Los niños entran gratis y en el Central se cuentan por centenares en cada partido de la absoluta. Se hace afición facilitando a las familias un plan de domingo que incluye competición internacional, praderas verdes como tribunas y gozosa invasión de campo cuando termina el partido. Al ecosistema del rugby español aún le sobrevive el espíritu amateur, una cierta condescendencia de la hinchada que se sabe menor por cantidad. Pasado el furor de aquel invierno de 2018 -el de los más de 15.000 espectadores los días de Rumanía y Alemania, el del rey Felipe bajando al césped, el que apuntaba al Mundial- la vida sigue. En Madrid se ven prendas de clubes del resto del país y se escucha el inglés ortodoxo de la diáspora británica, ahora que vienen más porque los partidos del León no se solapan con el 6 Naciones. En la planta superior del Cisneros las ventanas están abiertas: sus colegiales lo ven lejos, pero tampoco pagan.

Georgia es el gran rival del Campeonato de Europa, el mejor equipo entre aquellos no adscritos al coto cerrado del escalafón superior. Los Lelos vienen a medir a España, a establecer dónde está, a decir cuánto le queda para alcanzarla y cuánto para soñar con aquellos horizontes de glamour, hakas y dinero. Los  visitantes son fijos en los Mundiales y capaces de competir en esta competición a las grandes continentales.

La lesión de Jordi Jorba en los primeros minutos fue un golpe para el equipo de Santi Santos (Foto: FER).

España le ganó a Georgia en 2012. La inesperada victoria fue, tal vez, el origen de la carrera ascendente en la que los Leones siguen inmersos. Aquella tarde gélida, la velocidad de César Sempere descosió la línea defensiva rival. La ventaja de los locales, cimentada en unos excelentes primeros minutos, fue menguando conforme se acercaba el desenlace. Se resistió y se pudo lograr un triunfo inédito en dos décadas. En el banquillo mandaba Regis Sonnes y con él habían llegado muchos jugadores franceses. Cerca del palco de autoridades y como remate al himno nacional, un espectador gritó un «¡viva Francia!» para mostrar su descontento con la expansión allende los Pirineos.

Los primeros 20 minutos mostraron la cara más ofensiva de Georgia: en ese tramo, pese a su primer ensayo, España sufrió tres bajas por lesión y se vio alejada del balón y del campo contrario

La controversia parece hoy resuelta. Algunos de aquellos acumularon glorias con la camiseta roja, pequeños grandes éxitos como la racha de nueve partidos seguidos ganando que Georgia desbarató el domingo. Los Lelos se impusieron con claridad y lo hicieron mostrándose superiores en todas las fases del juego: no fallaron en ningún contacto comprometido, placaron atendiendo al canon y evitando que España levantara el oval con la rapidez necesaria, obligaron en defensa a los Leones obteniendo golpes de castigo cerca de marca y dieron la sensación de ser más sobre la hierba, también durante la expulsión temporal de uno de los suyos.

Los primeros 20 minutos mostraron la cara más ofensiva del combinado exsoviético: en tal primer cuarto se fraguó la distancia suficiente que rigió el desarrollo del partido. Ahí sufrió España tres bajas por lesión y se vio alejada del balón y del campo contrario. Los Lelos querían ganar y, sobre todo, reforzar su condición de hegemónicos en la categoría.

En la afición española hubo una extraña mezcla de expectación primero y decepción después. Se animó poco, pese a la invitación constante del speaker por megafonía. A los Leones se les empieza a pedir que ganen en casa sea quien sea el rival. Como si tales sucesiones de triunfos fueran a hacer realidad en cinco o diez años ese anhelo del ascenso a categorías superiores. Como si tal cosa existiera.

Los jugadores españoles celebran el ensayo de Marco Pinto (Foto: FER).

La realidad es tozuda: Georgia manda en este escalón continental desde hace más de una década. Su rugby es más rico, más rápido, más fuerte y mejor en casi todas las fases. Y es mejor que una España que ya es buena en casi todas las facetas y que es capaz de ensayar con sendos mauls a los rocosos orientales. El equipo absoluto se sale del corsé del juego a la mano chispeante durante las primeras partes o hasta que los cuerpos aguantaban: España ha desbordado su molde de veloces alas, zagueros escurridizos y tres cuartos que parecían pegar trincherazos mirando al tendido en cada finta y contrapié. España también maneja el juego cerrado, aguanta en la melé y suma vigor desde la tercera línea. España juega los 80 minutos.

La realidad es tozuda: Georgia manda en este escalón continental: su rugby es más rico, más rápido, más fuerte… mejor que una España que ya es buena en casi todas las facetas y que es capaz de ensayar con sendos ‘mauls’ a los rocosos Lelos

Aún hay muchas selecciones por delante. Y los Leones las tienen muchos años por delante. En el país que aspira a medallas olímpicas en varias disciplinas colectivas puede costar explicar que el crecimiento sostenido e ininterrumpido del oval español no vaya a materializarse pronto en éxitos sonados. Pero el certificado de que se está en el buen camino, aunque lento y no exento de tropiezos, lo otorga la fiabilidad demostrada en el Campeonato de Europa en los últimos años.  España juega de tú a tú frente a todos sus oponentes, lo hace en su campo rival y encadenando fases cerca de la zona de marca. Así se ganó a Rusia y así se intentó volver al partido en la segunda parte contra Georgia en Madrid.