Shane Williams, el menudo dragón, llegó a la era YouTube. El material que guarda la popular videoteca online inspira a los muchos que tratan de imitarle. El rugby del dorsal once, camiseta roja, era mitad magia mitad reto. Piensan los pequeños que el juego del penúltimo Williams de Gales, tan común el apellido que siempre lo remplazará otro, es el espejo en el que sustentar su estilo. Los vídeos de Shane sirven de autoayuda hasta que el émulo recibe el primer placaje. Esa finta es marca registrada.

Cuando, en esas imágenes, agarra el oval el Bailarín de Ospreys, tal es su apodo, el espectador piensa en el otro rugby. Hay en esos primeros años 2000 una sensación extraña entre la afición. El deporte del oval ya se ha profesionalizado. La llegada del dinero mejora diferentes dimensiones de la disciplina, aunque resta capacidad de sorpresa al juego. No es una cuestión de simple evolución. Ni siquiera una lucha dialéctica entre el bien, un improbable pasado paradisíaco, y el mal, un presente oscuro y un futuro negro. El músculo importa más y más: también para la bisagra, la pareja de centros y las alas.

En esos días, la anatomía es el poder. Por eso hay algo de contracultural en Williams. Su carrera en la élite se solapa con lustros de aumento de libras y pies, según las medidas británicas. Pero aquellos años, expansivos en los cuerpos de sus intérpretes, alumbran al genio galés. Es el tiempo de los vídeos YouTube; de las jugadas del extremo liviano que elude con destreza a amenazantes moles; que roza la línea de banda mientras esquiva a su par y las sucesivas ayudas; que ensaya sin que el clímax de los cinco puntos parezca obra de superdotados.

El legado del jugador nacido en Swansea y su época se comprenden mejor si se le compara con su heredero en la selección de Gales: George North debuta con el 11 de la camiseta nacional con 18 años y asume la titularidad con 20. Rebasa los 190 centímetros y acumula 110 kilos. Y aporta en el contacto. Tan diferente, tan hijo de su tiempo.

Los días de Williams son prolíficos en anotación. Tal como la ortodoxia concibe la posición del ala, el wing tiende a participar poco y su papel no suele abarcar mucho más allá de la finalización. Suyos son los contrapiés, los quiebros, las fintas. Los más de los ensayos de sus equipos, también. Mide 170 centímetros, pesa poco más de 75 kilos. Esprinta veloz, sabedor de que esas dos cifras señalan el abismo, la brecha que le separa de la era contemporánea. Un danzante merodea entre mastodontes.

Suyos son los contrapiés, los quiebros, las fintas. Los más de los ensayos de sus equipos, también. Mide 170 centímetros, pesa poco más de 75 kilos. Esprinta veloz, sabedor de que esas dos cifras señalan el abismo, la brecha que le separa de la era contemporánea. Un danzante entre mastodontes

Williams suma seis ensayos en el Seis Naciones de la edición de 2008, récord sólo antes hollado por el inglés Will Greenwood. El XV del dragón se lleva el título continental con pleno de victorias. También con Grand Slam celebran el de 2005. Antes, durante, y después, una sucesión de torneos mediocres marca la trayectoria del equipo nacional. Es el extraño patrón de la ciclotímica Gales de la primera década del siglo en el gran campeonato del invierno en Europa.

En aquella combinación de genialidades con groseras derrotas destacan Stephen Jones, Lee Byrne, Gavin Henson, James Hook, Adam Jones o Alun Wyn Jones. Williams está dentro de ese elenco de notables y, tal vez, por encima de cualquiera; Williams es un héroe de entretiempo, una estrella en mitad del caos.

Mejor jugador del mundo en 2008 para la IRB, mejor jugador del Seis Naciones de aquel año, 87 internacionalidades con Gales y otras once con los Lions, 58 ensayos con la roja del dragón (récord histórica en esta selección), 19 de ellos en la gran competición continental. Larga carrera en Ospreys, desde 2003 hasta 2012 y experiencia previa a la retirada definitiva en la naciente, también para el rugby, Japón.

Los vídeos greatest hits de Williams son el alimento que los amateurs y profesionales que se desempeñan entre los tres cuartos necesitan para creer que la batalla no está perdida. Que los imperfectos aún tienen hueco, que el físico no ha decantado la balanza, que el rugby sigue siendo cerebro (y un poquito de diversión). Que cualquier pequeño lo puede jugar y que en estas imágenes tienen la receta: el éxito aguarda a quien calque ese juego de pies. La ilusión se termina desvaneciendo ante lo imposible de la imitación.

En diciembre de 2011, Williams dejó la selección en un amistoso contra Australia. Ensayó en la última jugada, con el reloj pasando de los ochenta y el Millenium de Cardiff extasiado. El confeti del adiós, el vals de las velas (Marsé dixit), para el último ídolo con el dragón en el pecho. El pequeño dice adiós quebrando a un par de aussies, posando el oval tras la línea de marca y enjugando la derrota de los suyos. El eslalon postrero.

Muy pocos jugadores de la élite en las dos últimas décadas exhiben hechuras parecidas al galés. Convertido en rara avis, imaginativo por obligación, Williams habría sobresalido en cualquier época… si el axioma de que el talento siempre encuentra resquicio es absolutamente cierto. Cabe suponer posible tener a un jugador así de menudo entre los 15… Y que tal cuota es asumible si el canijo avanza metros sorteando rivales y ensayando de vez en vez.

A Williams el tiempo lo convertirá en excepción. Lo hará más extraño aún. ¿Qué hacía él, nada exuberante, jugando un deporte cada vez más duro? ¿Cómo pudo ser el mejor? Su físico, lo escaso del mismo, le obligó a ser hábil. El wing, prodigio de la adaptación, fue figura en los primeros cursos del profesionalismo, un eslabón entre lo pretérito y el porvenir. Corre veloz, rompe otra cadera. Qué diferente sería lo que vino después. Hay un estilo Shane Williams, una manera de jugar, driblar y evadir que muchos poco dotados tratan de remedar, aunque vaya cayendo en desuso por difícil o estéril, aunque parezca a punto de la extinción.

Quienes tratan de copiar sus vídeos se miran en él porque su tamaño sí es común. Pero no parecen reparar en cuán extraordinarias eran las arrancadas, la electricidad del contrapié, los regates en pocos palmos de hierba, la salida con el oval en la mano desde la propia zona de 22.

El genio de Ospreys necesitará algunos años más para su entronización definitiva. Subirá al Olimpo de la disciplina cuando muera la sorpresa, cuando los popes de banquillo y despacho consumen lo que el propio cambio de North por Williams demostró: que los alas, en vez de bailarines, son autobuses.