Hacía calor en Londres el pasado sábado. Un sol mediterráneo iluminaba el sur de Inglaterra y agobiaba a los 82.000 aficionados que acudían, impertérritos, a Twickenham. Los trenes de la South Western y las líneas especiales de autobuses de doble piso descargaban, como si de febrero se tratara, centenares de ellos en cada trayecto, para alborozo de The Albany, The Cabbage Patch y demás locales proveedores de cerveza circundantes. O de los puestos de comida que se suceden sin solución de continuidad hasta los aledaños del estadio, donde los que se encuentran en su perímetro gozan ya del visado de la legalidad. Lo mismo que la mercadoctecnia, esta vez en fechas tan inadecuadas para adquirir la tradicional bufanda con los colores de ambos contendientes.

Ferragosto, casi, richmondiano. Sin casi para los del tendido de sol. A las tres de la tarde aquello recordaba a un coso ibérico en estival fiesta mayor. Por contra, qué luz. Nunca había visto Twickers con la misma viveza de colores que el Olímpico de Roma cuando se exhibe en su cuota parte sextinacional. Con tales mimbres se encontró el equipo desplazado al evento por nuestra revista. A pie de campo @rutgerblume y @superveraman (L4, fila 4 o 5) y en la tribuna de prensa escrita el tercero en discordia que les narra la ocasión.

Nada podía escapar a nuestro mirada crítica: perfecta panorámica desde el East Stand uno y cerca de los banquillos los otros. Y con Irlanda fungiendo de favorita y un ojo puesto en ese evanescente ranking al que los galeses se encaramaron por arte de combinaciones un tanto distópicas. Los favoritos, es sabido, recibieron de todo. El 57 a 15 es suficientemente explícito. Tal resultado no merece, Uds. tampoco lo esperan, una glosa cronológica de la debacle verde. Les aburriría. Se resume en un  “pim, pam, pum” de dirección única: de la rosa al trébol.

El partido no fue bueno. No podía serlo. Tras la exhibición del habitual músculo simbólico (“Land of Hope and Glory”, grupo de percusión para exacerbamiento general de las masas y los estomagantes gorgoritos de la soprano de turno destrozando la otrora emocionante ceremonia de los himnos) comenzó el encuentro.  El retorno a la combinación Ford-Farrell ya marcó desde el principio el camino. Más si cerca del espigado 12 está el compacto samoano Tuilagi. Que a este le siga el fijiano Cokanasiga ya es revelador de lo que discurre por las sinapsis de Eddie Jones. A las decisiones deliberadas del camaleónico entrenador (lo de Marler es hacer de la necesidad virtud, aunque el sábado se creciera y lo hiciera pasar tan mal a Furlong) se unió el más extraordinario despropósito de los irlandeses. Una melé en la que faltó el trabajo inicial de Toner (suplente) y la consistencia de Healy, la intuición de Stander y que quedó a medio rendimiento en las calderas con la apatía de Kleyn y la flojera insólita de Henderson, que solamente tuvo un destello previo al ensayo de Larmour.

Añadamos un lateral digno de escopeta de feria. Nunca habíamos visto a Best lanzar tan extraviadamente, ni a sus saltadores tan desconcertados. Y la disposición de sus tres cuartos: alejados siempre del teórico punto de contacto no pudieron ganar la línea de ventaja casi nunca (el ensayo vino por la consecución de un afortunado contraataque), ni anticiparse a las acciones inglesas, descoordinados inexplicablemente Ringrose y Aki.

Best lanzó de manera errática y sus saltadores parecían desconcertados. Además, los tres cuartos irlandeses siempre estuvieron alejados del punto de contacto y nunca pudieron ganar la línea de ventaja ni anticiparse a la iniciativa inglesa

Creo que el celta del Pacífico Sur estuvo más pendiente de reaccionar a las cosas de Tuilagi que de atenerse al plan de juego y ese atisbo de iniciativa reactiva lo alejó de su compañero de posición y permitió al samoano lucimiento y alabanzas. Méritos, por tanto, pero en gran medida debidos al mal partido de Aki. El 13 inglés es un ariete, no un virtuoso cuyo juego represente el de un maestro que posee, toca y mima el instrumento como Ann Sophie Mutter, sino, más bien, como “Bonzo” Bonham el suyo. Oigan, muy respetable y no excluyente, pero significativo.

Así que tras esa efímera ventaja que propició Larmour con apenas 10 minutos en el cronómetro, los ingleses se dedicaron a aprovechar los errores del rival, jugar en su campo y percutir, percutir (digno Sinckler en el juego dinámico) y perforar y perforar. Tanto en defensa (hubo alguna carga remedo de placaje que en otro partido se hubiera juzgado de forma distinta, pero que no llamó la atención a Owens) como en ataque. De esa siembra cinco ensayos al menos: los de Cokanasiga (2), el de Tuilagi, el de Daly y el de Itoje y los demás casi  (Kruise, Curry y Cowan-Dickie). Nunca encontraron antídoto los irlandeses, pues su postrera marca (Aki) no fue más que anécdota.  Mal papel el de los otrora joviales aspirantes a campeones de la isla del dumping fiscal (perdón, eso es opinión para otro negociado, pero ahí queda, pues, como diría mi amigo Hercule-Savinien de Bergerac, “à la fin de l’envoi, je touche”).

Tuilagi celebra su ensayo con Tom Curry y Cokanasiga.

A todo esto, el ensayo de Itoje, ya minuto 45, el que suscribe lo vio desde la misma posición que sus conmilitones de revista, que llegado el medio tiempo la tribuna de la prensa escrita se despobló casi totalmente, derrotada por el astro sol. Allí solo quedaron Stephen Jones, el gurú de Rugby World y The Times y un par de colegas experimentados que, bien provistos de líquido elemento y crema Nivea, se conjuraron contra sus rayos como Gordon Pachá en Jartum cuando el Mahdi se creyó mejor que la reina Victoria. El general Gordon murió, pero se salvó Jartum, por si abrigaban dudas.

Ese cambio de ubicación (qué interesante peregrinación por el paralelo submundo del estadio) nos permitió departir sobre la procelosa y cambiante fortuna del rugby profesional (O Fortuna, velut luna, statu variabilis, decía con razón el goliardo) y los análisis precipitados y anejos al resultado de última hora. Nuestro pequeño sanedrín concluyó, humildemente, que el ranking de verdad quedará dilucidado a pocas semanas vista y que todo esto, aun relevante, no debe llamar a engaño. Francia (que perdía poco antes con Escocia en Edimburgo) puede acabar compitiendo bien, deshaciéndose de Argentina en su fase 1ª y eliminando a Australia en su cruce como segunda de grupo y por lo mismo los de Schmidt recomponerse (experiencia tienen) y plantar cara a cualquiera, como puede Jones hacer reventar de nuevo su matraz para experimentos de laboratorio.

Conjeturas, probabilidades para profesionales de la especulación o voluntaristas que tienen por candidato a laureles improbables a la selección de sus amores. Bien está, como atenerse a los fríos datos de la más abultada tunda que jamás haya recibido Irlanda ante los ingleses. A fuer de ser sinceros, yo tampoco creí que vería semejante esperpento en una jornada de verano tan lúdica como la que fue. Habrá más y de todo signo, pues, como también nos aclaraba el goliardo:

“(…)

semper crescis

aut decrescis

vita detestabilis

nunc obdurat

et tunc curat

ludo mentis aciem,

egestatem,

potestatem

dissolvit ut glaciem…”