En diciembre de 1972 en este hemisferio reinaba País de Gales. Nueva Zelanda rendía habitual viaje por las islas brumosas y Francia, en una gira especial. Para ellos y los británicos e irlandeses. No para los galos, aislados como están en el continente, y por tanto ajenos al ánimo que la expedición antípoda traía. Ánimo de venganza, llamemos a las cosas por su nombre. El verano anterior, el de 1971, había sido nefasto. Los Lions de Carwyn James y Doug Smith habían roto la inveterada costumbre de perder series en el sur e hicieron historia. Algo que, a costa de los All Blacks, dolía mucho en la nación oval por excelencia.

Ernie Todd, el mánager neozelandés, confiaba en Ian Kirkpatrick, el capitán elegido para la ocasión. Un flanker duro e inteligente que había jugado y capitaneado en su país equipos provinciales tanto de la isla septentrional (Poverty Bay), como de la sureña (Canterbury). Conocía bien a sus rivales, pues la médula espinal de cada una de las naciones británicas que triunfaron seis meses antes estaba presente en los equipos nominados para enfrentarse a los visitantes. Buenas credenciales.

La expedición negra contaba entre sus filas con reputados jugadores como Sid Going, Grant Batty, Joe Karam o Bryan Williams (el hombre que propició el ensayo prodigioso de un rival), entre sus tres cuartos y Andy Haden, Alastair Scown o Alex Wyllie entre los delanteros. Algunos iban a quedar en evidencia casi al final de la misma, un día de enero de 1973, cuando, en Cardiff, jugaron frente a los Barbarians de Bennett y Edwards, en una jornada que nadie pensó recordar casi cinco lustros después. Además, los All Blacks habían derrotado a los galeses por 19 a 16 allí mismo, en Arms Park el 2 de diciembre, un mes antes. Victoria reconfortante, por lo de la serie veraniega y porque los visitantes tenían grabada a fuego la derrota del día 31 de octubre en Stradey Park, aquel 9 a 3 que se cobró Llanelli y que cualquier galés con la cabeza correctamente amueblada es capaz de relatar con orgullo. Los de Swansea y Pontypridd también.

El acta del partido de Arms Park revela que el zaguero Joe Karam pasó cinco patadas y que un primera línea, Keith Murdoch, anotó la definitiva y única marca de su equipo. Hay quien asegura que a JPR le anularon un ensayo, pero en la grabación de la BBC no parece tal, de modo que el de Bevan y las conversiones de Bennett conformaron el marcador galés.

Murdoch, pilar derecho de Otago, había sido desde 1970 un habitual de los trials neozelandeses, pero no llegaba a ser nominado para los partidos importantes. Solamente en el verano de ese año pudo debutar ante los Springboks, en el último test de la gira. En 1971, durante el verano triunfal Lion, tampoco apareció entre los elegidos. Indisciplinas y malentendidos con los seleccionadores. Pero era tal su potencial que fue llamado para el viaje de 1972 y aquel 2 de diciembre recibió su tercera y última cap. Jugó muy bien. Anuló a Glyn Shaw, su contraparte, y cimentó el dominio delante en que los All Blacks fundamentaron esa victoria tan buscada. Hubo celebración monumental durante la tercera parte del partido, que se prolongó como era de rigor, hasta la madrugada, en un tiempo en que eso era posible. El Angel Hotel, en Castle Street, había visto más de uno. Allí se truncó la carrera deportiva de Murdoch, acaso la vida que entreveía, a una edad en la que incluso un primera tiene ya planes. Parece que, cerrado el bar, decidió buscar unas cervezas en otro parte, la cocina probablemente. En su camino, dubitativo, se topó con Peter Grant, guardia de seguridad del hotel, contratado para proteger a la selección neozelandesa. Peter le hizo ver (lo ha contado muchas veces) que no eran formas ni horas. Se acaloraron. Keith lo estaba ya, dijo el guarda. Cruzaron algunas palabras y Murdoch mandó a la lona a Grant de un puñetazo.

Grant quiso revolverse, pero la pelea había atraído a unos y otros y asegura que por eso el pilar se fue indemne. Me parece una baladronada. Murdoch era una fuerza de la naturaleza: 183 cm. y 110 kg. que para la época era casi una desmesura.  La prensa se ensañó con el bigotudo kiwi. Los directivos optaron por disciplinarle de puertas adentro, pero después del partido ante Escocia del sábado siguiente. Ernie Todd, el mánager, fue más severo. Expulsó a Murdoch del equipo.

Le buscaron un vuelo hacia Auckland, vía Londres y Singapur. Allí le perdieron la pista. Nunca llegó a Auckland.  A mí siempre me ha gustado imaginar que meditó en una terraza del Raffles y así decidió comprar el billete hacia Darwin o Perth, qué más da. Pero creo que Murdoch no era de los que frecuentaba el colonial hotel en esa época.  Simplemente desapareció. No volvió a jugar al rugby, y no sabíamos si por vergüenza o altivez. No era fácil que la prensa se acercara a preguntarle, las raras veces que fue localizado. Los rehuía.

Terry McLean, un avezado periodista, 30 años de crónicas y libros sobre los All Blacks, buscó y halló, en 1976, en esa zona extensa, árida e infinita que los australianos llaman outback. Murdoch le hizo ver la oportunidad de regresar de inmediato a su vehículo. En 1980 fue visto de nuevo, en su país. Venturosamente. Salvó la vida del vástago de la pareja de amigos que le alojaba, próximo a la parada cardíaca tras permanecer, ahogado, en el fondo de la piscina familiar. En los 90 fue localizado en Tully, otra vez en la isla continente. Una intrépida madre neozelandesa, periodista de vez en cuando, le había encontrado. Acaso divertido o por cortesía, ajeno a la falsa corrección que atenaza a algunos, recibió la compatriota una invitación a cerveza.

La valiente se llama Margot McRae y con el tiempo escribiría un texto de título previsible (Finding Murdoch) que acabó adaptado para las tablas del mundo anglosajón. La investigación y la charla que McRae mantuvo con el huido dieron para mucho. Así supimos de su remordimiento y de su culpa y de su cáncer, que ya padecía en 1972. No sabemos cómo sanó. La última vez que se tuvo noticia de él, hasta su muerte hace apenas dos días, fue en 2001. Fue objeto de investigación por el homicidio de un nativo australiano, en circunstancias tan turbias que propiciaron la instrucción penal. Nunca fue acusado.

Murdoch se convirtió, sin pretenderlo, en una leyenda. Leyenda que no va a terminar con su deceso. Fue All Black y la inscripción en ese club de elegidos decora toda biografía para siempre. Aunque fuera el peor equipo All Black de la historia, como dicen que fue el de 1972. Un tipo de Invercargill me lo refirió una vez, entre pinta y pinta. No tengo razón para dudar de él.

El séptimo tour de los All Blacks por Europa fue protagonizado por uno de los equipos más flojos que salieron de su país. No a tenor de los resultados: ganaron, sí, a País de Gales; a Escocia por 14 a 9 y a Inglaterra por 9 a 0 ya en 1973. Con los irlandeses no pudieron, pues éstos remontaron un partido que tenían perdido y lograron un empate (10 a 10) en el viejo Lansdowne Road, un 20 de enero de 1973. Empataron con Munster y  perdieron tres partidos de entre semana (Midland y Northwestern Counties y Llanelli), lo que está francamente mal. Para ellos.

Quisieron redimirse de lo de 1971 y adoptaron apariencia pretendidamente feroz, grandes mostachos a lo Zapata, y tono despectivo y arrogante. El mismo Murdoch agredió a un periodista del Sunday Times, Norman Harris, en Escocia. Peter Bush, fotógrafo veterano y amigo de muchos jugadores, le refirió que Harris era neozelandés como ellos y sólo eso conmovió al pendenciero. Harris no denunció a su compatriota, pero tomó buena nota del alivio que sentían los gerentes de cada hotel que alojaba a los All Blacks cuando abandonaban el lugar.

Puede que Murdoch no fuera sino el más representativo de los suyos durante aquella gira y que su expulsión sirviera de catarsis. Sobre todo a él, cuya vida tomó un derrotero imprevisible cuando abandonó Gran Bretaña. Tuvo, al menos, el valor de sufrir en solitario su penitencia. Dicen que no permitió a ninguno de sus compañeros que dejaran la gira, cuando algunos iban a dar la noticia a Ernie Todd, el disciplinador.