Se ha conmemorado el centenario de Nelson Mandela. Por la fijación en nuestra retina de aquella entrega de la Copa del Mundo de 1995 a François Pienaar le hacemos protagonista, a veces, de nuestra afición, porque lo fue de una historia improbable, casi borgiana. Sabíamos que a los negros no les gustaba el rugby. Si hablamos de Sudáfrica procede decirlo claro y sin concesiones a la castrante corrección política: genéricamente, todos los de origen nguni, tsonga, zulú, swazi o xhosas y demás, por contraposición a  los afrikáner, anglosajones y mestizos o mulatos. Digo que no les gustaba, pero ya no es así. Han pasado suficientes años y ya tienen a Kolisi, capitán, y a the Beast, portento. En realidad lo que detestaban era lo que representaba el deporte inglés: el dominio blanco de los descendientes de los trekkers, la supremacía bóer del Partido Nacional. Era lo usual: silencio ante el Die Stem y aplausos y vítores para los visitantes, sobre todo si eran los Lions. Delirio si ganaban la serie de test-matches a los aborrecidos opresores blancos, como en 1974, cuando los británicos e irlandeses de Willie John McBride derrotaron a los anfitriones.

Por eso lo que sucedió en 1995 fue inusitado. Sólo alguien que desde su confinamiento en Robben Island dispuso de una vida para estudiar a sus enemigos, pudo unir a gentes tan diversas tras un proyecto común, del que el rugby no era más que instrumento, pero acaso, a corto plazo, piedra clave del edificio. Entendemos que no fue fácil llegar a la casi unánime aceptación del N’kosi Sikekel’ i Afrika,  premonición de Mandela elaborada con el tiempo detenido por aquella larga condena, cuando decidió que sus carceleros iban a dejar de ser enemigos.

Nelson Mandela, tras su proclamación como presidente.

Rhodesia era el negativo de la fotografía, aunque algunos, pasados los años (el idiota y corrupto Zuma, el fanfarrón y vengativo Malema) no lo crean. Habrá quien recuerde el nombre del conservador Ian Smith, premier de la colonia que había de ser Zimbabwe. Y sabemos que allí también se jugaba un rugby más que decente. Y ya vemos lo que pasó bajo la férula del sátrapa Mugabe, en paralelo a la ruina del país: pasaron de ser rivales de los Lions a jugar en los 80 con la Italia de aquel entonces o España (1983, 1985 en esa década) y de la Copa del Mundo de 1987 y 1991, a teloneros de Namibia o Kenya.

Por eso quiero recordar de nuevo en una página de rugby a alguien que solamente estuvo relacionado con lo nuestro de manera utilitaria, que hizo uso del rugby para un gran proyecto que no terminó y que hombres menores llevan al fracaso. La ejecución del plan de Mandela principió en 1990 cuando abandonó el presidio merced a brillante jugada táctica de Frederick De Klerk, el Presidente a quien sustituiría en 1994. En esos cuatro años cruciales Mandela evitó la guerra civil a la que muchos querían ir y que, pocos meses antes de que Joel Stransky marcara el primer ensayo para los Bokke en el partido inaugural frente a Australia, pretendían todavía algunos generales afrikáner; y que ahora Julius Malema, ya desde atalaya de poder, anhela.

Los aficionados al balón de forma extraña tendemos a la hipérbole. Por eso se suele convertir a Mandela en paladín de lo nuestro. Y eso es falso. Mandela fue un político extraordinario, estadista en la etapa final de su vida activa. El rugby sólo fue una parte de su estrategia, adjetiva, vistosa y atractiva. Había posibilidad de aprovecharse de la religión bóer y no la desdeñó. Fue condimento para atraer a los suyos, estrictamente, a la barbacoa afrikáner. Propaganda para un proyecto por el que pocos apostaban y que aprendió de uno de sus carceleros, Fritz van Sittert, en la prisión de Pollsmoor.

Sabía que contaba con el apoyo mayoritario de negros y coloured, a pesar de las trapacerías de Mangosothu Buthezeli y sus Inkhatas, de la villanía de Winnie y del sordo resquemor de la facción revanchista del propio Congreso Nacional Africano. Afortunadamente para todos, el estadista prevaleció sobre el antiguo marxista y maduró una respuesta sosegada, inteligente, incluso magnánima. Abandonó la ortodoxia hegeliana y el odio racial y tendió la mano a los de El Cabo, para pisar firme y ganarse a los holandeses después.

Mandela recibe de John Smit la Copa del Mundo ganada en 2007.

El rugby, entonces. La metáfora del afrikáner, el calvinista que lleva a sus hijos descalzos a la escuela parroquial, donde juegan sobre maleza apenas desbrozada aprendiendo a despreciar el dolor físico, inútil para la mentalidad de frontera de los seguidores de Jan Smuts y del Presidente Krüger. En 1990 comenzó su labor oval, lejos de saber si los blancos anglosajones, presuntamente más moderados, aceptarían el gobierno de la mayoría negra.

Convenció a su partido para que abandonara su boicot contra el rugby y negoció con Louis Luyt, presidente entonces de la South African Rugby Board, la segregacionista federación que iba a desaparecer en 1992. Con un riesgo implícito que se advierte en la primera ocasión que juegan los Springboks, cuando retumba el Die Stem, contra lo pactado, como canto de afirmación contra la corriente de nuestro tiempo. Mal augurio.

Mandela persiste y logra al fin que el CNA no dé marcha atrás justo cuando la IRB, en una apuesta muy arriesgada y jugándose el futuro de la aún novedosa competición, otorga a Sudáfrica la organización de la III Copa del Mundo. Sin embargo, estalla la violencia: zulúes Inkhata,  Umkhonto we Sizwe –las bandas armadas del propio CNA-  paramilitares del Afrikaaner Volksfront y el ruido de sables del ejército, de mayoría bóer.

Cuando Mandela se puso la camiseta con el número 6, los All Blacks supieron que la Historia les había convertido en comparsas de algo más grande que una final: Lomu y Brooke y Mehrtens eran mejores, pero sabían que no podían ganar

Mandela no duda, no puede haber ganadores y sabe que se prepara un golpe de mano: Constand Viljoen, un general radical, conspira contra De Klerk, el otro visionario, el que firmaría el acta de defunción del régimen, enfrentándose a los disidentes blancos que formaron el Partido Conservador de Sudáfrica y a los fanáticos de Eugène Terre’Blanche. El arzobispo Tutu conmina a Mandela: “hable con el general o habrá guerra, es posible que la haya de todas formas”. El Presidente, el arzobispo y el político ganaron el Premio Nobel, en rara ocasión en que el galardón tuvo contenido.

Convocó a Viljoen. Le habló en el antiguo dialecto holandés que usan los bóers. El general dudó, al verse interpelado en su lengua. No lo esperaba. No le dio tiempo a responder, Mandela advirtió la defensa frágil y la aprovechó. “General, no puede ganar”. Lo que siguió es parte de la Historia. Ganó el hombre de Estado, no hubo separación de una pretendida república para los blancos, los Inkhata dejaron de navegar entre dos aguas, y en abril de 1994, cuando Viljoen y los suyos se hubieron plegado a lo inevitable, Sudáfrica tuvo por presidente a quien lo había merecido.

Joel Stransky aguarda el pase que dio lugar al drop ganador de Sudáfrica en 1995.

Aun así siguió el providencial madiba cultivando al general, temeroso de conspiraciones y de brotes de violencia. Justo un día antes de que los Springboks se anotaran la primera victoria contundente desde su regreso al panorama internacional (frente a Gales, un 5 de noviembre y en el antiguo Arms Park, 12 a 20, cuando vimos por primera vez a los Joubert, Du Randt y Van der Westhuizen) Johan Heyns, un moderado afrikáner, fue asesinado. Era un símbolo. Los díscolos desafiaban a los colaboracionistas, mientras los tibios, el rey zulú Buthezeli, ministro de Asuntos Internos, espera acontecimientos, más atento a los suyos que al Estado. Pero Mandela mantiene firme el timón, no apacigua, combate a los rebeldes con la ley y cree, ingenuo, desterrarlos del futuro.

La transición tiene capitán y habrá Copa del Mundo: François Pienaar y su tropa, incluso el descomunal Kobus Wiese, el que no habló con Chester Williams hasta que le endosó cuatro marcas a Samoa, se conmueven con su Presidente, que les visita en sus entrenamientos y acude a los partidos. Y se descubren los xhosas y los zulúes y los tsongas gritando por los Springboks y sufriendo cuando casi pierden bajo aquel diluvio en Durban frente a la Francia del malhadado Marc Cécillon (e insisto en que lo de Benazzi fue ensayo); y llegan al paroxismo cuando se enfunda la camiseta con el nº 6 en la final y los All Blacks se dan cuenta de que no sólo juegan contra los Bokke, sino que la Historia les ha convertido en comparsas de algo más grande que el último acto de esa Copa del Mundo. Lomu y Brooke y Mehrtens saben que no podían ganar. Eran mejores, pero quizás no debían.