El sábado pasado España volvió de Krasnodar con un triunfo sobre Rusia que se antojaba imprescindible para seguir en el camino hacia Japón. De todos los enfrentamientos entre ambos países, tomando a Rusia como sucesora natural de la vieja URSS, ha sido la quinta victoria para un total de veintiocho encuentros desde 1979.

El primer partido entre ambos equipos tuvo lugar aquel año, en Moscú, con derrota española por 15 a 9 y el último de la URSS en 1991 en Sevilla (16 a 19) ocasión en la que uno de los centros soviéticos respondía al nombre de Andrei Kovalenco, luego internacional ucraniano y finalmente español. Así que sobre la URSS ninguna victoria y eso que allí no les tenían demasiado en cuenta porque aún en esa época lo del balón oval tenía estigma burgués y todo se movía entorno a un par de generales del Ejército Popular aficionados a lo nuestro y que lo defendían a capa y espada.

Luego la crisis monumental del imperio socialista y la aparición de Georgia, Ucrania y Rusia en el panorama de la FIRA, aquel feliz cortijo de Albert Ferrasse. La conmoción que sufren todas las Rusias influye en el rugby, que queda abandonado y de ahí el resultado de 1996 en Madrid (52 a 6 para España). Luego una recuperación como por allí se estilaba: dinero fresco procedente de la venta al mejor postor de vaya Ud. a saber qué sector de la economía rusa. Por eso es el de 2002 el partido más meritorio, aunque también con circunstancias especiales, porque los rusos, en su afán por llegar demasiado deprisa a donde no debían (era un partido de clasificación para la Copa del Mundo de 2003) hicieron uso de malas artes y al amparo de un entrenador sudafricano naturalizaron a unos angelitos que respondían a los nombres de Volschenk, Pieterse y Hendriks y pasaron por el penoso trance de ser sancionados y reprendidos porque no quedó claro que sus bisabuelas fueran siberianas de Tomsk.

En 2001, en Madrid, nos habían ganado solamente por un punto (29-30) en el partido que marcó la menor diferencia entre ambas selecciones hasta entonces, pero unos meses después y ya sin bóers en el equipo, se toman cumplida revancha en el primer partido internacional de rugby que se juega en Palma de Mallorca (19-52). Hasta el 24 a 28 de 2011 (época de Regis Sonnes) no vimos de nuevo un resultado ajustado, igual que el 41 a 37 de Moscú de 2012, el 13 a 9 de Sochi de 2013, el 28 a 25 de Madrid de 2014 o el 22 a 20 de Sochi de 2016, siempre para los rusos. En 2015 nuestro resultado más favorable (43 a 20 en el Central) contra un XV sólido bien distinto de aquel de 1996, para seguir con dos victorias consecutivas (primicia) por 16 a 6 en Madrid el año pasado y el 20 a 13 del sábado en Krasnodar. No jugó mal el XV del León, que dominó en agrupamientos, sobre todo tras lateral, y movió bien el balón. Armas que necesitará bien engrasadas para enfrentarse el 18 próximo a Rumanía en el Central, en partido que parece imposible para los nuestros. Si ganan será la tercera vez que lo hagan ante los Robles: un 6 a 0 en 1992 y un 13 a 12 en 2012, en ambas ocasiones en Madrid.

En Rumania se juega al rugby desde 1920 aproximadamente, algo antes que en España y casi por la misma razón: influencia francesa. El primer club, el Stadiul Roman se formó en Bucarest, en 1913 a imagen y semejanza del Stade Français,  por estudiantes retornados de París. Uno de sus primeros partidos internacionales tuvo lugar en 1924, con Francia naturalmente (3 a 59) durante la VIII Olimpiada, cuya federación desarrollaba una política de búsqueda de rivales más allá de las Home Unions y que veía en aquel país y en Alemania y en España alternativas para el futuro.

En 1924 los Robles consiguieron su primera victoria internacional frente a Polonia, que les compensaba por un amargo bronce olímpico pleno de derrotas. Hasta 1942 el rugby rumano compitió con Checoslovaquia en 1927 (21 a 5), Francia en 1938 (3 a 11), Alemania en 1937 (5 a 8), Holanda en 1937 (42 a 5) y sobre todo con Italia con alternativas para ambos equipos y partidos hasta en plena 2ª Guerra Mundial en Milán y Bucarest, que se interrumpieron cuando ambos países se vieron en circunstancias que hacían del rugby una frivolidad.

Bajo el feroz régimen comunista los clubes (casi una quincena en la capital y uno en Brasov) se estatalizan, pero al contrario que en la URSS o Checoslovaquia, no se identifica nuestro deporte con desafectos burgueses y por contra se asimila a la corriente de uso propagandístico propia del comunismo, por lo que se concede todo el apoyo a los equipos del ejército, sobre todo el Dinamo y el Steaua de Bucarest. Un punto de disidencia de Ceaucescu  contra la URSS tenía la cosa, a qué negarlo. Así que volcados en el rugby internacional, en los años 60, consiguen los de la hoja de roble hasta cuatro victorias frente a una Francia (la primera en 1960, 11 a 5) que ya era una potencia en el V Naciones.

Los inventores de la cosa y naciones anejas, de consuno, otorgan el honor de obtener cap  a sus jugadores alineados contra los rumanos a partir de 1983, con lo que además de los ocho todopoderosos miembros natos de la antigua IRFB, son uno de los primeros países en ser reconocidos como suficientemente dignos. Los balcánicos habían ya asustado a Francia, a Gales en 1979 (Cardiff, 13 a 12) y desde la década de 1980 iban a ganar con cierta regularidad a los que no se tomaran sus partidos con toda la seriedad del mundo (derrotas de Gales 24 a 3 en Bucarest en 1983 y 15 a 9 en Cardiff en 1988, o 28 a 22 sobre Escocia en 1984 o 18 a 12 en 1991 en ambas ocasiones en Bucarest, o de nuevo Francia en Auch, 12 a 6, en 1990).

Si a ello le sumamos su participación como invitada en la primera Copa del Mundo, donde no paso de la primera fase por ganar solamente a Zimbabwe, y que se clasificó para la de 1991 en liza con España, precisamente, y sin demasiadas dificultades, se comprenderá que eran los del este de Europa los que sonaban insistentemente como sexta nación para ampliar el Torneo que Uds. saben. Ocurre que los italianos espabilaron y con el saber hacer de viejos comerciantes importaron calidad australiana y neozelandesa y atrajeron a sus oriundi de todo el Orbe Mundo y les rebasaron ampliamente. Lo demás es historia sobradamente conocida, pero imagino que tanto a ellos como a nosotros nos da cierta nostalgia pensar que hace no demasiado los azzurri eran de nuestra competición, parejos a Rumanía y a nuestro alcance aun con esfuerzo.

La última vez que nos visitaron los rumanos vistieron sus mejores galas (como harán el domingo). Aquel día de febrero de 2016 España jugó bien, con la notable circunstancia de que nuestro pack se impuso en fases de conquista estáticas y abiertas como nunca habíamos visto ante los roqueños dacios. Qué lejos quedan aquellos tiempos en los que cada lateral era una rifa, sin ascensor, con nuestros segundas mirando hacia arriba a sus contrapartes, excepción hecha de Bosco Abascal y Marco Justiniano, los sevillanos.

Y en peso, otro tanto. Aun así, la presencia no lo es todo, sino su uso y nuestra delantera lo sabe: tendrá que ser de nuevo agresiva en ataque, muralla en defensa, secante para el arma esencial del adversario del Mar Negro, para que el XV del León pueda tener una mínima oportunidad y que  Florin Vlaicu, que ese día acertó una vez más que nuestros pateadores y se llevó ese partido por 21 a 18, no vuelva a tener en sus botas la victoria.

Hay mimbres y hay nivel en la selección, desde luego para codearse con los rusos, como ha quedado demostrado. Rumanía está un escalón por encima, más sólida hoy incluso que Georgia, a mi parecer, aunque sea circunstancialmente y porque los caucasianos ya estaban clasificados para la cita en el lejano Oriente a la que Santiago Santos nos quiere llevar también.