La primera frase de la entrevista que le hicimos a Michael Robinson para el número 2 de H no tenía nada que ver con el rugby. Empezaba así:

-Sostiene Michael Robinson: «El periodismo español son cientos de tíos contándote quién ganó ayer y quién perdió ayer».
Pausa dramática (…).
«Qué cosa tan absurda, ¿no?».

Lo más probable es que la afirmación apareciese en la charla cuando aún nos estábamos presentando -esa tensión reverencial de nuestro lado, que tardaría poco en aplacarse- y Robinson ponderaba el esfuerzo romántico que le parecía eso de hacer una revista de rugby en España. Tratamos de rebajar el mérito aclarándole que tampoco nos estábamos jugando la vida. Si acaso el tiempo. Pero… ¿qué es el tiempo cuando haces algo que te gusta?

Aun así, insistió él.

Después te das cuenta: te lo está diciendo alguien que encarna un canon del periodismo deportivo en España en los últimos 25 años.

La ironía de Robinson acerca de la profesión le daba sentido a su modo de entenderla y practicarla: un ejercicio de compensación frente al envilecimiento en los formatos, la defensa de otro lenguaje. La convicción de que, más allá de las leyes que gobiernan el territorio de la noticia, el deporte y los deportistas son la verdadera unidad de medida, el núcleo real de cualquier historia; y los resultados deportivos, apenas un señuelo a través del cual se intenta justificar todo… pero que en realidad no ayuda a explicar casi nada. Esas pocas palabras sonaban, entonces, como el pórtico exacto para ingresar a la personalidad del hombre que teníamos delante.

Aunque la frase no quedara grabada, no podríamos considerarla un off the record. Sobre todo porque la charla -convocada en el entorno castizo del Villa Verínun bar-restaurante gallego en una bocacalle de la Gran Vía, junto a la sede de la Cadena Ser- iba a abundar en eso que genéricamente llamaremos incorrecciones políticas. Un tono de burlona vehemencia para el cual Michael Robinson no se ahorraba calificativos… Tampoco los rebuscaba demasiado: los más directos, los más sonoros, acaso los más ofensivos. Todos espontáneos, pero muy precisos.

A su lado Diego Zarzosa se reía divertido. Después de tantos años siendo su mano derecha en la productora, Diego se sabía de memoria la música y todas las letras. Ese tono de quien no se escondía para decir lo que quería decir, sin temor a que los demás lo oyesen. Por lo general, porque no hablaba desde una trinchera, sino desde el burladero sosegado del tiempo. También porque cada una de esas razones podía sostenerla en argumentos sólidos y hechos concretos. Y sobre todo porque, en cualquier caso, no le importaba gran cosa el juicio ajeno.

En algún momento creo haberle preguntado: «Pero esto… ¿lo escribo así sin más?». Y él : «Claro». Cada vez que alguno de los tres se levantaba para traer más cerveza, la cosa mejoraba. «Está a gusto, está a gusto», confirmó Diego en una ocasión, atento a mi inquietud. «Córtalo alguna vez porque Michael se larga a hablar y no acabáis nunca». Y yo: «Vamos de puta madre, Diego… tranquilo».

> Descargar la entrevista completa en el H#002 a Michael Robinson <

Zarzosa sabía de lo que hablaba. Conocía de sobra la volátil expansividad del comunicador apasionado que era Robinson, cuyo efecto contagioso comenzó a operar a los pocos minutos de lanzar la grabación.

Si son ejercicios puros (cara a cara, tiempo limitado, preguntas no revisadas de antemano), las entrevistas constituyen un género que, en casos como éste, se dirimen entre la fascinación y la intranquilidad, precipicios por los que hay que evitar despeñarse. Un estado de alerta atento a enhebrar todos los hilos en movimiento: que quien está enfrente hable con franqueza, quiera hacerlo y sepa hacerlo; que lo que diga contenga una receta armónica de interés sostenido y titulares defendibles; que no se alargue más allá de la paciencia del entrevistado y acabes teniendo que comerte preguntas importantes o resolviéndolas con excesiva prisa; que la brillantez o la mediocridad la deduzca el lector de las respuestas, no de las preguntas ni del tono untuoso o feroz con que puedan estar hechas. Y, al final, que la concienzuda edición alcance un equilibrio entre el ritmo general de lectura, la necesaria suavidad lógica en las transiciones y un encaje de lo más valioso en la extensión siempre limitada del papel. Que no se pierda nada vital. Sobre todo, los inasibles matices de la conversación y la personalidad de quien responde.

«Está a gusto, está a gusto… Córtalo porque se larga a hablar y no acabáis nunca», advertía Diego Zarzosa durante en un impás de la entrevista. Conocía la expansividad del comunicador apasionado que era Robinson, cuyo efecto contagioso se manifestó enseguida

En este caso no había límite establecido. El problema lo teníamos nosotros: debíamos terminar a tiempo aquella conversación para tomar el último tren de vuelta a Gunn Hill. Cada entrevista es una bala de plata de un solo disparo. Más aún con los personajes mayúsculos, cuya agenda no ofrece segundas oportunidades. Por fortuna, lo que dijo Menotti sobre el Robinson futbolista valía igual para el Robinson entrevistado: le centrabas un cochinillo y lo remataba de cabeza.

Robinson tenía cabeza de goleador inglés. El espíritu amplificado de un sportsman decimonónico, capaz de jugar al fútbol los sábados y al rugby los domingos, y de acoger a todos los deportes como propios. La mirada distintiva de un periodismo universalista; consciente de que, frente a la idea convencional del deporte como territorio de banderías, en realidad su esencia constituye una patria común de idioma compartido: la pasión, el esfuerzo, la gloria y sus contrarios.

Quizás todas esas convicciones se convocaran en la persona porque el sustrato era el adecuado: por debajo de todas ellas latía el corazón de un rugbier. Esto último no lo decimos para atribuirle un valor que lo ponga de nuestro lado. Lo defendía él mismo: «Mi educación deportiva, mis valores deportivos, han estado siempre mucho más cerca del rugby que del fútbol. (…) El rugby me ha enseñado mucho más, y en los años de más influencia en mi vida: de los 10 a los 16».

Los diarios deportivos despidieron con generosidad merecida a un periodista descomunal.

Rugby maketh the man. El rugby hace hombres. La máxima, invocada por Robinson muy al principio de nuestro encuentro, resumía su percepción del juego oval como deporte de equipo por antonomasia. Y sin embargo, tuvo escasas oportunidades para hablar de rugby de manera pública. Un desequilibrio injustificable, dado su protagonismo como comentarista primero y como impulsor de la SIR en España, después. Al fin de esa incoherencia contribuyeron algo estas páginas; y, por supuesto, el prólogo para Con fina desobediencia, el volumen de su compadre Fermín de la Calle.

Pero en Robinson, el rugby siempre estuvo ahí. Durante años siempre habíamos recordado una escena vista en San Mamés antes de un partido de fútbol entre el Athletic y el Real Zaragoza, en marzo de 1997. Un detalle menor que, sin embargo, quedó grabado en nuestra memoria con el subrayado de lo significativo. Al equipo vasco lo entrenaba el francés Luis Fernández. Francia le había ganado la semana anterior a Inglaterra en Twickenham (20-23), camino del Grand Slam de esa temporada. Separados a diez o quince metros, ambos sobre la banda y cada uno pendiente de su trabajo inminente en el partido que iba a arrancar, el gabacho le vacilaba al guiri a costa del marcador favorable a los bleus, con el gesto de quien pasa un balón de rugby con las manos.

Uno entrenador de fútbol, el otro comentarista de fútbol. Y el rugby como intruso triunfal: el hilo invisible de un momento de complicidad, expreso en la amplia sonrisa de los dos.

Robinson tenía la cabeza de un goleador inglés de toda la vida; el espíritu amplificado de un ‘sportsman’ decimonónico, capaz de mirar a todos los deportes como el propio; y la mirada distintiva de un periodismo universalista: quizás todas esas convicciones eran posibles porque, por debajo, latía el corazón de un ‘rugbier’

Hacía ya unos años que la voz de Robinson, junto a la de Juanjo Vispe, había tomado en Canal + el relevo que antes portaron Celso Vázquez, Martí Perarnau y Ramón Trecet en RTVE. Durante nuestra entrevista para H, por debajo de cada pregunta latió siempre una cuestión de fondo: deducir de sus respuestas, del modo de hablar, de los comentarios, de qué forma percibía Michael Robinson el progreso del rugby en estos tiempos. A los jugadores actuales. La dinámica estandarizada. La evolución de los físicos. El show. En suma: si seguía el rugby con interés actualizado y atento o sería un nostálgico del viejo juego y sus verdades.

Ese temor se reveló totalmente infundado. La distinción que dibuja entre Dan Carter y Jonny Wilkinson recuerda hasta qué punto, también en este caso, prevalecía la nitidez de análisis del Robinson periodista. Y su facilidad para expresarlo. El titular (ese rugby de dibujos animados que parafraseaba el célebre valdanismo sobre el futbolista Romario) sintetizaba una respuesta que nada más oírla supimos portentosa. La clave de bóveda de toda la entrevista.

– «Confieso algo: yo soy peligrosa y desafortunadamente nostálgico, por tanto no me baño en ello. Nostalgialandia es un lugar que prefiero no frecuentar. Y pienso que en el deporte, con tal de que no desees ganar a toda costa, todo mejora. Se salta más lejos, más alto, se corre más deprisa… Repito: si no se quiere ganar a toda costa. Mentiría si dijera que el rugby ahora me entretiene menos».

Ahí estaba el Robinson de exquisita mirada sobre el deporte, elevando el juicio para rescatar lo fundamental. Unas cuántas cervezas después, la entrevista terminó con precisión milimétrica, como si el señor Robinson la hubiera tenido en su cabeza tal y como debía ocurrir para que todo saliera bien. Aunque uno habría alargado aquello hasta donde hiciera falta. Nos despedimos con bastante más efusividad de la que hubo a la llegada. El hilo invisible del rugby.

El tren salió a su hora y con el pasajero dentro, como en la película de Sturges. Durante las semanas siguientes intercambiamos algunos mensajes para fijar bien la cronología y los lugares de su coincidencia con Bill Beaumont en Fylde.  Lo publicado en el número impreso sólo aspiraba a rescatar un digno porcentaje de la fabulosa conversación que irradiaba el hombre: el precipitado de una asombrosa armonía de popularidad, dimensión humana, precisión de juicio y apabullante naturalidad didáctica para contar el deporte.

Y todo, siempre, sobre el fondo innegociable de la diversión.

Michael John Robinson nació en Leicester, una de las tierras mayores de Ovalia, el 12 de julio de 1958.  Falleció en Madrid el 28 de abril de 2020. El día que lo pusieron a jugar de centro, siendo un adolescente, descubrió una verdad para el juego y toda la existencia: que a partir del primer tortazo, las hostias ya no duelen.

Descanse en paz.

[Fotos de Gabriel Pecot para el #H002].