El gran torneo anual del rugby europeo incorporó en el 2000 a Italia al selecto club donde ya estaban las cuatro selecciones británicas y Francia. La competición se expandía más allá de sus límites tradicionales y desembarcaba en un mercado que sumaría miles de espectadores en Roma y millones de televidentes a través de la pequeña pantalla. Se asumía que el nivel de la recién llegada no le permitiría competir por el título en el corto plazo, pero se confiaba en que ese diferencial -tantas veces anímico- fuera estrechándose conforme se sucedieran los años.

El ingreso de la italiana en tan privado y elitista club apuntaba a una transformación por venir: el tradicional eje de poder alrededor del canal de La Mancha se prolongaba hasta más allá de la ladera meridional de los Alpes y ahondaba en ese carácter global, propio de una disciplina emergente, que los rectores del rugby mundial se empeñaban en pregonar.

Pero los pronósticos sobre la mejora de la competitividad azzurra se han mostrados erróneos: Italia acumula 20 ediciones consecutivas en el coto cerrado del hemisferio norte alejada de los mejores combinados europeos y también de algunas de sus mejores versiones previas al ingreso en el 6 Naciones. El aggiornamento del rugby transalpino es un reto aún pendiente, una cima por hollar: en ningún torneo ha conseguido más de dos victorias en cinco partidos, estableciéndose esta escuálida marca como su tope máximo de éxito.

Las cucharas de madera, sin embargo, han sido habituales. Lejos del calor de su hinchada, los resultados son aún peores y frecuentes los tanteos abultados en contra. Las expectativas en la víspera de cada gran torneo internacional son las mismas que hace cinco, 10 o 15 años: una o dos victorias, a lograr en el Olímpico, y buenos minutos en las visitas a Londres, Dublín y París. En el caso del Mundial, la previsión viene dada por el ranking de World Rugby.

Parisse se despedirá en Roma en un último partido, pero no jugará todo el torneo.

Los pobres resultados de Italia se propagan por las categorías inferiores formativas y alcanzan al magro desempeño de sus clubes en las competiciones continentales. En su selección absoluta y en los equipos locales más importantes no abundan los referentes jóvenes. El combinado nacional se nutre de aquellos oriundos que juegan en ligas extranjeras más potentes, de la asimilación de talentos -ese vuelo de vuelta desde un Buenos Aires que a tantos italianos acogió-, y de gestores importados para el banquillo: el último es Franco Smith, que debutará en este 6 Naciones como interino y que ya estuvo entre 2007 y 2013 al frente de Treviso. Durante las dos últimas décadas, Kirwan, Berbizier, Mallet, Brunel y Conor O’Shea.

No se adivina una vía italiana para el rugby, más allá de una forma de jugar más o menos reconocible. Sus líneas maestras tradicionales brotan a partir de una delantera potente, del juego cerrado y de un físico equiparable al de sus rivales del 6 Naciones. Ha intentado equilibrar su ataque y acelerar las operaciones en el abierto…. Pero parecen tentativas que no acaban de cuajar. Hay espíritu, también simpleza. El salto adelante sigue esperando.

Después de 20 años en el torneo, cabe plantearse cuál de las dos brechas es mayor: la que separa a Escocia de los ‘azzurri’ o la que distancia a Italia de Georgia y Rumanía

A lo largo de las dos últimas décadas, se han venido observando recurrentes dificultades para la generación de ataques y en la interpretación del juego. Italia exhibe en su repertorio tradicional melé y maul, un estilo apegado a la faz industrial del Véneto o la Lombardía, las regiones cuna de sus equipos más potentes. Ha tenido delanteros potentes, se enorgullece de su eterno Sergio Parisse (que no jugará el torneo completo, pero se despedirá en uno de los encuentros en Roma) y ha disfrutado del tres cuartos Andrea Masi o de Tebaldi como uno de los jugadores más destacados del 6 Naciones en ediciones pretéritas. Ahora se aferra a Polledri y Minozzi como en algún momento lo hizo a Sarto, Canna, Gori, Allan o Campagnaro. La figura del pateador serial que fue Diego Domínguez permanece imborrable.

Establecida la superioridad de Inglaterra, Gales e Irlanda en el campeonato durante el último decenio, y con Francia -el país del Top 14, los clubes ricos y las varias decenas de jugadores de nivel seleccionables- muy por encima de los transalpinos, cabe plantear cuál de los dos brechas es mayor: la que separa a Escocia de los azzurri o la que distancia a Italia de Georgía y Rumanía. El debate alcanza a España, ávida de una expansión que materialice en categorías absolutas el buen trabajo de cantera.

Italia ha ganado 12 partidos de los 100 que ha jugado en sus 20 participaciones: siete a Escocia (dos de ellos en Murrayfield); dos a Francia y Gales (más un empate en el Millennium); y otro a Irlanda. Nunca a Inglaterra. Esos han sido los mayores hitos de este país en su paso por el torneo. Desde aquellos techos, su desempeño ha vuelto a menguar.

El pasado Mundial de Japón evidenció las estrecheces que constriñen a Italia. El equipo de Conor O’Shea, quien dijo tras el evento adiós al cargo, anticipando el final de un contrato que acababa en mayo, venció a Namibia (47-22) y Canadá (48-7) con holgura pero sin brillo, cayó sin opciones contra a la postre campeona Sudáfrica (3-49) y no pudo disputar el partido que le habría enfrentado a Nueva Zelanda por el tifón Hagibis. El grupo en el que quedó encuadrada dibujaba tres escalones claros entre los cinco países en liza: dos aspirantes al título; una, Italia, que quizás algún día llegue a esa élite; y dos habituales en los Mundiales pero alejadas de la cúspide oval.

Franco Smith debuta al frente de la ‘Nazionale’ tras el periodo O’Shea.

La nazionale permanece varada en el año 2000, cuando su población millonaria y los operadores televisivos obraron el milagro que propició su ingreso en el 6 Naciones. El rugby italiano se ha transformado para que su nivel continúe en un nivel similar al de entonces. Hoy se vislumbran pocas razones que hagan suponer que el asalto a los cielos de Europa esté próximo. Lejos se atisban aquellos años noventa, pródigos en buenas noticias y ascendentes sin interrupción.

En 1997, el rugby italiano «fue sacado de las parroquias para llegar a la BBC», según la frase icónica de un periodista de La Repubblica. Tal sentencia surgió tras el histórico ensayo de Giambattista Croci frente a Francia en Grenoble, una marca que terminaría por transportar a la azzurra del reducido ámbito local de la Copa de Europa (Francia, Rumanía e Italia) al universo globalizado del 6 Naciones.