La Copa del Mundo de Japón camina hacia la resolución de la fase de grupos con sensaciones muy contradictorias, amplificadas por el terrible impacto que el tifón Hagibis, y las consiguientes suspensiones, han tenido en el desarrollo del torneo. Pero la tormenta no ha sido sólo meteorológica en esta edición de la RWC. La polémica alrededor de las actuaciones arbitrales ha subido varios escalones (en realidad, deberíamos decir que los ha bajado), al punto de generar un fenómeno inédito: que la propia World Rugby publique un comunicado criticando el nivel de los colegiados. Algo fascinante en un deporte que presume de su respeto a los jueces.

Es el signo de los tiempos, encarnado en una sucesión de reglas enmendadas, criterios arbitrales sostenidos en complejos diagramas de decisión, confusión creciente y agravios comparativos que alimentan un inevitable envilecimiento. Y que el foco de los análisis se aleje cada vez más del campo para apuntar al ruido que generan alrededor entrenadores, aficionados, jugadores y comentaristas. Las teorías conspiratorias van ganando terreno.

Los números subrayan tan incierta evolución. Ésta es ya la Copa del Mundo con más tarjetas rojas, siete, de toda la historia: Lovotti (Italia), Fidow (Samoa), Quill (Estados Unidos), Gattas (Uruguay), Lavanini (Argentina), Larsen (Canadá) y Aki (Irlanda). Desde la creación del torneo se han visto un total de 24. El repaso a sus nombres, a los protagonistas y las escenas que las provocaron muestra hasta qué punto el rugby ha ido cambiando en los comportamientos y actitudes de los jugadores, así como en la consideración y punición de sus acciones. Las leyes naturales del juego se resisten a ser domesticadas en alicatadas normativas que tratan, con toda lógica, de prevenir las consecuencias dramáticas de la dureza connatural a este deporte. Es una tentativa comprensible pero muy incierta, y que no parece precisamente caminar en las direcciones correctas o con la homogeneidad necesaria. Mientras se resuelve -si alguna vez llega a hacerlo-, la ocasional violencia de antaño ha dejado paso a un a desconcertante ordenancismo en el que ni siquiera los protagonistas parecen hacer pie.

1987 Huw Richards (Gales) y Codey (Australia)

La serie de puñetazos que intercambiaron los All Blacks y Gales en su semifinal de la primera Copa del Mundo es seguramente la pelea más legendaria de la historia del torneo. Y también la encarnación de lo que se da en llamar old school rugby, un juego de violencias soterradas y erupciones brutales que funcionaban a modo de corrección tectónica: un momento de terremoto y luego, la tensa normalidad habitual. Aquí, Gary Whetton afila su codo izquierdo en la mandíbula de Richards, el segunda galés, en la carnicería de un maul tumultuoso. Richards se prende al rival y, conforme salen a la luz, conecta un uno-dos digno del mejor cuadrilátero. La combinación le queda tan redonda al galés que se queda parado como esos boxeadores que, convencidos de que han terminado a su contrincante, se ahorran el golpe de gracia y aguardan que caiga al suelo. Por su lado ciego, sin embargo, asoma la sombra ominosa de Buck Shelford, quien entra en la distancia y le encaja un derechazo del tamaño de aquellos con los que Conan derribaba a las mulas. La serie continúa con otro tortazo de Buchanan, que intenta vengar a Richards, y la fraternal intromisión final de Alan Whetton, que lo pone patas arriba. El pilar galés se levanta al momento, pero el pleito termina ahí. “Fue todo muy rápido, ocurrió en un momento”, contaría Richard Moriarty después, como si hablara de algún suceso paranormal. En verdad, la serie de puñetazos que intercambian los protagonistas parece una coreografía cinematográfica. Faltan las mesas volando y las botellas rotas contra los espejos del mostrador. El sartenazo de Shelford es de película, pero a Huw Richards le tambaleó la realidad completa en todas las dimensiones. Para devolverlo al mundo de los vivos, el fisio galés le tuvo que rociar la cara con una esponja empapada, como si fuera un personaje de Scorsese en Toro Salvaje. Richards precisaba en verdad un manguerazo para volver a saber siquiera cómo lo habían bautizado. En el desenlace de la escena, la expulsión del segunda galés explica esa especie de derecho natural paralelo que regía el rugby en los años 80: Richards se va expulsado por iniciar la pelea; Shelford -el hombre al que le graparon el escroto y siguió jugando en la famosa batalla de Nantes contra Francia- y los demás quedan libres de todo cargo. La secuencia se cierra con la calmada charla, como si estuvieran hablando del tiempo, de Moriarty y el octavo All Black. El tercera galés diría después: “No entendí nada de lo que me decía”.

1991 Keenan (Samoa) y Sporleder (Argentina)

Otra vez dos segundas líneas, ahora a la salida de una touche. En el rugby moderno los saques laterales han evolucionado de manera singular: lo que siempre se consideró ilegal (levantar a los saltadores en ascensor) se admitió y promovió en beneficio del espectáculo. Y vemos alzamientos dignos del Circo del Sol. Ya se sabe que, como anotó Mark Twain, es la prohibición lo que convierte cualquier cosa en preciosa. Antes de todo eso hubo tiempos oscuros en los que el alineamiento constituía quizás la más sangrienta trinchera de cada partido, el reino del juego subterráneo; y, entre esas dos paredes articuladas de hombres, lo mismo se palmeaba balón que al adversario; y se repartían testarazos al costillar opuesto, mientras puños voladores ansiaban cejas y mandíbulas. Las touches eran la caldera donde se cocían los puñetazos que después tomaban forma en el maul. Por eso argentinos y samoanos salen del agrupamiento consiguiente cruzando los puños, enredados en una desordenada serie de molinetes, que anticipan el momento en el que alguien hará diana en un mentón y dejará tierno al de enfrente. Esos fueron nuestros protagonistas, Keenan y Sporleder, cuya puntería fue tan bien valorada por el árbitro que los mandó a la ducha a refrescarse las ideas. Los dos se van con la cabeza gacha, sintiéndose miserables: ¿Qué puede haber peor que perderse un partido de rugby?

 

1995 Mahoni (Tonga), Rees, Snow (Canadá) y Dalton (Sudáfrica)

De las cuatro expulsiones con las que se saldó la Copa del Mundo del mito sudafricano, tres fueron simultáneas, en el mismo partido y en el mismo pasaje: el choque conocido como La batalla de Boet Erasmus. El encuentro entre los Springboks anfitriones y Canadá: último partido del grupo y primero de la historia entre ambos países. Un apagón en el estadio lo retrasó tres cuartos de hora, lo que contribuyó a una cierta ansiedad competitiva comprensible, pero que jamás funcionaría como coartada ante un tribunal que juzgase lo ocurrido después. Tres expulsiones en el mismo partido. Nunca antes, desde luego, y jamás después se han ido del campo tres jugadores en un mismo test match. Con rojas, aunque no se mostraran, porque ésta fue la última RWC en que las expulsiones las señalaban los árbitros con los brazos apuntando en forma notoria hacia los vestuarios. Sin tarjetas. La acción inicial, como solía ocurrir, no tuvo como protagonistas a ninguno de los tres que iban a dejar el campo antes de hora. La incursión por el ala de Winston Stanley fue saludada por el 11 sudafricano, Pieter Hendricks, con un placaje disuasorio. Stanley se levantó dispuesto a tomarse revancha y a la consiguiente escaramuza se sumaron el zaguero Stewart, resuelto a ajusticiar a Hendricks; y el talonador springbok, James Bullet Dalton, fenómeno cuyo sobrenombre anunciaba a un tipo siempre atento a la posibilidad de un buen intercambio. Una vez más, la sanción proviene no de un lance del juego -el placaje retardado, los pisotones en el ruckeo, el juego subterráneo en la melé y los codos en las laterales eran parte integral del paisaje y el paisanaje-, sino de una pelea colectiva al estilo de La taberna del irlandés, en la que resulta imposible distinguir quién hace qué y en qué orden. Las hostilidades brotan y rebrotan en sucesivos centrifugados de hostias furtivas que dejan un solo hecho objetivable: los hombres que van quedando largos en el suelo. David McHugh, el árbitro, administra sentencia sin TMO y con flema secular: Dalton, Rees y Snow se resisten durante la litúrgica admonición arbitral, pero acaban enfilando para casa. Hendricks sería sancionado a posteriori y en el hueco que dejó en el ala sudafricana entró Chester Williams, recientemente fallecido, para completarle el guion a Nelson Mandela. O a Clint Eastwood… cualquiera sabe.

1999 Venter (Sudáfrica), Baugh (Canadá), Vunibaka (Fiyi), Taufo’ou (Tonga)

Ésta fue la primera Copa del Mundo en que las tarjetas subrayaron las expulsiones. Y si el partido entre Tonga e Inglaterra que cerraba el grupo tuvo algún interés fue constatar hasta qué punto  -cuatro años después de la conversión al profesionalismo- el rugby había iniciado su larga marcha hacia la transformación, peregrinaje que 20 años después sigue produciendo variaciones, adaptaciones, disposiciones y enmiendas al libro de las reglas, para escarnio de los aficionados y despiste (o ignorancia deliberada) de jugadores y técnicos. Desde ese punto de vista, este partido se jugó en el territorio incierto de una frontera entre las viejas tradiciones y las nuevas profecías; un lugar temible en el que, como ocurría en las epopeyas de los viejos westerns, la ley pugna por imponerse al salvajismo… y a menudo no lo logra. Unos días antes, Samoa había saqueado el Millennium Stadium de los anfitriones galeses con un 31-38, pesadilla inspirada por el talento de Bachop, Pat Lam, Silao Laeaga y, cómo no, el estruendoso Va’iaga Tuigamala. Tonga debió de interpretar aquel triunfo polinesio como un augurio de revolución de los olvidados, y se presentó en el partido contra los ingleses con el ánimo inflamado y los tortazos de rebajas. Pero su dureza inicial y algunas carreras promisorias con la pelota quedaron pronto enterradas por una fila interminable de golpes de castigo que los ingleses fueron cobrando como rentistas de la City. Entre los tonganos había dos Vunipola: el medio de apertura Elisi Vunipola y el talonador Fea’o Vunipola, ambos hermanos (había un tercero, Manu Vunipola, que era medio melé). Fea’o, emigrado a Gales para jugar en Pontypridd en 1999, es el padre de Mako y Billy, hoy internacionales por Inglaterra. Como ha sido costumbre, el pack inglés estaba repleto de ese tipo de jugadores que componen un arquetipo: los que jamás se hacen el simpático en un campo. Martin Johnson, Phil Vickery, Graham Rowntree, Richard Hill, Lawrence Dallaglio… Entre todos privaron a Tonga de la pelota y cimentaron la creciente ventaja de la Rosa. Hasta que, a 10 minutos del final del primer tiempo, la olla a presión tongana saltó por los aires. Matt Perry, el zaguero inglés, subió al aire a buscar una pelota alta y fue volteado por Isi Tapueluelu. El violento aterrizaje pudo ser dramático y anticipaba lo que íbamos a ver (estamos viendo) tan a menudo en el rugby de hoy. Lo que siguió fue una pelea de la vieja escuela. Con el juego ya detenido, Phil Vickery tumbó al infractor con uno de esos placajes que quieren postrar en la cama seis meses al que lo sufre. Vino el tumulto y, en la confusión, el pilar Ngalu Taufo’ou cruzó el espacio que lo separaba de la refriega y le soltó a Richard Hill un castañazo del que el bravo flanker de su Majestad no acertó a cubrirse a tiempo. Cuando el árbitro pudo calmar el tiroteo, se sintió como Jimmy Stewart en El hombre que mató a Liberty Valance y aplicó el conocido adagio: en el Oeste, entre la realidad y la leyenda, se publica la leyenda. A Taufo’ou le sacó roja por su acceso de violencia callejera, ajena a los códigos y los valores. Y a Vickery y Tapueluelu, amarillas: como si hubiera pensado que tampoco era necesario ponerse demasiado ordenancista… y que ese tipo de jugadas (placajes en el aire y tortazos a destiempo) ya las vendrían a juzgar los referees del futuro. Tonga se comió el resto del partido con 14 jugadores y de postre los ingleses les sirvieron 13 ensayos.

2007 Pole (Tonga) y Nieuwenhuis (Namibia)

La única Copa del Mundo en la que no ha habido expulsiones fue la de 2003 en Australia, un trofeo atado al pie de Jonny Wilkinson, como cualquiera sabe. En 2007, en Francia, volvieron las rojas. Dos. Una la vio el tongano Hale T-Pole, en un partido frente a Samoa que arrancó con un prometedor duelo de danzas tribales. La otra se la llevó el namibio Jacques Nieuwenhuis por un placaje en el cuello, de los que hoy han alcanzado categoría lindante con el delito grave. Una vez más, la evolución del juego: las viejas bagarres (que los franceses conservan y observan aún, bien sujetos a sus tradiciones), dan paso a los nuevos crímenes tipificados, generalmente a partir de acciones que siempre formaron parte, aunque no legal, del juego. Aquí la siempre alegre corbata, tantas veces ceñida al gaznate rival a lo largo de la historia y siempre con intención poco piadosa, se transformaba en flagrante agresión merecedora de sanción mayor. Nacido en Sudáfrica de madre con nacionalidad namibia, Nieuwenhuis fue internacional con los welwitschias y anotó un ensayo épico a Irlanda en aquella misma Copa del Mundo. Se retiró con 23 internacionalidades y hoy es árbitro, lo que puede ser interpretado como una de esas inspiradoras conversiones en las que, camino de Damasco, el preso se licencia como abogado.

2011 Warburton (Gales) y Paul Williams (Samoa)

Puede que ésta sea la tarjeta roja más debatida de la historia y, desde luego, el momento más traumático del rugby moderno galés. Porque aquel equipo embrionario de Warren Gatland parecía destinado a lo mismo que hoy se le anuncia a la versión crepuscular que anda estos días por Japón: una final de la Copa del Mundo, por fin. Aquel sueño derivó a la pesadilla cuando Warburton, capitán de Dragones y Leones por la gracia de Dios y de Gatland, le dio al liviano Vincent Clerc la voltereta de su vida. Un tip tackle cuya interpretación por parte de los comentaristas del partido muestra hasta qué punto el rugby se ha convertido en un juego de impresiones subjetivas, que camina sin remedio a la controversia como escenario permanente y cada vez más enconado: “Es un gran placaje, nada intencionado ahí, pero por desgracia las piernas del jugador francés se elevan por encima de sus hombros”, llega a decir Martyn Williams. La evidencia muestra otra cosa y Alain Rolland lo vio tan claro y decidió a tal velocidad (sobre todo comparada con las interminables consultas de hoy al TMO) que ni siquiera el realizador llegó a mostrar en vivo la imagen de la sanción a Warburton. Y los narradores hablaron de tarjeta amarilla hasta que el rótulo, y la repetición, mostraron que la roja de Rolland había sido tan discreta como rotunda y merecida. Gales aguantó aquel partido con 14 jugadores durante casi 70 minutos y perdió sólo por un ajustadísimo 8-9, guarismo que el desconcertante equipo francés construyó con tres golpes de castigo pasados por Parra. El prosaico modelo de Marc Lièvremont alcanzó la final y estuvo a punto de sorprender a los All Blacks. Y Gales se resignó a seguir incubando un anhelo del que ahora quiere deshacerse en Japón: con Warburton ya retirado del rugby de forma prematura, y Gatland viviendo sus últimos días como seleccionador de los Dragones.

2015 Ormaechea (Uruguay)

Agustín Ormaechea fue el único jugador expulsado en la Copa del Mundo de Inglaterra, hace cuatro años. Y lo fue en realidad por una doble amarilla, en un partido contra Fiyi en el que además el medio de melé de los Teros anotó un ensayo y más puntos para su equipo. Agustín es miembro de la prolífica saga que tuvo a Diego, el padre, como leyenda incomparable del rugby uruguayo y próximo miembro del Hall of Fame oval. Hoy mira los partidos de la RWC de Japón desde la tribuna mientras Agustín y su otro hijo, Juan Diego, visten la camiseta celeste en el equipo de Meneses. Juancho, tercera línea, se perdió la Copa del Mundo de Inglaterra. Pero entró en la lista para la de estas semanas, en un grupo que casi repitió a los participantes del famoso grupo de la muerte de 2015: Fiyi, Gales, Uruguay y Australia ya se midieron entonces y han vuelto a hacerlo en Japón. El destino, sin embargo, guardaba para Agustín Ormaechea y el resto de uruguayos no solo la revancha por aquella roja contra Nadolo y compañía, sino un histórico triunfo, precisamente contra Fiyi.

[Foto de cabecera: (c) William West].