés, era en aquellos días como ocupar la cima del mundo del rugby, tanto emocional como estadísticamente.

Mucho antes de la llegada de las redes sociales, los correos electrónicos y los selfies en Instagram, para comunicarte con alguien tenías que enviar uno de aquellos documentos escritos que solíamos llamar… cartas.

La carta que le escribí a Barry John estaba dirigida al siguiente destinatario: «Barry John, medio de apertura, Cardiff Arms Park, Cardiff». Y en ella, con la mejor caligrafía de la que fui capaz, le pedí si por favor habría algún modo de que me enviase una foto con su autógrafo.

La respuesta llamó a mi puerta sólo dos semanas después. Una carta, enviada por el propio Barry, que incluía por supuesto su imagen firmada.

Aún hoy me resulta difícil explicar la emoción que supuso para mí tener en mis manos la firma de aquel gran hombre, de su puño y letra. Tristemente, Barry John se retiró del rugby apenas unos pocos meses después, cuando estaba en la cumbre de su carrera, su fama y su talento, a la prematura edad de 27 años.

Describir su carrera en términos de internacionalidades o cifras estadísticas es, en realidad, un ejercicio enfermo de frialdad, por completo falto de alma. Y contribuiría a devaluar de forma inadmisible la magia de sus cualidades como jugador; esa presencia casi etérea que lo subrayaba en el campo.

El doctor Dai Smith lo describió así: «Era como una libélula que se hubiera posado sobre el yunque de la destrucción. Barry John habitaba en otra dimensión del tiempo y del espacio. Los rivales se chocaban contra los muros de cristal que lo protegían en su huida y lo ponían a salvo de sus desconcertadas garras. Dejaba boquiabiertos a los terceras».

Mientras el tráfago caótico del juego lo rodeaba, Barry John poseía la capacidad de distanciarse del frenesí y mantener un frío, casi distante control de las operaciones. Todos los demás jugaban el partido en los términos en que lo decidiera Barry John.

Más de 45 años después, el 5 de noviembre de 2016, me encontraba en la sala de prensa del Principality Stadium, cubriendo el test entre Australia y Gales. Cuando me dirigía a la zona más popular de esa parte del estadio -el mostrador con la comida- advertí la presencia de un hombre de cabello oscuro, robusto pero de mirada en cierto modo delicada. La figura grácil, las mejillas cinceladas, habían desaparecido hacía tiempo… pero no hay modo de confundir a un ‘Rey’.

En este caso, EL  Rey.

Cuando me dirigí a él y le pedí disculpas por haber tardado casi medio siglo en darle las gracias por su foto firmada, Barry John sonrió con gesto humilde. Caminamos juntos hacia la tribuna desde las tripas del estadio y, en un momento así, reparé en que era obligado que le pidiera una nueva foto, tanto tiempo después: esta vez, de los dos juntos.

Nos sentamos uno al lado del otro en la tribuna de prensa (una ocasión mucho más emocionante para mí que para él, seguramente) y, mientras asistíamos a la interpretación del himno de Gales, noté cómo se le afilaban los ojos oscuros, húmedos de emoción, mientras observaba ese escenario en el que tantas veces había exhibido sus habilidades, convirtiéndolo en un campo de sueños. Y ahí estaba yo, a su lado, mirando la escena como si soñara despierto.

Para mí, Barry John siempre será el jugador más grande que vi nunca. Fue un hipnótico ensayo suyo, contra Inglaterra en 1969, la imagen que encendió mi pasión por el rugby. Un detalle por el que nunca podré estarle suficientemente agradecido.

Ahora que ya pasa de los setenta, su paso lateral y ese cimbreo del cuerpo con el que desairaba a los rivales y dirigía el juego han quedado en un recuerdo distante de los años gloriosos. Pero, cuando miré la foto que nos habíamos hecho juntos, me di cuenta de algo: debe de ser todavía bastante rápido… porque se las había arreglado para que la foto saliera movida.