En años como este, impar y final de cuatrienio, los habitantes del mundo mágico de Ellis nos damos al mito. Y a propagarlo. Años de experiencia avalan este aserto, que no es, probablemente, exclusivo de lo nuestro, aunque sí ese lapso temporal, único y propio por necesidad de recién llegado, que aún lo somos. No está mal. Nadie vende lo que lo no le gusta, o no lo hace bien. Pero hay que ser ecuánime. Conocer ese punto de alabanza que no deja de ser la demasía propia del creyente. Periódicamente nos concitamos para la apología y la complacencia y entre nuestros lugares comunes está el de los valores. Que los hay, claro. Que vienen del tronco común de eso que llamaron fair play los ingleses, padres del deporte moderno como lo conocemos (excedente de una sociedad ya más allá de la mera supervivencia). Y de ese concepto al desarrollo que en cada disciplina se quiera dar del mismo, con ventaja considerable, parece ser, en la nuestra. Al punto de que algún ajeno a nuestra fe nos acusa de pesados y empalagosos, de prepotentes y pedantes. De supremacistas, vaya, con término hoy tan manido.

Sostengo que el rugby no hace a la persona del jugador, aunque le aproveche sobradamente, si quiere. Que cada uno llega y juega como es y que, en todo caso, la norma –complicada y rigurosa- y, sobre todo, el cuidadoso educador, primero, y los entrenadores, después, lo arropan, lo conforman, lo modelan y con él construyen equipo y, por elevación, club. Por eso hay distintas formas de rugby, no ya por países, sino por regiones y clubes. Las culturas, diría el sociólogo que no soy. Que tire la primera piedra, empero, quien no ha contemplado tropelías varias a lo largo de su vida rugbística, ya como jugador, ya como espectador. Algunas merecedoras de reproche generalizado y otras sólo extramuros. Por eso, ante el teclado, negro sobre blanco, rebato de nuevo la hipótesis de la excepcionalidad. Sin que ello impida al lector encontrarme en un tercer tiempo defendiendo furiosamente lo contrario. Allí, sin embargo, manda el exultante contexto.

El rugby no hace a la persona del jugador: cada uno llega y juega como es y en todo caso la norma, y sobre todo el educador y los entrenadores, lo conforman, modelan y construyen con él equipo y, por elevación, club

Convertimos en categoría al abnegado McCaw que sobrevuela en helicóptero tierras  agrietadas y removidas y socorre a víctimas de la última sacudida sísmica de la Isla del Sur, pero olvidamos los oscuros negocios de Champ en el proceloso mundo de las contratas de armamento naval. Ambos fueron terceras líneas, ambos duros cual pedernal y asiduos visitantes de la frontera del fuera de juego. Forjados los dos en culturas rugbísticas señeras. Sin embargo, procesos mentales de arbitraria inducción nos hacen convertir al primero en categoría y sonreír ante las travesuras del segundo. Travesuras que entre palos y palos costaban tres puntos y una expulsión en el peor de los casos, y aquí fuera una estancia en prisión. Continuar por el camino de la lógica destruye nuestros falaces argumentos sobre la excelencia universal del jugador de rugby, portador de valores eternos y dueño de un lugar inmaculado bajo las estrellas.

La historia de Eric Champ no es única. Le acompañaron en su camino por el reverso tenebroso otros señalados internacionales: Marc Cécillon, Steve Pokere o Tony Neary. Excelentes jugadores todos ellos, fatalmente desterrados a las páginas de sucesos.

Champ, presidente a la sazón del Racing Club de Toulon, ingeniero especializado en asuntos militares, desarrolló una parte de su carrera en la industria naval de la defensa francesa, directamente primero y a través de proveedores después, en puestos de dirección y relevancia creciente, a la par que completó una agenda de contactos que le llevó a ser encausado y condenado en 2004 por malversación de fondos: doce meses de prisión, que no cumplió porque la subsiguiente apelación redujo la condena y suspendió el cumplimiento de la misma. Hoy sigue desarrollando una consolidada carrera de ejecutivo y se le tiene, en el Hexágono, por serio comentarista, pero hemos de pensar que un itinerario con 42 entorchados, la Grand Chelem de 1987, triunfos en el V Naciones de 1986, 1988 y 1989  y el subcampeonato del mundo de 1987 no fue atenuante para los jueces franceses.

No sé si imágenes indelebles en la retina de cualquier aficionado –sus enfrentamientos con Mickey Skinner, su dominio en la posición de tercer saltador en el lateral francés, sus demoledores placajes o su imponente presencia en los alrededores de cualquier “abierta” (nomenclatura de la época)- sirvieron a algún magistrado de la sala del tribunal marsellés que lo juzgó para tratarlo con benevolencia. No lo creo. Sus servicios fueron muchos y nadie podrá privarle de su calidad de grognard de la hueste de le Petit Caporal Fouroux, pero tampoco negar que los valores (presuntos) de dentro no los llevara fuera. O quizás sí, los suyos, los que se sostenían entonces en el anonimato de vestuarios, venturosamente inaccesibles para aficionados y prensa, para la consecución de objetivos limitados (“que sufra Jonathan Davies”) destinados a construir el definitivo: la victoria final.

Marc Cécillon: el delantero francés fue condenado por asesinato.

Marc Cécillon fue otro tercera línea francés. Alguien que digirió mal la retirada y acabó condenado a muchos años de prisión. Mató a su esposa durante el transcurso de una comida campestre, delante de innumerables testigos, en Saint Savin, cerca de Bourgoin. Un 10 de noviembre de 2006 –llevaba 10 años retirado del rugby de primer nivel- había bebido, como solía, más de la cuenta. Hacía ya unos años que estaba alcoholizado, parece que tras su salida, en 1995, de la selección del Gallo, aquella que debió haber llegado a la final africana desde el diluvio de Bloemfontein y que Derek Bevan se encargó de evitar. Mal antecedente para un ego que necesitaba alimentarse de éxitos ya fuera de su alcance.

Marco fue un utility forward que se desempeñó sobre todo como octavo en la melé, pero que servía igualmente en el lado cerrado o en la segunda línea. Fue cinco veces capitán de Francia y en Madrid le vimos desenvolverse en el Central en 1991, cuando éramos merecedores de la visita de una Francia A que nos brindaba a tipos como Jean-Michel Gonzalez, Hervé Chaffardon, Philippe Bennetton, Marc Pujolle, Abdel Benazzi, Philippe Sella, Jean-Luc Sadourny  o a Fabien Galthié. Palabras mayores.

Marc Cécillon mató a su esposa, ante innumerables testigos, durante una comida campestre: el fiscal pidió 14 años por homicidio pero el jurado elevó la pena a 20 años por asesinato, al considerar premeditado su etílico tránsito hasta su casa para hacerse con el Magnum 357 con el que disparó

El juicio no debió ofrecer ninguna dificultad probatoria. Es más, afirmo que el fiscal fue benévolo: pidió 14 años por homicidio, pero el jurado creyó, con buena lógica, que el etílico viaje del encausado a su domicilio, para proveerse del Magnum 357 que allí guardaba, constituía prueba de premeditación, aun entre los vapores del destilado consumido. Fue condenado a 20 años por asesinato. La sentencia de segunda instancia redujo la pena a 14 temporadas y en 2011, buena conducta y favorables declaraciones de sus hijas y víctimas colaterales mediante, le permitieron disfrutar de libertad condicional. Sin embargo, como quien no es consciente del reglamento y se obceca una y otra vez en la entrada por el lateral, tras haber retornado del sillón de los pecados por juego desleal, fue procesado al poco  por un delito de lesiones y conducción bajo los efectos del alcohol, tras una pelea en un viñedo cerca de Perpiñán, cuando ayudaba en labores de la vendimia. La posterior huida, borracho, al volante de un automóvil que acabó estampando contra un camión, no ayudó a su defensa. Nueva condena, esta vez a doce meses de prisión.

Tony Neary, protegido por Ralston, en un partido contra Francia en 1975.

Tony Neary, inglés, también jugó en la tercera línea. No les recomiendo, sin embargo, que establezcan un patrón por la triple coincidencia: hay delincuentes en otras posiciones. Neary fue internacional entre 1971 y 1980. Sufrió el abrumador dominio de la generación de oro galesa, pero su longevidad internacional le permitió retirarse en el momento del nadir del Dragón y con el Grand Slam que comandó el actual jefe de World Rugby, Bill Beaumont. Fue un flanker de largo recorrido, duro en el contacto, eficaz en el ruck y complemento letal de Andy Ripley, cierre de la melé inglesa que anticipó el juego de una generación de números ocho que llamamos modernos cuando Mexted o Brooke nos mostraron su juego.

Neary, abogado, desvió fondos por importe de 300.000 £ de un fideicomiso millonario establecido por un cliente y socio. Se declaró culpable y fue condenado en febrero de 1998 a cinco años de prisión. Avergonzado y presuntamente rehabilitado, guarda desde entonces una prudente distancia de los medios y vive alejado del rugby. Contraste paradójico con su esencia oval, que le mantenía cercano a los puntos de ruptura en ambos lances y le dio relevancia para llegar al XV inglés y a todos los escalones regionales posibles. Así, tanto con la selección de North West Counties, en 1972, como con la del Norte de Inglaterra, en 1979, consiguió formar con dos equipos que derrotaron a los turistas neozelandeses. A ellos se enfrentó también en 1977, como British Lion, en aquella desafortunada gira que capitaneó el callado Phil Bennett y que representó las segunda de esa clase para él, pues en 1974 ya había estado en Sudáfrica, entonces bajo la tutela de Willie John McBride y con resultado bien distinto, aunque jugara solamente en el equipo de los miércoles. Bagaje oval, tras 43 caps y representar a los Barbarians, no le faltaba, pero no fue óbice para su conducta criminal fuera del Universo que nos ocupa.

Steve Pokere, centro maorí de la fina línea de tres cuartos All Black de la primera mitad de los 80, fue condenado tras arrastrar a familiares y amigos a una estafa piramidal de la que, abrumado por las pruebas, se declaró culpable

Tampoco carecía de ese bagaje Steve Pokere, centro All Black que jugó 39 partidos vestido de negro, de ellos 18 caps, entre 1981 y 1985. Maorí que visitó España en 1982 y jugó para vencer a la selección de Jesús Linares por 3-66 en el Central, fue un jugador esencial en la línea de tres cuartos que surtía de balones a uno de los mejores alas neozelandeses de la historia: Stu Wilson. A Pokere, complexión ligera y fibrosa, le llegaban de las manos de Asworth o Haden y Mexted, lo que ya era garantía de buena calidad, en un XV All Black que se sabía ya candidato a una corona mundial que oficialmente no podía dejar de llegar. La elegancia del juego de aquella línea de tres cuartos, con Bryan Williams en el otro ala, era inapelable, nítida y sencilla. Técnica de pase perfecta, ejecución veloz y apoyos fulgurantes, sin doblez, sin nada que ocultar, pero de imposible defensa sin elevado riesgo de quebranto al reglamento. Situación esta última que debía conocer bien, porque con su juego lo provocaba y que, desgraciadamente para su reputación y futuro, tomó como referencia en su vida profesional.

Steve Pokere (Foto: George Herringshaw).

Pokere fue condenado a dos años y medio de prisión por malversación, estafa y falsedad documental. Las víctimas, además, procedían de su entorno de la iglesia mormona neozelandesa, a la que pertenece, y eran todos amigos y familiares, en una cadena que usó de la confianza que a todos ellos merecía para la perfección delictiva. El montante defraudado ascendió a cuatro millones de libras que él y sus asociados consiguieron sin dificultad. En el transcurso de la vista penal no se defendió, abrumado por las pruebas de la acusación. Qué contraste, de nuevo, con su posición sobre el campo, placador sobrio y severo, de esos que atacaban al portador del balón, invirtiendo los términos del lance. Se declaró culpable, aunque en el transcurso del juicio quedó claro que inicialmente los motivos que movieron a los socios a constituir un fondo de inversión fueron legítimos y laudables (había una quiebra previa que había dejado en mala situación financiera a muchas familias), pero una serie de decisiones erróneas les condujo a pérdidas cuantiosas que pretendieron ocultar recabando más fondos de los inversores para tratar de resarcirse de aquellas. El negocio se había convertido en la conocida estafa piramidal. Andy Haden, tras conocer la sentencia, fue lapidario: “El daño es para siempre”.

Estos cuatro, quizás, solamente sean la excepción que confirma la regla. Juzguen, si quieren.