Exeter Chiefs han anotado esta temporada hasta 18 ensayos en jugadas nacidas alrededor de la línea de cinco metros. Esa capacidad para exprimir hasta la última gota cada incursión en la zona roja del contrario no tiene equivalente en toda la Premiership y diríamos que, en general, en el rugby de hoy: Wasps suma 12, Gloucester y Saracens se quedan en 11, por comparar números. Lo esencial está en lo que subyace debajo: en el caso de Chiefs, ese mandato que tan a menudo se oye a equipos de rugby de cualquier categoría (de la 22 hay que salir con puntos) se ha convertido en una costumbre. Suelen ser siete.

Racing 92, que se presenta en su tercera final tras eliminar a Saracens, sabe a lo que se enfrenta. De sobra. Cualquiera que haya visto con algo de frecuencia al equipo de Rob Baxter tiene claro que esa característica tan definitoria del juego compone su gran amenaza. No la única, desde luego, porque también es un bloque capaz de lanzar ataques de rango largo. Pero sí su mayor granero de puntos. Y el recurso que le sirve para recuperar partidos en desventaja o finales apretados.

Si algo es Racing 92, otro equipo con diversas vertientes, es un bloque pesado. La cuestión, sin embargo, no tiene que ver tanto con el tamaño sino con la capacidad de Exeter para sacarle un rendimiento agotador a la explotación de un mecanismo en apariencia sencillo. Los franceses están bien acostumbrados a defender a base de carne la jugada preferida en el Top 14: el llamado penaltouche. Es decir el golpe de castigo que se patea a la banda para jugar el lineout consiguiente en los alrededores de la línea de cinco metros. El problema con los Chiefs radica en que su dinámica es otra, al punto de que rara vez eligen ese camino, tan común en el rugby de hoy. Antes que jugarse un lanzamiento incierto desde la touche, ellos prefieren el tap and go: reinicio rápido del golpe con un toque, para lanzar a los delanteros en distancia corta.

Nadie recurre a esa opción tanto y tan bien como los chicos de Baxter: hasta 18 golpes de castigo han jugado así esta temporada, de nuevo una cifra sin parangón en su entorno. Con una particularidad muy llamativa: no es el medio de melé el que juega rápido, para trasponer la línea de ventaja con un acelerón o un pase que ponga en acción a la línea; en los Chiefs a menudo reinicia un delantero. Con frecuencia, Luke Cowan-Dickie: el talonador choca el primero y su carga suena como un toque a rebato. A continuación la topadora se pone en marcha, hasta la conquista.

Los Chiefs han anotado hasta 18 ensayos esta temporada en la Premiership a partir de balones jugados en interminables ‘pick-and-go’ por sus delanteros: es su jugada característica, cincelada al detalle para convertirla en un muy fiable y prolífico granero de puntos

El signo característico de Exeter en este tipo de jugadas consiste en la inevitabilidad: todo el mundo sabe lo que van a hacer, cómo y cuándo lo van a hacer. Incluso también con quién. Pero aun así, logran hacerlo. Y casi se puede asegurar que, si entran en la zona de 22 rival y estructuran su plataforma, no habrá modo de evitar que, más pronto o más tarde, alguno de sus enormes delanteros acabe apoyando más allá de la línea.

Rob Baxter y sus hombres han cincelado al milímetro el funcionamiento colectivo de enlace de sus fases cerradas y relanzamientos. Y, sobre todo, su capacidad para la conservación de la pelota, virtud básica sobre todo cuando más importa: en la proximidad de la línea de marca. Da igual cuántos defensores y con cuánta tenacidad se apliquen a la defensa del fuerte. Siempre da la impresión de que Exeter acabará por derribarlo y entrar al asalto. Ocurre con demasiada frecuencia como para no saberlo.

Waldrom, en uno de sus muchos ensayos en Exeter.

Este canto tozudo al juego de delantera, el maul andante y el pick-and-go empezó a convertirse en una marca corporativa del equipo de Sandy Park en los días de Thomas the tank Waldrom: en su paso por el suroeste de Inglaterra, el rotundo número 8 se ponía morado de ensayar a base de situarse en la cola de las agrupaciones que armaba el equipo de Baxter. Recibía la pelota, la guardaba al fondo del empuje de la formación en tortuga de los Chiefs y, cuando la muralla había cedido, se dejaba caer en el ensayo como un inevitable peso muerto.

Exeter Chiefs no entra porque sean más fuertes o más grandes que los demás, aunque desde luego tiene una buena fila de mastuerzos al frente. Sobre todo entra porque se equivoca muy pocas veces en lo que hace y porque ejecuta la suerte a la perfección: la percusión muy abajo del portador, metiendo el hombro de ataque por debajo del hombro del defensor; el trabajo de empuje con las piernas una vez hecho el contacto, para apurar el avance y retrasar la caída al suelo, que obliga a la defensa a cruzar el cuerpo interminables veces en la defensa extrema; el apoyo constante y, sobre todo, preciso en forma y tiempo, para prevenir la pesca de los chacales… Y la repetición de este patrón en cada una de las fases subsiguientes. Y así, una y otra vez.

Tal y como queda descrito, en el mecanismo no hay nada nuevo. Todo el mundo sabe que se hace así. Y sin embargo, a nadie le sale tan bien como a Exeter Chiefs. Rob Baxter ha hecho muchas cosas bien; todo el club, en realidad. Pero ni ha alumbrado un camino desconocido ni ha inventado la rueda. Simplemente (si vale el término) se ha aplicado hasta convertir un recurso en un arma letal. Y lo repite cuantas veces sean necesarias hasta doblegar la resistencia del contrincante. ¿Produce sensación de aburrimiento? A mucha gente, sí. ¿Suena previsible? Lo es. Tan previsible como, a menudo, imparable.

Rob Baxter y su equipo han hecho muchas cosas bien, pero desde luego no han inventado la rueda: eso sí, han convertido un recurso básico en un arma letal. Todo el mundo sabe cómo y dónde van a hacerlo: tan previsible como difícil de contener

De nuevo las estadísticas reflejan en números la eficacia: Exeter es el equipo que más veces ha ensayado en la liga inglesa después de enlazar siete o más fases de juego. Nada menos que 24 marcas ha logrado de esa forma. Ninguno de sus rivales en la Premiership se le aproxima: cinco menos tiene Bath y hasta nueve por detrás aparece Saracens, otro equipo proclive a la imposición física. Hay una metódica paciencia y una seguridad inquebrantable. Un proceso muy definido, perfectamente ejecutado.

Naturalmente, la confianza colectiva en el buen funcionamiento de la tuneladora ha acabado afectando al estilo de juego, hasta casi el paroxismo. Exeter Chiefs tiene otras virtudes, pero la que lo define es ésta. Nunca se ve a sus tres cuartos reclamar con impaciencia que se abra un balón en zona de 22 contraria: como todos los demás, asumen que eso no ocurrirá, que el balón va a quedar ahí adentro hasta llegar al objetivo. Tal fe en la eficiencia colectiva es otra de las virtudes de Exeter, equipo que confía en que su acerada lógica unidireccional acabará por imponerse. 

Sam Simmonds anota un ensayo en la semifinal de la Premiership ante Bath.

Racing 92 es el último obstáculo que le queda antes de culminar una trayectoria que, hasta el año de la pandemia, nunca ha resultado brillante en Europa: los cuartos de final habían marcado hasta ahora su frontera. Un contraste muy acusado con la bicefalia establecida junto a su gran némesis en el campeonato inglés: Saracens, ganador en las tres finales de la Premiership en las que se han cruzado. El equipo de Baxter levantó su único trofeo frente a Wasps en 2017, prórroga y pateo de Gareth Steenson mediante.

Steenson, irlandés fichado hace más de una docena de años de los Cornish Pirates, equipo vecino de la costa sur inglesa, conforma junto a Phil Dollman (el galés fue el primer fichaje de Rob Baxter a su llegada en 2009) y Ben Moon (pilar de los Chiefs desde 2008) el grupo de incombustibles al que la parroquia conoce como the originals: los hombres que han estado allí desde los días del Championship, antes de que Exeter le ganara la promoción a Bristol (finalista de la Challenge Cup) y se presentara en una élite que iba a conquistar en tan sólo siete años.

Aparte de la división acorazada que es su delantera, Baxter maneja un buen número de estupendos jugadores. Apenas a tres de ellos se les puede decir estrellas: Henry Slade y Jack Nowell, internacionales nacidos al abrigo del sistema de la Academy de Exeter; y por supuesto Stuart Hogg, el zaguero escocés llegado el año pasado. El resto componen una pléyade de muchachos de rendimiento muy parejo, héroes locales como el joven medio de melé Jack Maunder, por supuesto Joe Simmonds y Gareth Steenson, Devoto, Woodburn o Short…

Pero la brillantez está supeditada a la condición prosaica del equipo. No se trata sólo del estilo de juego: hay algo en su cultura como conjunto que habla de un bloque de granito en lo físico y en lo mental. Un grupo que se sabe underdog aun cuando se impone. Solidario por principio. Resistente por naturaleza. Esa es el alma de la tuneladora. La efusión que corresponde al perfil de su entrenador: Rob Baxter jugó 14 años al rugby, nunca en la élite y siempre en Exeter; a su retirada se integró en la estructura técnica del club y en 2009 tomó el cargo de director of rugby de los Chiefs. Ahí sigue. Un one club man de libro.

En cierto modo, sus jugadores comparten la filosofía o la abrazan. Aunque muchos hayan venido de fuera, el perfil es el de un club en el que la academy, la cantera, juega un papel primordial. E incluso los fichajes parecen compartir el sentido de pertenencia. Hay algo más, un fervor interior crecido en estos últimos años de batalla sostenida con Saracens. A pesar de que los Chiefs han sido uno de los dos equipos dominantes en Inglaterra en el último lustro, todos los chicos de Baxter han conocido más sinsabores que victorias. Una sensación de aspirantes a menudo sin premio o con un acceso limitado a la gloria.

Estos días, The Guardian ha publicado algunos extractos de Exe Men: the extraordinary rise of Exeter Chiefs, el libro que el periodista Robert Kitson publicará en noviembre. En uno de sus más reveladores pasajes, Kitson interroga a diferentes miembros de los Chiefs sobre sus sentimientos acerca de los títulos ganados por Saracens durante los años en que violaron el tope salarial, una trampa que ha acabado costándoles el descenso irrevocable al Championship.

En esos párrafos se advierte la turbia frustración que han dejado en los Chiefs los últimos años y el desenlace posterior, cuando se supo la verdad sobre las ilegalidades de los Saracens en la construcción de su equipo. La traducción es propia pero Tony Rowe, el CEO de Exeter, lo dice claramente: «Se ha probado -y los informes están ahí para quien quiera leerlos- que durante los tres últimos años han ganado sus títulos a base de hacer trampas. No estamos diciendo que esos trofeos tengan que ser nuestros, pero tampoco deberían llevar su nombre, porque los han robado».

Rob Baxter tampoco se muerde la lengua: “No digo que Saracens no haga cosas bien: están bien preparados, saben lo importante que es construir un buen ambiente alrededor del equipo y una cultura sólida. Pero, además de eso, lo hacen con 30 jugadores mejores que los que cualquier otro equipo puede juntar. Cuando supe lo deliberado que había sido todo, y durante cuánto tiempo lo habían hecho… En fin. Y ni siquiera ha habido una disculpa, ni atisbo de ella».

Obviamente los jugadores han sido, en términos emocionales, los más afectados. Jugadores cuyos sueldos no podían competir con los de sus colegas en los Saracens. Jugadores que sienten que podrían haber disfrutado carreras internacionales más relevantes si no hubiera sido por el monopolio sarraceno. O tal vez no, quién sabe: en todo caso parece que hay motivos para el argumento. Quien más quien menos siente que el descenso de Saracens no acaba de ser un castigo suficiente: y que los títulos ganados estos años también les deberían ser retirados. Aunque ni los propios damnificados los reclamen abiertamente, el fondo del asunto se hace obvio: al menos los trofeos ingleses se los habría quedado Exeter.

Contra todo eso también jugará el equipo de Baxter este sábado. Tras derribar a Toulouse, equipo de vistosas gacelas, ahora deberá pasar por encima de Racing 92, una manada de ñúes. Una final en Bristol, a apenas hora y media de casa. La gloria nunca estuvo tan cerca: sólo diez años después de alcanzar la máxima categoría inglesa, los Chiefs quieren convertirse ahora en los jefes de Europa.