Todo viene definido, medio en broma medio en serio, en uno de esos volúmenes que suelen decorar los anaqueles más coloridos de las acogedoras librerías británicas: “Weegies vs. Edinbuggers: Por qué Glasgow tiene una sonrisa más hermosa que Edimburgo o por qué Edimburgo es ligeramente superior a Glasgow“. Weegie es el término entre bromista y peyorativo que los habitantes de Edimburgo dan a sus compatriotas nacidos en Glasgow. Una variación socarrona del patronímico glaswegian. Y edinbugger actúa, claro, como equivalente para los ciudadanos de la capital escocesa, jugando con una desinencia algo escatológica, gamberramente sexual o, incluso, abiertamente zoofílica. La rivalidad entre las dos ciudades tiene también forma ovalada, claro que sí. Se llama Copa 1872, porque los equipos amateur de Glasgow y Edimburgo se enfrentaron por primera vez aquel año. El pasado sábado se jugó el primero de los tres partidos de la edición de esta temporada. Este sábado se jugará el segundo. En el primer asalto ganó con autoridad Edimburgo, el equipo de moda en Escocia… y puede que también en Europa. Dirigido por el técnico menos trendy que uno se pueda imaginar: el inefable Richard Cockerill, cuyo estilo está redefiniendo las tendencias.

Hagamos historia, antes de nada. Cada año, Edinburgh Rugby y Glasgow Warriors reeditan su vieja rivalidad localista y deliciosamente provinciana. La 1872 Cup es el nombre del trofeo que designa el enfrentamiento entre clubes (si vale el término en este caso) más antiguo del mundo: su primera edición, con 20 hombres por equipo, tuvo lugar el 23 de noviembre de 1872 en Burnbank, la casa de los Glasgow Academicals. Durante más de 120 años no hubo por el medio ningún trofeo. Hasta que en 1995 la firma Slater, Hogg and Howison (promoción, alquiler y venta inmobiliaria) patrocinó el partido entre los dos distritos principales del país y donó el trofeo.

La Copa 1872 es la rivalidad de clubes más antigua del mundo: el primer enfrentamiento entre los dos distritos y ciudades rivales se disputó en noviembre de 1872 en Burnbank, en el campo del Glasgow Academicals Rugby Club

Originalmente, el choque tenía nada más que la forma de un desafío entre distritos, que era la partición vigente en el rugby escocés. Además de Edimburgo y Glasgow, había un North and Midlands District y un South District: desde 1953 esos cuatro equipos disputaban el Campeonato Inter-Distritos. Posteriormente se les uniría un quinto contendiente: los Scottish Exiles.

El primer enfrentamiento entre los dos rivales se disputó en noviembre de 1872 en el campo que el Glasgow Academicals Rugby Club tenía en el área de Burnbank, sobre el lado oeste de la ciudad. Los Academicals (apocopado Accies) se autodenominan, y no sin razón, la cuna del rugby tanto en Edimburgo como en Glasgow. Por cierto que ese mismo estadio de Burnbank pudo acoger también el primer internacional de fútbol entre Escocia e Inglaterra, que finalmente tuvo lugar en Hamilton Crescent, una semana más tarde. Dos de los jugadores de los Accies de Glasgow, Tom Chalmers y Willie Cross, estaban convocados para ambos: el de rugby y el de fútbol. Eran aún tiempos en que los sportsmen cruzaban de código con naturalidad, porque el tronco común aún no había disgregado del todo la práctica de ambas disciplinas. Chalmers y Cross, con criterio encomiable, eligieron jugar al rugby con sus ciudades en lugar de al fútbol con su país… Si eso no son héroes, es que el oval no los ha tenido.

Finlay, el cuarto arriba por la izquierda, estrella de Edinburgh Academicals y Escocia.

Los hagiógrafos de aquellos días hablan maravillas de Ninian Finlay, de Edimburgo. Una estrella de la época. Aparece cuarto por la izquierda en la fila superior, en la foto de arriba, atildado bigote y cabello en comba sobre una raya desprendida a un lado, junto a sus compañeros del Edinburgh Academicals de 1878/1879. Un jugador al que se consideró el medio de más talento y clase de aquellos años. Proclamado por los escritores de diarios de entonces “el primer gran prodigio escocés, por su dominante personalidad de escolar rodeado por veteranos y experimentados hombres, unida a la extraordinaria influencia que su figura ejercía sobre el juego”.

Lejos de aquellos días, en estos últimos años Escocia ha privilegiado a jugadores que parecen sostener a través de las décadas el espíritu aventurero de Finlay. Imposible recordarlo ahora que el rugby se parece muy poco a aquello. La Copa 1872 es un ejemplo evidente. Nacido el profesionalismo, le ocurrió lo mismo que al resto de competiciones seculares del rugby: que sus promotores le modelaron una fisonomía más uniforme y comercial. Desde 2007 tiene lugar en el marco del (entonces) Pro12 y hoy Pro14. Y a partir de su segunda edición se incorporó el desafío en forma de doble partido navideño, entre la última jornada de diciembre y la primera del nuevo año.

Hasta 1995 la 1872 Cup no tuvo un trofeo: desde 2007 se la juegan Edinburgh Rugby y Glasgow Warriors en el contexto de la liga celta… Desde la entrada de los sudafricanos, al mejor de tres encuentros entre la Navidad y el mes de abril

La evolución de la liga celta (con la entrada de dos equipos sudafricanos en 2017) ha introducido también la última variación en el sistema competitivo. Antes, para decidir el ganador de la Copa 1872 se tenía en cuenta el marcador acumulado de los dos partidos. En caso de empate, el trofeo lo conservaba el vencedor del año anterior. El doble cruce coronaba las jornadas navideñas, lo que siempre atraía espectadores. Es una estrategia que no se limita a la fiesta doméstica del rugby escocés. Durante las semanas festivas, todo son derbis nacionales en el Pro14.

Como decíamos, la ampliación del Pro14 ha generado una competición de dos conferencias separadas. Para no comprometer el interés de las rivalidades localistas, el calendario incorporó la excepcionalidad de esos choques entre enemigos íntimos, lo que provoca que Glasgow y Edinburgh se encuentren ahora hasta tres veces a lo largo del torneo, en lugar de las dos tradicionales. Y el ganador de la Copa 1872 ha pasado a ser el que gana más partidos de esos tres enfrentamientos. Si hay empate, se usa el marcador acumulado como criterio para romper la igualdad.

El trofeo de la Copa 1872. (©Fotosport/David Gibson).

El primer encuentro de la edición de esta temporada se jugó el pasado sábado, con victoria por 23-7 para los chicos de Richard Cockerill. El segundo tiene lugar en Scotstoun este fin de semana y el tercero y definitivo se jugará en abril. Por sorprendente que parezca en el contexto de los últimos años -que han sido de dominio de Glasgow Warriors y de transmisión del estilo de Gregor Townsend a la selección escocesa- la alternancia ha sido la nota dominante en la 1872 Cup. Glasgow ganó cinco ediciones consecutivas entre 2009 y 2013. Eran los días de su rugby expansivo, que los llevaría al título. En estas últimas campañas, sin embargo, Edimburgo anda redefiniendo los equilibrios del rugby escocés, primero en el periodo de Alan Solomons y, ahora, con el rearme que Cockerill ha llevado a cabo en el equipo capitalino desde su llegada el año pasado.

Con Solomons, el contraste era muy marcado. Edimburgo adoptó un perfil más reactivo, que los convirtió en el equipo más impermeable defensivamente del entonces Pro12. Mientras, Townsend se había convertido en el gurú del rugby ofensivo y su obra contagiaba, por la propia fuerza del estilo tan marcado de los jugadores, incluso a una selección dirigida por alguien tan prosaico como Vern Cotter. En líneas generales y aunque la definición no resulta exacta al cien por cien, Escocia era un precipitado entre la delantera de Edimburgo y los tres cuartos de Glasgow. El relevo posterior en el equipo nacional fue sólo una evolución lógica de la línea adoptada.

Cockerill le ha dado a Edimburgo un plan y decisiones acertadas en las incorporaciones: desde los jugadores hasta el cuadro técnico. El resultado es que ha multiplicado el rendimiento de muchos jugadores y que el equipo juega cada día con mayor eficacia y solvencia

El progreso no se ha detenido. Es verdad que el rugby escocés siempre va a tener complicado, por su propia proporción en medio del pastel profesional, alcanzar la consistencia y amplitud de recursos necesarios para ser un actor principal en la guerra internacional. Su efervescencia tiene algo de vistosa tormenta en un vaso de agua. Como un experimento controlado: espectacular y llamativo, pero sin traslado al gran escenario. Sin embargo, no deja de agregar a su repertorio (de clubes/distritos y también a nivel de selección) evoluciones tácticas, madurez competitiva y, por encima de todo, jugadores. Y pensando, o no, en ganar la guerra, por el camino va sumando batallas.

A los Hogg, Laidlaw, Russell, Richie y Jonny Gray, WP Nel, Horne, Dunbar, Scott, Maitland, Seymour, etc… ha sumado en estos últimos años apariciones muy llamativas. La principal, la de Huw Jones, rescatado de su exilio sudafricano en la Western Province. También el asentamiento de Ali Price, el eléctrico medio de melé que complementa la eficacia acompasada de Laidlaw. La repatriación desde Bath de Adam Hastings en el 10… aunque el hijo de Gavin aún no tiene la fiabilidad de un producto acabado. Con menos ruido, hay otra explosión más sonora: la de Blair Kinghorn, desplazado al ala en la selección por la coincidencia de talentos pero que, como zaguero en Edimburgo, ya mira a la cara al mismísimo Hogg.

Dave Rennie y Richard Cockerill, entrenadores de Glasgow y Edinburgh.

Esos jugadores refuerzan la apuesta disruptiva de ataque de Townsend. Sin embargo, la gran evolución se está produciendo con la incorporación a la trama general de delanteros que le han proporcionado eso que tanto se echaba de menos: la potencia para competir delante. Hablamos del pilar Allan Dell, del talonador McInally, del segunda Ben Toolis, de la mejora de Gilchrist en esa misma línea. Y por supuesto de Hamish Watson, uno de los mejores sietes del mundo por rendimiento en este último año. Todos ellos en Edimburgo, sumados a sus pares en Glasgow: Bhatti, Gordon Reid, Fraser Brown, Tim Swinson, Zander Fagerson y, claro, el excepcional Jonny Gray.

Todo esto anda floreciendo en las dos ciudades, no sin dificultades. Dave Rennie ha tratado de darle continuidad al éxito glaswegian; y en Edimburgo, la siempre acechante depresión de un equipo segundón la ha reconducido Cockerill a base de disciplina y un estilo híbrido que cada vez le da mejores resultados. El año pasado alcanzaron los cuartos de final del Pro14 para caer en Limerick ante Munster. Un paso adelante que los ha devuelto a la Champions Cup, donde lideran de forma sorprendente su grupo: hasta dónde serán capaces de llevar su reto dependerá mucho de las dos últimas jornadas pendientes en la primera fase del torneo. Edinburgh visitará el Stade Mayol frente a un Toulon en estado de ruina -pero siempre peligroso- y cerrará en casa precisamente contra el rival que amenaza su clasificación: Montpellier.

Mientras tanto, ver jugar al equipo de Cockerill sirve para combatir algunos sesgos inevitables cuando se trata del entrenador inglés, al que resulta imposible desligar ni de su personalidad ni de su periodo en Leicester. En ocasiones asoma la desesperación de ver a Pyrgos, el medio de melé, contener su ritmo natural con calculada premiosidad. Pero, en general y más allá de las preferencias estéticas de cada cual, Edimburgo está rompiendo en equipo que hace cada vez mejor lo suyo. Cockerill ha inyectado disciplina (hubo episodios graves, como la sanción a John Hardie, hoy jugador de Newcastle, por consumo de cocaína), solidez competitiva y orgullo. Ese papel de comparsa, generalmente asumido en Edimburgo, ha volado con la imperiosa presencia de Cockerill. Una actitud resumida en el comentario con el que respondió a los elogios por sus buenos resultados el año pasado en el Pro14: “Nos eliminaron en cuartos… en Leicester me habrían echado por eso”.

Duhan van der Merwe, un ala velocísimo que afila el ataque de Edimburgo.

Con todas las singularidades de Cockerill, hay un efecto general muy reconocible: que todos los jugadores, incluso los conocidos, han elevado su rendimiento. El propio Pyrgos, desde luego Gilchrist, el cada vez más seguro en las touches McInally, por supuesto en el fondo Kinghorn, desde luego el incontenible fiyiano Mata, también el centelleante Duhan van der Merwe o el apertura sudafricano Jaco van der Walt. Nada de esto surge por generación espontánea sino porque hay una toma de decisiones que responden a un plan.

Nada más llegar, Cockerill se reunió de forma privada, uno a uno, con cada uno de sus nuevos jugadores. Activó el compromiso y la responsabilidad individual en el marco del colectivo. Y apuntaló mejoras en todos los ámbitos de la dirección. Curiosamente, el seven escocés ha tenido mucho que ver, una línea interesante que revelan las incorporaciones a su equipo de Cockerill: Nick Lumley, preparador físico de la selección de siete. El propio entrenador de esa variedad, Calum McRae, para la defensa; un veterano de Edimburgo que también jugó a siete para preparar la delantera, Roddy Grant; y Simon Hardy, un especialista en el lanzamiento de touche para mejorar el talón de Aquiles de McInally.

Nada más llegar a Edimburgo tras su pasajera estancia en Toulon, Cockerill se reunió uno a uno con sus jugadores y activó dos factores intangibles que se aprecian en la forma de jugar del equipo: el compromiso y la responsabilidad individuales, dentro del marco del colectivo

Y con eso y el trabajo, ahora la lánguida Edimburgo parece un destino apetecible para jugadores como Juan Pablo Socino (Falcons), los internacionales Matt Scott o John Barclay; el prometedor kiwi Simon Hickie (Bordeaux); o jugadores que completan un interesante fondo de armario : el tercera fiyiano Nayalo, el gigantesco pilar sudafricano Pierre Schoeman o Luke Hamilton, tercera pegamento que Cockerill ya conocía de Leicester Tigers. Añádanse los chicos promocionados desde la academy (ojo con Darcy Graham) y la suma de las partes empieza a corresponderse con la apariencia del todo.

La victoria en el partido del pasado 22 de diciembre frente a Glasgow fue inapelable. En la línea de solvencia que habíamos visto a Edimburgo en Champions en su doble triunfo ante Newcastle o los 40 puntos que le endosó a Toulon (sólo perdió en Montpellier por 21-15). Tuvo mucho que ver con el control del ritmo de partido tanto como con los groseros fallos de Adam Hastings: dos intercepciones de Duhan van der Merwe rompieron cualquier hipotética igualdad. Un efecto achacable desde luego a la fiereza de la presión local, que impidió el juego plano de Hastings y lo obligó a probar saltos parabólicos que a menudo acechaban los centros y alas de Cockerill. Glasgow nunca acabó de entrar en el partido.

Puede que a Edimburgo, como al rugby escocés en general, le baste con ganar estas graciosas batallitas tradicionales, como la Copa 1872, pero es improbable que algo así vaya a satisfacer a su entrenador. Si algo ha definido siempre a Richard Cockerill es que no le han bastado las escaramuzas y ha aceptado todos los retos, hasta los folklóricos. Dirige equipos como si mandara un ejército. Y su ambición, razonable o no, siempre fue vencer en las guerras.