Las predicciones mayoritarias antes de la final de la Champions Cup asignaban un 50% de posibilidades de victoria para cada uno de los contendientes. Si acaso, los más audaces otorgaban una ligera condición de favoritos a Leinster. Y los 39 primeros minutos del partido parecieron darles la razón y prometían dividendos para los que hubieran apostado por el equipo de Leo Cullen: el feroz pack irlandés se imponía a sus titánicos rivales.

En ese primer largo pasaje de dominio de Leinster, ni siquiera la habitual excelencia en la batalla aérea permitía sonreír a Saracens. Una señal de alarma en el plan de partido de Mark McCall. La cosa adquirió un tono aún más preocupante cuando Maro Itoje vio tarjeta amarilla en el minuto 29, tras cometer varios golpes consecutivos en su zona roja. Todos esos augurios culminaron en el poderoso ensayo de Tadhg Furlong, que se sumaba a los tres puntos de Sexton merced a un golpe de castigo en los primeros minutos.

Diez abajo y un hombre menos. La tarde pintaba un paisaje ominoso para los que, al final, acabarían siendo los campeones.

¿Cómo logró Leinster establecer su dominio del encuentro en ese primer tiempo, provocando que Saracens pareciese un equipo sin ideas y sin su habitual filo? Lo hizo aprovechando en su favor el tamaño descomunal de sus rivales: una delantera que reúne a algunos de los tipos más duros del rugby inglés.

El partido en St James’ Park enfrentaba dos líneas de juego muy marcadas: la exquisita forma física y el despiadado ritmo de juego de Leinster, frente a la pura pegada y el afilado carácter del rugby de Saracens.

En su mejor versión, el poderoso juego de los Sarries es casi imparable, algo de lo que Cullen y Stuart Lancaster eran plenamente conscientes. Ante ese escenario, Leinster trató de sacar partido de una tercera línea notablemente más ligera: la que conforman Fardy, O’Brien y Jack Conan, frente a un trío de aspecto mucho más rotundo y contundente, compuesto de Itoje, Wray y Billy Vunipola. Esta línea argumental atravesó el partido que jugaron las delanteras. Y, en cierta medida, también se trasladó a los tres cuartos.

Brad Barritt levanta la copa de campeones junto al resto de Saracens en Newcastle [Foto: Inpho/EPCR]

En ese periodo del encuentro, los irlandeses parecieron imponer su mayor atleticismo, tratando de sofocar el breakdown inglés a base de desgaste, de entradas y salidas en las fases de encuentro, a las que les daban la mayor velocidad posible. De esa forma, Leinster impidió que la delantera de Saracens entrase en el encuentro, mientras los backs eran forzados a cometer errores de manos poco habituales. A esa hora la presión de los dublineses era agobiante. Y la amarilla a Itoje sólo vino a culminar esa tendencia.

La cosa aún empeoró más cuando los dos pilares titulares del equipo londinense, Mako Vunipola y Titi Lamositele, debieron dejar casi simultáneamente el terreno de juego, lesionados. Saracens perdía 250 kgs. de potencia en su primera línea. Un cuadro verdaderamente inquietante.

El arranque de Leinster, con su alto ritmo, la presión en el ‘breakdown’, la amarilla a Itoje y las lesiones de Mako y Lamositele, dibujaron un panorama ominoso para Saracens: sin embargo, la inferioridad y el 10-0 actuaron como llamada de atención para la remontada

Sin embargo, hay un detalle interesante que pone esto en contexto. En la entrevista post-partido, el entrenador de delantera y defensa de Saracens, Alex Sanderson, atribuyó precisamente el resurgimiento de su equipo hacia el final del primer tiempo a la tarjeta a Itoje. Entre la presión asfixiante de Leinster y la llamada de atención que supuso quedarse en inferioridad, Saracens reaccionó. Si hay una relación causa-efecto, es otro asunto. Pero la realidad incuestionable es que ambas secuencias coincidieron en el tiempo.

Sólo unos instantes después de regresar al campo, un estremecedor contacto de George Kruis sobre Sexton resultó en un golpe de castigo para Saracens en el ruck consiguiente. Owen Farrell aprovechó la ocasión para patear a palos y encender la mecha de la recuperación de su equipo.

Kruis se dispone a frenar a Sexton, en el arranque de la recuperación inglesa [Foto: Dan Mullan/Getty Images]

Todo parecía dado para que los ingleses se fueran al descanso con siete puntos de desventaja (10-3). Pero el medio de melé irlandés, Luke McGrath, tomó en la última jugada de este primer tiempo la decisión de no patear a la touche para ir al intermedio, sino que pegó una patada al cerrado, con el tiempo ya cumplido, que cayó en los territorios de Billy Vunipola. El número 8 inglés cargó con la pelota y, por fin, Saracens tomó la iniciativa y lanzó un avance sostenido. Y ahí se produjo por fin la escena habitual: un jugador de Saracens recibiendo la pelota y rompiendo la línea de ventaja, y después otro, y luego otro y otro y otro.

El balón, que había sido propiedad de Leinster hasta entonces, se lo había quedado ahora Saracens. Y lo aprovechó para poner en marcha la locomotora de su ataque.

En esos segundos finales de la primera mitad, la movilidad y la energía exhibida por Leinster hasta entonces sólo le sirvió para tratar de contener, en lo posible, el flujo creciente de poderosas acometidas de Saracens. Tras golpear con rupturas consecutivas en el medio campo, los chicos de Mark McCall acamparon en la línea de cinco irlandesa. El reloj marcaba ya 42 minutos de juego en el momento en que Farrell le dio continuidad con un hábil movimiento a una apertura de juego, liberando al ala Sean Maitland para dejar el ensayo.

Puede que el marcador, a la hora del descanso, subrayase la igualdad entre ambos contendientes (10-10). Pero la sensación era muy nítida: la dinámica del partido había variado de manera radical, como un péndulo, para ponerse del lado de los ingleses.

En en el segundo tiempo, Leinster ya no pudo contener la velocidad de balón de Saracens. Y cada ruptura de los jugadores de Mark McCall sonaba como un cañonazo: una vez que los ingleses empezaron a ganar la línea de ventaja con continuidad, la suerte quedó echada

Hubo momentos aislados, a lo largo de ese segundo tiempo, en que Leinster aún pudo poner en jaque a la defensa de Saracens, por lo general a través de los juegos de pies y la inagotable energía de sus alas, Jordan Larmour y James Lowe. Pero el balón de Saracens, que de forma tan eficiente habían conseguido detener en la primera parte, empezó a moverse cada vez a mayor velocidad.

Tres rupturas hábiles y tumultuosas de Wray, Billy Vunipola y el talonador Jamie George, marcaron la pauta y quedan en la memoria del partido. Cada carrie de Saracens sonaba como un cañonazo. Sobre todo, en los incontables casos en que Will Skelton, el gigante wallaby, se lanzó con el balón en sus manos para sumar avances y penetraciones que parecían absolutamente imposibles.

Una vez que Saracens se acostumbró a ganar la línea de ventaja en cada avance, a Leinster se le acabaron las opciones. No había mucho más que hacer, salvo retrasar el desenlace todo lo posible. En el momento en que Billy Vunipola se levantó de una melé en la 22 irlandesa para arrastrar consigo a cuatro defensores y apoyar el ensayo en el minuto 66, el destino parecía decidido. La portentosa salida de Vunipola hasta la marca fue un resumen, desde luego exagerado, de dónde se ganó y se perdió la final.

Billy Vunipola culmina su decisivo ensayo a la salida de una melé [Foto: Billy Stickland/Inpho].

Los highlights del partido deberían incluir también el momento en el que Liam Williams, desplazado de su posición preferida de zaguero a la de ala, contuvo las tentativas de remontada de Leinster. Sobre todo cuando le negó el paso a Garry Ringrose, derribándolo a apenas cinco metros de la línea. El galés bajó al suelo a su oponente, salió del placaje para habilitarse de nuevo y, a continuación, peleó por la pelota y forzó el golpe de castigo por retenido de Ringrose.

Cada aficionado tendrá su idea sobre el puesto que ocupa hoy día Saracens entre las grandes dinastías del rugby europeo, pero lo indudable es que el equipo londinense se ha ganado ya el derecho a ser incluido en esa aristocracia

No es descartable que ese momento de brillantez defensiva tuviera tanto o más peso en el desenlace que el propio ensayo de Billy Vunipola. No faltó quien discutiera la legalidad de la maniobra de Williams en su recuperación, arguyendo que en ningún momento se puso en pie tras el placaje. En todo caso, sería un episodio más de la multitud de infracciones que salpicaron el breakdown toda la tarde.

Obligados a retroceder la mayor parte del tiempo, a Leinster le crecieron los errores. Dejó escapar alguna oportunidad de explotar espacios disponibles para llegar a la marca; y las imprecisiones en el manejo se hicieron frecuentes. Momentos que ya no se correspondían con el arranque dominador del equipo.

La presión que Leinster había ejercido en esa primera parte hizo tambalearse a Saracens. Pero después, los ingleses no sólo igualaron esa fiereza, sino que la mejoraron hasta imponerse durante los 41 minutos decisivos del encuentro.

Puede que la final en St James’ Park no fuera un ejercicio de brillantez, pero expuso un vibrante relato de rugby de presión, que se trasladó de un lado al otro a lo largo del choque. Y dejó claro hasta qué punto, cuando Saracens se pone en modo arrollador, resulta imposible frenarlo.

Cada aficionado tendrá su opinión en lo que se refiere a qué lugar ocupa este equipo en las dinastías de grandes campeones europeos. Pero lo indiscutible es que, con su tercer título, Saracens ya forman parte de esa aristocracia. Cuando uno recuerda que su próxima incorporación es Elliot Daly, y mira al indetenible sistema de producción de jugadores en que se ha convertido la Saracens Academy, se pone a temblar. No parece que, por ahora, los Sarries tengan ninguna intención de bajarse del pedestal.

Ali Stokes es uno de los analistas habituales de The Rugby Magazine y escribe también para Rugby World.

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