Pocas veces habrá pateado Antoine Dupont una pelota de rugby con la furia con la que, hacia el final del choque contra Inglaterra, mandó por la línea de fondo el balón salido de un ruck francés en su propia línea de cinco. Había que asegurar el resultado (24-14) y el nueve bleu le pegó al oval una coz furibunda de alivio contra las gradas del Stade de France, aguardando el silbatazo final del árbitro. Sólo un problema: en el reloj del partido quedaban aún más de 45 segundos por jugarse.

Dupont tuvo uno de esos momentos tierra trágame que hoy día se hacen virales. Inglaterra ganó un golpe de castigo y salvó el punto bonus. El río no se desbordó. A la mañana siguiente, Fabien Galthié saludó con humor la equivocación de su brillante medio de melé: “Por lo visto tiene un pequeño problema de visión. Así que le he ofrecido mis gafas”, le dijo a la prensa.

Las gafas de Galthié son tan llamativas que hasta el propio seleccionador francés bromea con ellas, en un ejercicio de autoconciencia que encaja muy bien con el personaje. Cuando uno ve estas semanas al técnico en las tribunas, oteando el partido tras su rotunda máscara de carey, tiene la tentación imposible de asociar la imagen con algún plano de Alain Delon en El clan de los sicilianos. Pero no… la comparación resulta por fuerza inadecuada. Sólo la justifica la elasticidad de la imaginación. La presencia junto a Galthié de ese imposible alter ego que compone Raphäel Ibáñez le agrega aún más singularidad al conjunto.

Esas gafas bien pueden ser interpretadas como una encarnación de la larga búsqueda de identidad del rugby francés: la actualización de una vieja estética. Ya se sabe que a todo lo antiguo le aguarda un porvenir de modernidad. Y a su espalda, el flujo circular de la decadencia. Mientras, Francia va ganando partidos, nombra ya el recordado último Grand Slam de 2010 y juega al rugby con energía juvenil. Otro tema es que el frenesí se le agota antes de hora, igual que a los amantes imberbes.

Laporte, Novès, Brunel y Galthié.

El detalle de las gafas parecerá una anécdota. Pero si uno se fija bien, los significados alternativos se agolpan como para hilar una pseudo teoría. Por ejemplo… cuando el entrenador afirmaba antes de comenzar este 6 Naciones que la suya para Francia era “una visión a medio plazo”. ¿Estaba haciendo un símil deliberado, como con Dupont? ¿Estaba diciendo que todos deberían mirar a través de sus cristales para ver el futuro del rugby francés? ¿Que la distancia entre la Francia de ayer y la de hoy es la que va de la sobria montura al aire de Jacques Brunel a este gafapastismo cool? De un entrenador atardecido al que la prensa francesa llamaba Papi con flagrante familiaridad, les bleus han pasado a un macho alfa plenipotenciario al que la Federación Francesa le ha concedido medios, recursos, jugadores y colaboración de los clubes desconocidos en la última década para cualquiera de sus predecesores.

A su llegada al cargo, el nuevo seleccionador anunció que tenía para Francia «una visión a medio plazo». ¿Era un símil deliberado? ¿Estaba subrayando la distancia entre las sobrias gafas de montura al aire de ‘Papi’ Brunel y su ‘gafapastismo’ de vanguardia?

Pensemos en la amarga disensión entre los anteojos de inspiración quevedesca del hidalgo Guy Novès, mancillado en su honor (Jamais je ne pardonnerais), y esas diminutas gafitas en el busto despejado de Bernard Laporte, monsieur le président. Enmarcado en toda esta trama –el rugby francés siempre parece una trama, tal vez porque en verdad lo es- la imagen de Laporte recuerda al déspota productor, visionario sin escrúpulos, que interpreta Ed Harris en El show de Truman. El ojo que todo lo ve. La mano que mece la cuna.

Un Laporte zarandeado ya antes por aquel turbio asunto con Altrad. Pero que se llevó la Copa del Mundo de 2023 para Francia. Que, por supuesto, piensa en ser campeón en casa, como hizo la generación de oro de los sub20. Y que necesita asegurar, en unos meses, su continuidad en la FFR, cuyas elecciones se van a celebrar a final de este año. Lo ha retado Florian Grill, hombre sin notoriedad rodeado de una fuerza de choque compuesta por nombres mayores: Serge Blanco, Jean-Claude Skrela, Eric Champ y Fabien Pelous, entre otros.

Laporte y Altrad, protagonistas de un escándalo sonoro en la FFR.

¿Cuánto pesa esta última variable en el escenario actual?

Son factores legítimos que se entrelazan: la recuperación de la grandeza (otros le llamarán dignidad) y la continuidad en la presidencia. Por eso Laporte le ha dado esta vez a Galthié el poder y los medios. Por primera vez en años los clubes del Top 14 parecen alineados en una estrategia de país que prioriza la selección. El acuerdo liga/federación contemplaba la cesión de 31 jugadores por convocatoria; pero luego ascendieron hasta 42 porque a Galthié le gusta tener a su disposición a dos equipos completos para entrenamientos de juego real, a salvo de lesiones. ¿Y a quién no?

A Galthié se le ha permitido llevar hasta a 42 jugadores a su concentración… porque le gusta tener dos equipos completos en los entrenamientos; la colaboración de los clubes del Top 14 es mayor que nunca y su equipo técnico se compone de hasta 20 especialistas en las más diversas materias: todo esto es inédito en la selección ‘bleu’

Además, por primera vez en mucho tiempo Galthié ha retenido a los jugadores concentrados en las jornadas de descanso del torneo. Muchas veces antes hemos visto a los internacionales franceses jugar de titulares con sus clubes en el Top 14 en los fines de semana libres del 6N, mientras a sus homólogos británicos e irlandeses sus clubes les respetaban el descanso.

Galthié estuvo ya empotrado en el equipo de trabajo de Jacques Brunel en la última fase de su gestión del equipo nacional, sobre todo en la Copa del Mundo. Ya había sido designado sucesor y esa cohabitación generó muchas opiniones, pero servía al plan de Laporte. Una vez asumido el cargo, Galthié se ha rodeado de una guardia pretoriana que incluye a más de 20 profesionales: entrenadores específicos para la melé, la touche, el ataque, la defensa, analistas de vídeo, estudiosos de datos, preparadores físicos, recuperadores, un par de nutricionistas, un entrenador mental… Esto se da por hecho en la estructura de un equipo de rugby profesional, pero en Francia resulta inédito. Se crea o no.

Una parte del staff de Galthié, en la presentación oficial del nuevo equipo técnico.

Galthié pretende haberle puesto sus gafas del futuro al rugby del Hexágono. Mourad Boudjellal, propietario de Toulon, lo resumió así: “Hay un rugby de ayer y un rugby de hoy. Galthié y Giroud están en el de mañana”. Se refería a Thibault Giroud, ex preparador físico de Toulonnais también en los días de Galthié en el club; hoy ambos forman parte del equipo de trabajo en la selección. “Galthié está atento a todos los adelantos que se hacen alrededor del deporte y es una esponja, lo absorbe todo. Tiene muy en cuenta los datos que arroja el GPS –dice Boudjellal, antes de rematar con ironía-. Hoy en día en la selección de Francia decide el ordenador”.

Si eso fuera así, y mirando algunos de los nombres convocados en este 6N, estaríamos ante un caso parecido al de Moneyballalgunas de las elecciones de Galthié resultaron tan imprevisibles que parecen hijas de un algoritmo freak como el que se inventa en la película Jonah Hill para sus fichajes. Tan imposible que resulta genial.

De momento, la nave va. Pero Boudjellal apuntaba en una entrevista en septiembre pasado una conocida grieta en el perfil de Galthié: “Es un gran entrenador, eso no se discute. Si te vas a cenar con él, se pasa la noche diseñando sistemas de juego con la sal y la pimienta. Pero le falta una dimensión humana: es más sensible con la sal y con la pimienta que con las personas. Si en lugar de jugadores le pusieran robots, no le importaría lo más mínimo. Pero en eso le pueden ayudar…”.

Precisamente para eso, para ocuparse del lado orgánico de las cosas, está Raphäel Ibañez, nexo con los clubes y los jugadores desde su puesto de manager. Porque la clave oculta de esta Francia tal vez resida en el tiempo que Galthié –entrenador especial en el más amplio sentido del término- sea capaz de sostener, gestionar e inyectar progreso en ese estado de compromiso febril con el que juega la Francia de Ntamack y Dupont, Cros, Olivon y Alldritt, Haouas y Willemse: chicos que hoy siguen al seleccionador y su estado mayor como a la sandalia de La vida de Brian.

«Galthié es un gran entrenador: si quedas a cenar con él, se pasa la noche diseñando sistemas de juego con la sal y la pimienta. Su problema es la dimensión humana: es más sensible con la sal y la pimienta que con las personas», dice Mourad Boudjellal

No basta con ganar ahora. Se trata de 2023. Ese es el medio plazo al que mira Galthié a través de sus lunettes, que son un poco como el rugby de esta nouvelle vague; o como las quiebras temporales de Godard: un suceso retromoderno del que uno no sabe bien qué pensar. Sirven lo mismo para enarbolar una estética vintage que para declarar inaugurado el futuro.

La cuestión es cuánta vigencia tendrán esas gafas y el rugby que ahora ordenan. Si progresarán hasta crear tendencia, a partir de una ansiada revisión de los felices 80; o si caerán en el devorador vórtice francés, un círculo de fuego fatuo capaz de consumir a tan alegre reunión de jóvenes promesas, imprevistos actores secundarios y sorprendentes inventos de entrenador.

De momento, Francia resiste y gana. Frente a los pommies. Y también en Cardiff. Y prevalece la sensación de que, por momentos, juega muy bien el rugby de hoy, descarga y continuidad. Pero son los cimientos, no el edificio. Aún defiende mucho menos de lo necesario, sobre todo en proporción a la fama de Shaun Edwards, convertido en una suerte de Steve Jobs de la estrategia en blitz. Al equipo francés, como ha reconocido alguno de sus jugadores, el pulmón aún no le llega para eso ni de cerca. Los recambios, tampoco.

De modo que, en esa indecisión entre la reverencia y la sospecha, el mundo contiene ansioso la invocación máxima. La reverenda palabra que todo el mundo guarda siempre en la punta de la lengua cuando mira a Francia: champán, champán…

[Foto de portada: ANNE-CHRISTINE POUJOULAT AFP].