En la barra del bar de toda la vida, en esa otra virtual y de limitados caracteres gráficos o en la mesa de madera del local testigo de tantos terceros tiempos se apuntan, muchas veces,  escenas costumbristas. Discútese con acaloramiento sobre la enésima debacle francesa. Se postulan teorías sobre la causa de su decadencia y se imaginan soluciones. Se analiza a Inglaterra y se denuesta al australiano que la lleva en zigzag por la senda del desconcierto, mientras se maldice la teoría de psicoanálisis que los avisados dicen aplica a sus métodos de gestión de jugadores. Se encumbra a Irlanda, potencial campeona del universo mundo y su imperio dura apenas una jornada. Se ningunea a País de Gales y se alza con el Torneo de torneos, con uso profuso del secante predicado por un inglés tránsfuga entre un código y otro. Se toma por axioma el dominio babilónico de la tropa de luto, que predica su credo y lo extiende con celo misional por Septentrión. Se abunda en la duda que World Rugby siembra con sus vaivenes normativos y sus luchas intestinas por la porción del mercado que cada cual ansía. Se engolan las primas donas y se confabulan los segundones, poco y cuando la injusticia es manifiesta.

¿Y el juego? ¿Qué juego trae toda esa faramalla, esa cacofonía? Está por verse, pero existe riesgo cierto de disolución de las diferencias, de las notas peculiares, concertados todos en la imitación del muro de Adriano que para el rugby pergeñó Shaun Edwards, el que sirve, y no sabemos por cuanto tiempo, a País de Gales. Como en todo ecosistema en que prevalece la ley darwiniana la morfología del jugador se unifica. ¿Sucederá con el juego? ¿Ocurrirá a poco tardar que se difuminen las notas distintivas de cada nación, de cada club? No lo creo, porque la naturaleza es amiga de la dialéctica y encuentra síntesis renovadoras (lo que afirmo con reticencia y sin ahondar en la refutación de Stirner).

Hubo tres, quizá cuatro estilos de juego: el rugby francés buscaba los huecos; para los ingleses primaban el deber y los agrupamientos; el tamaño y el castigo físico eran la seña sudafricana; y el rugby total, el credo de los ‘all backs’ neozelandeses

Conviene, por eso, recordar los fundamentos. De dónde venimos. Hubo tres, quizá cuatro, estilos de juego. Los franceses veían los huecos y los aprovechaban: “si se trata de llevar el balón a la zona de marca”, se decían, “vayamos por donde no hay nadie”. He ahí la fe lógica que profesaron durante tantos años los franceses.  De ahí el rugby champagne, alegre, eléctrico, casi zumbón, de los Boniface, en el que la melé (“¡abierta!”) era un accidente y que no hay que confundir con el despliegue feliz, despreocupado y punto temerario de Blanco, Charvet o Codorniu. Aquel nació de la necesidad, de la inferioridad (tesis) que lleva a la chispa del Midi (antítesis) y culmina con la Francia de Lucien Mias en 1959 (síntesis). Luego los Estève, Cholley o Palmié son el gigantismo Cretácito que estalla en un apoteosis final con el genio de Lafond, Lagisquet y el otro Estève, el expreso de Narbona, antes del impacto del meteorito profesional que tiene al Hexágono cubierto de cenizas. Hexágono que aún vio a Lamaison o Venditti antes de que se posaran sobre su superficie.

Hay más rugby en Francia, es verdad. Rugby esencial, quizás, semejante pero distinto de ese que llaman en Occitania rugby terroir, telúrico, ctónico, y por tanto menos lúdico y más vital de lo que barruntan los no iniciados. En aquel rugby esencial abundan las charangas, sin demérito de su significado. Lo que en el Stade de France parece pastiche (no digamos su remedo en otros estadios de habla no romance) allí es sustancia. Incluso “Paquito el Chocolatero”, lo que supone decir bastante. Queda alegría en el sur, queda vida que, de tanto en tanto, incluso algún TOP14 (la rojinegra Tolosa) nos regala. Hay esperanza entre el Dordoña y el Adur, por el oeste y hasta la desembocadura del Ródano, en el este. La reserva saludable del rugby de Francia, con algún aditamento de outre-mer.

Para el inglés, sin embargo, primaba el deber. No en vano lo suyo era deliberada enseñanza de los rigores que exigía el mantenimiento del Imperio. Pasos afganos en invierno y llanuras africanas en verano. Por eso se daban concienzudamente a los agrupamientos: scrum o maul al modo de formaciones de combate en campo abierto. Atravesar las líneas sobre el punto de choque imaginado o contener las cargas del enemigo. Todo ideado y repensado durante la semana previa al partido. Acaso el modo céltico sea una variante adaptada a la caballería ligera, dragones y lanceros empeñados en rucks de desarrollo veloz y demoledor. Así tréboles, cardos y las plumas de avestruz del Príncipe Negro que tanto brillaron con otro príncipe, de sangre roja solamente y de apellido John. Incluso la de los argentinos es una derivada porteña del estilo anglicano, adictos al desarrollo local de esas armas para pasmo del universo oval y que con su bajadita llegaron a hacer retroceder (Ferrocarril Oeste, 1985) a la Marea Negra.

En otros lares admirábamos -deportivamente- al bóer. Esqueje sólido y severo injertado por la Sudáfrica del Partido Nacional en el tronco anglosajón, salpimentado de algún coloured aquí y allá como colofón inevitable (Wilfred Cupido, Errol Tobias, el mismo Chester Williams). Desde la atalaya de su tamaño, curtidos los Bokke en los horizontes infinitos de la hierba del veldt, pasto para bueyes objeto de hecatombes para terceros tiempos a la altura de los Moolman, Oosthuizen, Bekker o Wiese del momento, el delantero sudafricano contemplaba con desdén y sorpresa a hombres más pequeños, sabedores del castigo físico que les iban a propinar.

¿Y el juego? ¿Qué sucederá con el juego? ¿Ocurrirá a poco tardar que se difuminen las notas distintivas de cada nación, de cada club? No lo creemos, porque la naturaleza es amiga de la dialéctica y encuentra síntesis renovadoras

Y, claro, el estilo, y hacen cuatro, de los moradores, pakehas o nativos, de la tierra de la Nube Blanca. El rugby total (all backs, All Blacks) que nos admiraba porque la nomenclatura dorsal del jugador solo definía su juego en las fases estáticas de conquista. Más allá Billy Bush, John Asworth, Steve McDowell o John Drake, con su uno o su tres a la espalda, podían ser centros en la cuarta fase de juego (cuando en la isla matriz ver tres era motivo de titulares en The Guardian). Por lo mismo Joe Stanley, camionero que lucía en su zamarra el número de Judas, conquistaba balones con solvencia en rucks que algunos terceras metropolitanos evitaban.

Hace veinticuatro años, un 27 de agosto, conducía por una carretera entre Pau y Oloron Saint Marie. La Copa del Mundo de Pienaar y Mandela era historia reciente y en la radio francesa se hablaba de rugby. Un locutor profirió palabras que ineludiblemente iban a transformarlo todo, casi 100 años exactos después del cisma de Huddersfield. Sin acritud. Por la propia naturaleza de los hechos, porque la New South Wales Rugby Union se había adelantado para proteger a sus jugadores de las jugosas ofertas de los centenarios treceístas. Ya nunca habría un Mike Gibson o un Hugo Porta o un Mervyn the Swerve Davies o un Reginald William David Marques o un Ray Prosser, ni un Gordon the Broom of Troon Brown o un Colin Pinetree Meads que empeñaran su tiempo de ocio en la brega por el rectángulo cuyo invento atribuimos, con la contumacia del bardo mentiroso, al pastor Ellis.

Me detuve, y marqué con mi rudimentario móvil (incipiente esclavitud) el número de nuestro medio de melé, sagaz y orondo capitán de los míos. Cuando le anuncié lo que había escuchado casi pronunciamos al mismo tiempo una frase lugar común entre los nuestros: “el siglo XIX ha muerto”. Así fue. Vivió de más en nuestro mundo, asediado por todas partes. Por la ambición y la codicia, y también por la necesidad. Por las circunstancias, pues sólo así cabe explicar el boot-money de los vestuarios de Pontypridd, los sobres de Newport, la profusión de funcionarios municipales dedicados al oval en Mont de Marsan o Dax, los millones de Campese, las compensaciones jugosas a árbitros y jugadores en la SARB de Danie Craven o las giras piratas de leve castigo de los Cavaliers.

Y desde luego sobreviviendo aún diez o doce años (al menos desde 1983) al asedio concertado por los magnates de las promoción y los medios australes, que anticipaban ya beneficios a cuenta de derechos televisivos y que amenazaban a la vetusta International Rugby Football Board con revelar los nombres de los internacionales presuntamente seducidos por la herejía, que se reunían en secretos conciliábulos para firmar precontratos delirantes. Trasunto todo ello de la rendición de escoceses e ingleses a la ofensiva australiana y neozelandesa para combatir a aquellos con el invento de la Copa del Mundo, aprobada con reticencias entre humo de cigarrillos y copas de Pernod por los alickadoos del momento en la parisina sede de la Société National de Chemins de Fer (vean el venidero #H003 para este particular).

Dicen que los argentinos (aún sin voto, que en aquella época solo tenían las naciones británicas, sus antiguos Dominios y el Hexágono) juraron mantenerse puros, y a fe que lo cumplieron mientras pudieron. Ni un momento más porque, como a todos, la lógica apabullante de los hechos (la expectación, los grandes torneos, la publicidad, la televisión) les llevó al único camino, al de la lógica empresarial trasladada al espacio entre palos y palos, esa que no entiende de fidelidad al club de tus primeros placajes o donde -inadaptado- una pandilla de ruidosos y joviales camaradas te acogieron sin importarles ni mucho ni poco tu desempeño con las matemáticas o la geografía, y casi ni tus habilidades en el campo, que para ello, para todo eso, ya había más de un buen educador-entrenador de tales categorías.

Lógica aquella (aquí la mueca irónica de un par de escépticos) de un rugby distinto, pues hubo un tiempo en que el jugador era la medida del rugby y el rugby era para él, no para el público ni las televisiones o las compañías que explotan los torneos, indiferentes a la uniformidad, al gigantismo, a la transformación de un juego que ya es otro, pero que refrendamos todos, mea culpa, cuando nos adherimos a las audiencias o nos acomodamos en las gradas previo pago del precio de la entrada. Acaso algunos buscamos redención predicando en el club de origen aquello que fue o recordándolo por escrito para solaz de unos y sorpresa de otros.

Una lógica fatal y aplastante ha postergado para siempre el dimorfismo entre alas y segundas o centros y primeras y convertido el juego en una sucesión de acontecimientos mecánicos y previsibles

Y es que en nuestro caso, constantes las abismales diferencias que se querían corregir (¿hay quién ignore el idéntico e imprescriptible resultado de un Rumanía v All Blacks?) la profesionalización  tiende a acabar con aquello que de joie de vivre tenía esto, entiéndase en sentido amplio: disfrutar y crear, ser cada cual en el juego quien es, adaptado al engranaje preciso y complejo que conforman 15 tipos y el banquillo, los técnicos y el utilero, cada uno de su padre y de su madre. A mí me parecía gratificante pensar que, tras un partido del V Naciones que habíamos elogiado por su calidad, el comportamiento del ingeniero agrícola David Sole, del inspector Paul Ackford o del tornero Bobby Windsor iba a ser, corbata de lazo aparte, muy parecido al del tipo que abrazas en la melé del segundo equipo de tu club. Ya no. Con lógica fatal y aplastante: la misma que ha postergado para siempre el dimorfismo entre alas y segundas o centros y primeras, ha convertido el juego en una sucesión de acontecimientos mecánicos y previsibles que distan mucho, reconociendo, sí, la mejora técnica en la ejecución de todo lance del juego, de aquello que algunos recordamos.

Naturalmente hay excepciones (aquel Springboks v All Blacks de 2014), por eso no cejamos y nos mantenemos en la fe del usurpador Ellis, tolerantes, pero críticos con las desviaciones que sufre el código viejo y no escrito (la lealtad, la contención en la celebración, el ejemplo para los más jóvenes, la frase de ánimo oportuna y el respeto por el rival) para que nada de ello se pierda y el rugby a ras de suelo sea como fue y la variante profesional no derive por la senda circense del código esférico y no tengamos que decir, más nostálgicos y resignados aún, como el falstaffiano Maese Shallow: “¡Las cosas que hemos visto!”.