Ha movido a escándalo, estos últimos días, el presunto trato desdeñoso a los All Blacks durante el desarrollo de uno de sus sellos de marca: la haka. Por dos veces he contemplado en directo a un público enfervorecido frente a la misma. Rebeldes contra la costumbre, que se va perdiendo, del silencio en los estadios cuando el código de buenas maneras lo requería. Fue en Murrayfield el pasado año y ha sido el día 10 de noviembre de este 2018 en Twickenham. Poco antes el público sudafricano había procedido con peor talante en el torneo austral, pues escoceses e ingleses se limitaron, con pleno derecho, mantengo, a cantar sus cosas: Flower of Scotland los primeros, Swing low, Sweet Chariot los segundos. Los africanos prefirieron la cacofonía.

Ni en Edimburgo, en 2017, ni el pasado sábado en el “campo de las coles” pude escuchar ni una sola sílaba de la haka neozelandesa. Ni una, tal el entusiasmo del público adversario con sus himnos. Sin acritud, que no vi por ningún lado. Más bien con ánimo –infructuoso a lo que parece- de enardecer a los suyos, habitualmente inmóviles ante la representación folclórica maorí. Inmovilidad que presenta matices de toda índole, conforme a cada nación, capitán o incluso cada jugador rival. Rabia contenida. Ira manifiesta. Desdén nervioso. Aburrimiento soberano. Fastidio palmario. De todo hay. Sin ir muy lejos los brasileños que se enfrentaron al XV Maorí ese mismo día parecían al borde de la apoplejía. Sería la novedad y su intención de dejar claro a los 34.000 espectadores presentes (¿potencia en ciernes?) que fluía adrenalina suficiente como para no dejarse avasallar.

Ni en Edimburgo, en 2017, ni el sábado en Twickenham se escuchó una sola sílaba de la ‘haka’… tal el entusiasmo del público con sus himnos

Los franceses han intentado en ocasiones alguna contramedida, sin mucho énfasis, no en vano son pueblo viejo e ilustrado y ya se creen pocas cosas. Dudan incluso del fervor negro por su danza. Como yo. Richard Cockerill, un hoy conocido entrenador y casi tan lenguaraz como su antecesor Brian Moore, puso algo de sal a otro Inglaterra v All Blacks peleado en Old Trafford, en Manchester y en 1997, cuando se encaró con su contrapar, el talonador de Hawke’s Bay, Southlands y Hurricanes Norm Hewitt, un tipo de cuidado.

Sin embargo, la reacción más recordada es la del equipo irlandés de 1989, capitaneado por Willie Anderson frente a los All Blacks de Wayne Shelford, invictos en su gira por Canadá, Irlanda, País de Gales e Inglaterra. Anderson, el segunda línea de Sixmilecross que disfrutara de tres meses de hospitalidad carcelaria de la Junta Militar argentina del general Leopoldo Fortunato Galtieri, en Buenos Aires, aventuró una reacción contundente, ceñuda e ineficaz cuando decidió que los suyos avanzaran hasta la posición del semicírculo danzante (que esa era a la sazón la formación ortodoxa). El resultado de 3 a 28 nos aclara que ni acompañados por el son de jigas y tamboriles los irlandeses hubieran tenido posibilidad alguna.

El irlandés Willie Anderson enfrenta la haka en duelo directo con Wayne Shelford, en 1989.

Fue precisamente Wayne Shelford quien, durante su capitanía, propuso acabar con la desmayada interpretación de sus compañeros y darle empaque a la ocasión. Comparen la haka de los muchachos de un Kirkpatrick en 1973 en Cardiff (aquel partido ante Barbarians, por citar uno en la memoria de todos), con la fiereza y contundencia del propio Buck Shelford en cualquiera de los suyos. Menor en cualquier caso que las verdaderas representaciones, entre el drama decimonónico y el teatro , con que nos regalan los sometidos a la disciplina de TJ Perenara en tal lid. Cuando se arrancan con el Kapa o Pango casi es necesario hacer un intermedio, así que los aficionados de cierta edad esperan que no incluyan ninguna versión nueva en su repertorio, acaso comprensiva de la historia del dominio de los mares por Tangaroa,  para que el primer acto del drama no tenga necesidad de dos escenas e interludio, muy necesario para aliviar la vejiga. No lo creo, pues el clímax de muecas y gestos precisa de un tempo in crescendo y es sabido que al molto furioso siempre sigue un lento maestoso, poco adecuado al cariz del fenómeno.

Por mi parte nunca he creído que esa concesión graciosa que hacen las federaciones rivales, y por ende los equipos que sufren la haka sobre el terreno de juego, sea esencial para el resultado, como mantiene algún entusiasta que incluso avalúa el trance en 8 o 10 puntos de ventaja. No. Meads, Retallick, Spencer, Lomu, McCaw, Loe, Bunce, Stanley, Nepia o los Barrett y los Brooke fueron y son tan buenos jugadores con o sin folclore. Ganarán a todos casi siempre, como dice la estadística y mientras el depurado sistema de producción de excelencia siga a pleno rendimiento y en progresión. (Acaso ganaron algo menos a los franceses, sin motivo aparente más allá de cierta felicidad que les producía el juego a nuestros vecinos antes de inundar su liga de posibilismo y fichajes.)

TJ Perenara dirige Kapa O Pango, la otra danza de los All Blacks.

No sé que reacción observará el próximo sábado el público de Lansdowne Road en el Aviva Stadium. Allí suelen ser entusiastas con lo suyo y ecuánimes con lo ajeno. Pero no me extrañaría el contagio. Comprendo que las reacciones del respetable tienen que ver con el cariño por lo propio y el hartazgo, fruto de la impotencia, con la larga época de dominio All Black que comenzó en 2011. Por aquel entonces nos adentrábamos en el tercer lustro de profesionalismo y los aficionados concurrentes a los estadios se habían mantenido exquisitamente neutrales, cuando no admirados o sobrecogidos ante el despliegue de entusiasmo y tradición nativa de los jugadores de las islas de la gran nube blanca.

El hastío no tiene que ver con la presunta degradación de los modales, sino más bien con las derrotas y su reiteración: lo que fue espectáculo excepcional ha perdido ahora su encanto

Así que parece que ese hastío no tiene que ver con la presunta degradación de los modales de la mayoría, sino más bien con las derrotas de los colores amados y con la reiteración. Nuestro acervo popular mantiene que lo poco gusta y lo mucho cansa. Muchas derrotas. Mucha haka. Y lo que fue espectáculo excepcional y poco visto pierde su encanto, su halo mágico. El público soberano, que reclama participación directa y presencia continua en las cosas públicas, ha decidido manifestarse desde las gradas. Sea.

Si una consolidada y arbitraria tradición (aprecien el oxímoron) mantiene en la inmovilidad al XV de sus amores, que cante el público a pleno pulmón sus tonadas, sus himnos, su góspel, lo que quiera. Siempre a favor, empero, nunca en contra. Lo prefiero así. No quiero imaginar un trato de igualdad estricto y a los irlandeses desplegados para danzar a los sones de la Antrim Reel o a los franceses desmelenados en un enloquecido can-can.