Jean Pierre Rives ya era uno de esos filósofos diletantes que acoge el deporte francés mucho antes de que las embarcaciones de pesca de Eric Cantona hubieran avistado siquiera a su primera gaviota.

Hubo un tiempo en que este hombre paseaba su tranco por los campos de rugby del mundo, por lo general con su camiseta empapada de sangre y esa melena rubia que lo hacía parecer un guerrero vikingo dispuesto para la batalla.

Hoy día, su cabello todavía es rubio. El rostro y la cintura se han redondeado un tanto, pero aún sigue siendo igual de reconocible que siempre: Jean Pierre Rives, uno de los jugadores más legendarios del rugby francés.

Ahora trabaja en una nave abandonada por una compañía ferroviaria, al norte de París: ahí es donde ha establecido su taller creativo el pintor y escultor Jean Pierre Rives.

Sus obras se han expuesto en París, Toulouse, Los Ángeles y Singapur, entre otras ciudades. “Mi mayor éxito consiste en que dedicarme a esto me hace feliz, así que mi única ambición es seguir haciéndolo”. El que fuera tercera línea francés se pone enfático para subrayar que el rugby y el arte son una misma cosa. Y habla del concepto espiritual de equipo, la gloria, el arrojo, el sacrificio que la ética colectiva te inspira, y que te empuja a cumplir.

Nacido en Toulouse la noche de fin de año de 1952, Rives ganó su primera cap contra Inglaterra, en Twickenham, el 1 de febrero de 1975. Born in Toulouse on New Year’s Eve 1952, he won his first cap against England, at Twickenham, on 1 February 1975.

Su 1,78 de altura y los 85 kilos que pesa lo hacían casi diminuto en comparación con otros flankers de su tiempo, pero Rives poseía una energía y un compromiso que compensaban cualquier desventaja anatómica.

Llegó a acumular 59 internacionalidades y fue capitán de Francia un total de 34 veces, lo que supone un récord. Su última aparición con la camiseta bleu tuvo lugar en Murrayfield, el 17 de marzo de 1984, en un partido en el que Escocia derrotó a Francia por 21-12.

Hoy día es raro encontrar a Rives en un partido de rugby. Por lo que parece, su vida de jugador no le genera ninguna nostalgia. Y tampoco se recrea en la colección de títulos y recuerdos que su magnífica carrera le permitió acumular.

“Dado que no soy un cazador africano, no voy a la caza de trofeos… y no quiero que mi casa parezca un museo del rugby; así que regalo la mayoría de mis camisetas y recuerdos de ese tipo a amigos míos. A ellos les hace felices, de eso estoy seguro… Al menos más felices de lo que me hace a mí”.

Para finalizar, una pequeña muestra de la profética sabiduría de Rives. En esta ocasión, dirigida a los musculosos jugadores del Hemisferio Sur que se encontró en los campos en su época como jugador… y que en el rugby de hoy adquiere una resonancia global: “Me pregunto si tener músculos hasta en las mejillas es una buena idea para jugar al rugby: ¿Cómo puedes pasar la pelota si ni siquiera eres capaz de sonreír?”.