En estos momentos, el mundo se divide entre quienes ven a los All Blacks en crisis galopante e incapaces de recuperarse a tiempo para ganar su tercera Copa del Mundo consecutiva y los que creen que solo están disimulando, haciendo pruebas, camino del pico de forma en el momento justo. Este Rugby Championship es una mentira perfectamente organizada. Y si Steve Hansen tiene que estar preocupado, imagínate cómo tendrán que estar el resto.

O no.

En el terreno de las hipótesis, e incluso en el de los análisis, todo argumento encuentra una refutación. A la mayor derrota jamás sufrida contra Australia se contrapone la tarjeta roja a Scott Barrett y la diferencia brutal que a este nivel supone jugar con uno menos. A la tendencia en perspectiva del último año y medio (derrota-victoria-empate contra Sudáfrica, derrota frente a Irlanda, victoria justa frente a Inglaterra, triunfo poco convincente contra los Pumas, entre otros marcadores), se la compensa con la construcción progresiva de un equipo y las pruebas de Hansen, que buscan no solo resolver problemas sino, algo diferencial, anticiparlos; al título perdido del Rugby Championship en 2019, el Rugby Championship perdido en 2015… y la Copa del Mundo levantada apenas dos meses después.

En realidad, nada de esto es verdad ni es mentira… por un sencillo motivo: no lo circunscribimos al momento preciso, sino que lo proyectamos al futuro. Es decir, a Japón. De indicios de hoy, ciertos o aparentes, queremos extraer las verdades de mañana, lo cual es naturalmente imposible salvo que uno crea en la adivinación. Porque lo que estamos haciendo es exactamente eso: jugar a las profecías. Leer los posos del café y traducir lo que nos dicen a verdades absolutas.

En realidad, este juego es legítimo. Lo es desde el punto de vista del aficionado y desde el punto de vista, desde luego, del periodismo. Que sea legítimo quiere decir solo eso: que es legítimo. Aún más con el mejor equipo del mundo, con el equipo que ha sostenido el relato más fiable -el único fiable, en verdad- de un rugby mundial que a lo largo de cuatro años fluctúa con la misma voluptuosidad de los mercados.

Los All Blacks han sostenido el relato más fiable -el único fiable, en verdad- de un rugby mundial que fluctúa de forma voluptuosa… pero eso no los hace infalibles: hemos somatizado su superioridad y olvidado que, incluso para ellos, la derrota siempre es una variable en la ecuación

Pensemos en la cuasi renuncia de Rassie Erasmus antes del partido del año pasado en Wellington; en la dramática serie de amores y desamores de Inglaterra con Eddie Jones; en el tobogán por el que se desliza Michael Cheika, tocado con una nariz de payaso, mientras le disparan de todos los lados; en esa lámpara de lava emocional en la que flota el rugby argentino en estos tiempos de bifrontismo Jaguares / Pumas; pensemos en Irlanda, oh, la verde Irlanda. En fin… pensemos en que este domingo de agosto Gales es el primer equipo del mundo en el ranking. O tal vez ya no lo sea. ¿Qué hora es en Twickenham? ¿Eran 14 partidos seguidos ganando o cuántos eran?

Y qué más da, en realidad.

Todo es tan fugaz que nos confunde. Es el deseo, o el temor, lo que lleva a buscar el botón del pánico en cuanto las apetencias quedan insatisfechas o, milagro, parecen a punto de verse satisfechas. Problemas de ricos, como los de Steve Hansen, que los demás hemos somatizado: los All Blacks han sido (son) tan fiables en su superioridad que parecemos haber olvidado que, para ellos como para cualquiera, perder entra siempre dentro de la ecuación. Frente a los Springboks o los australianos, sobre todo. Pero no solo.

Así que el blanco es blanco y el negro es negro. ¿Hay una tercera vía? Sí, la inmensa gama de grises de lo que no es definitivo hasta que no es definitivo: y en este caso, definitivo significa Japón.

Hansen fue rotundo en su rueda de prensa: hay problemas que solucionar, pero no pánico.

En cualquier equipo hay dudas y un entrenador es, por antonomasia, el rey de las dudas, de los cuestionamientos y de la resolución de problemas concretos, manifiestos y/o potenciales. Propios y ajenos. Endógenos o inducidos. Eso, sin embargo, no los convierte en infalibles, porque toman decisiones. Todo el tiempo. Steve Hansen ha sido (es) un entrenador con un tanto por cierto de éxito delirante, extraordinario incluso en el contexto de excelencia histórica en el que opera. Eso, sin embargo, no lo convierte en infalible, porque toma decisiones. Todo el tiempo.

Los técnicos, en cualquier deporte profesional (en cualquier deporte, en general) arrastran también sesgos, confianzas más o menos subjetivas, teorías acertadas e inadecuadas, juicios repletos de vectores y más datos y evidencias directas de las que cualquiera de nosotros reuniríamos solo mirando millones de partidos. Hablar de las dudas de Hansen es tanto como jugar a ser Dios.

¿Tienen cosas de las que preocuparse los All Blacks? Desde luego están lejos de su mejor momento, pero esa no es la cuestión ahora. Hansen ha admitido algunos públicamente: la disciplina, los errores en el placaje, la estructura de juego, el estado físico/timing en el regreso de Retallick y Ryan Crotty. Y la decisión disciplinaria sobre Scott Barrett. Lo resumió con brillantez: “Ahora mismo tenemos como cinco balones en el aire”.

Retallick, Crotty, Goodhue, la sanción de Scott Barrett… “Ahora mismo tenemos como cinco balones en el aire: habrá que ver cómo aterrizan y entonces tener un plan A, un plan B, un plan C y un plan D” – Steve Hansen

Además, entre todos le hemos definido otros. Uno piensa hace días que Kieran Read ya no es el 8 ofensivo que fue para los All Blacks y que tiene mucho sentido la alternativa de situarlo en el 6 en las melés ofensivas: así pueden usar la pujanza física de Ardie Savea y la rotundidad de su contacto para ganar avances y alternativas posteriores de juego desde la cola de la formación

Hay otros asuntos. Hansen repartió a todas las franquicias neozelandesas durante este Super Rugby una directiva que instaba a que los primeras líneas se orientasen hacia la movilidad y el dinamismo en el juego abierto. Una característica que teme de los equipos del hemisferio norte. Al menos de los que no son Francia, suponemos. Ese pivotaje estratégico chocaba con la maravillosa evolución de los All Blacks en las melés en este último año y algo, cuando sus cinco de delante compusieron un grupo imponente, y dominador, en las estáticas.

El ídolo de los menesterosos, Karl Tu’inukuafe, fue relevado de su improbable cuento de hadas precisamente por ese motivo. Al menos como razón primera. Pero el argumento no vale, por ejemplo, para Owen Franks, un coloso en la melé, no precisamente un pilar dinámico en juego abierto. ¿Ha debilitado Hansen su primera línea? Sería vanidoso suponer algo así, pero… ahí queda la duda.

 

Scott Barrett, expulsado por su carga con el hombro a Hooper.

Si hablamos de sesgos, retomando el argumento anterior, el más reconocible de Hansen es su preferencia por Sonny Bill Williams, un hombre que ha jugado poco y nada al rugby en los últimos tiempos pero al que el técnico convierte en un paracaidista en cuanto se acerca la competición. El contra argumento con Sonny Bill tiene mucho peso: en el rugby de hoy, la fase de juego en la que mejores superioridades se pueden crear es la salida de la touche, porque solo ahí tienes a todos tus jugadores disponibles, de pie, y a la defensa alejada los metros suficientes para poder jugar con tiempo la pelota. La tendencia general es preferir como primer receptor a un centro que percuta a la espalda del alineamiento y en la descarga genere superioridades realimentadas después con las combinaciones apertura/segundo centro/alas/segundas y terceras haciendo de enlaces.

La cuestión es: ¿Sonny Bill genera hoy día esas superioridades? ¿O lo haría mejor Laumape, esa bola de cañón? ¿Cuánto vale la sutileza de Ryan Crotty o del jugador más delicado del medio campo All Black, el infravalorado Anton Lienert-Brown?

Si hay un problema de ricos es el de los centros: Sonny Bill, Ryan Crotty, Ngani Laumape, Jack Goodhue, Anton Lienert-Brown. Añadamos el comodín de Jordie Barrett. ¿Estamos de broma? Es verdad que, entre unos factores y otros, aún no sabemos quiénes serán los elegidos y/o los titulares. Pero traducir esa indefinición por dudas supone una ingenuidad. Puede ser que Hansen no lo tenga todo claro, pero los que seguro que no lo tienen claro son los entrenadores de sus rivales. Visto así, no parece mala idea.

Todos los técnicos tienen sesgos, preferencias subjetivas y decisiones equivocadas. El sesgo más claro de Hansen es su empeño en convertir a Sonny Bill Williams en un paracaidista, después de haber jugado poco y nada al rugby en los últimos tiempos

Por lo demás: ¿Uno o dos aperturas? Hablemos de Richie Mo’unga. Sin duda, se ha ganado discutir por el puesto de 10 pero… ¿es el Super Rugby lo mismo que una Copa del Mundo con los All Blacks? ¿Tiene ese salto Mo’unga? Y más: ¿Merece la pena mover a Ben Smith al 14? ¿Hay un zaguero más fiable, ya no en los All Blacks, en el mundo entero? ¿Se puede desechar a un finalizador serial como Sevu Reece en este momento de esplendor? ¿Ha caído Rieko Ioane en un valle de forma en el peor momento posible? ¿Quién es, en realidad, Jordie Barrett a día de hoy?

Uno cree que es el mejor jugador del mundo que viene. Pero tiene 22 años. Y ese mundo aún no ha llegado. Ni Jordie ha llegado aún a ese mundo.

Ninguno de nosotros somos Steve Hansen. Una obviedad. Él está mucho más cerca de esas respuestas y de otras preguntas que los demás ni nos hacemos. Y, sobre todo, tiene el tiempo, los recursos, los jugadores y el conocimiento para hacer algo que nadie más puede hacer: modelar la realidad. Esa que el resto proyectamos a partir de indicios y opiniones.

Acabemos mirando a los balones en el aire: “Habrá que ver cómo caen. Y entonces tener un plan A, un plan B, un plan C y un plan D”.

Como le leímos a alguien…

Lo peor de todo esto es que quedan 40 días para la Copa del Mundo.

Lo mejor de todo esto es que quedan 40 días para la Copa del Mundo.