No hace demasiado he leído la enésima apología del rugby. Bien está. Pero sólo si ocupa algunas líneas y no oculta la verdad. Que no se mienta, vaya. Que mentir es algo que se hace de muchas maneras: negando la verdad, ocultándola, tergiversándola o presentando conclusiones falsas sobre hechos ciertos, aunque en esta última modalidad la estulticia puede tener algún peso.

Verán, los panegíricos están bien para presentar algo que gusta sobremanera. Y si Ud. está leyendo estas líneas, pura opinión, es porque esto del oval le atrae y acaso le llaman la atención las opiniones y andanzas de los que aquí se prodigan con mejor o peor fortuna. Les aseguro que ninguno de ellos suscribiría eso de la bondad intrínseca de nuestro deporte, ni de sus acólitos (que ni en esto somos especiales), porque se han visto más de una vez, doy fe, en la parte más comprometida de un ruck.

No, no somos mejores. Al fin y al cabo nuestros primos del código esférico, tan denostado (aquí golpes de pecho, míos también), no predican la trampa y la comedia. Ocurre, y doctores tiene su iglesia para resolver semejante problema, que la demasía, el esperpento mediático y la codicia se han apoderado de una parte bien concreta de ese deporte. Riesgo que corremos por nuestro lar, va de suyo. No específicamente en un dizque second tier –siendo generosos- como España, porque el mercado da para lo que da. Pero de ahí a mecernos en el conformismo del mejor de los mundos posibles del Dr. Pangloss, un abismo. Que todos sabemos de qué va esto. Al fin y al cabo cada cual juega como es y el espectro es lo suficientemente amplio como para que la práctica del altruismo, la nobleza y la búsqueda de nuestro Grial conviva con maldades, mezquindades y dolos, incluso preterintencionales (los juristas ya me entienden). Quien tenga curiosidad podrá encontrar sin excesivo esfuerzo jurisprudencia al caso de lesiones sobre el, en esas ocasiones, fango de Ellis.

Me atrevo a la disidencia en la certeza de que estas páginas no las leen benjamines ni cadetes sino iniciados y creyentes, y por eso me permito pegar(nos) un tiro en el pie y negar la mayor: no somos dechado de virtudes. Tenemos, eso sí, un código severo, estricto, farragoso, que trata de controlar una situación propensa a tropelías, sevicias y violencias. Quien haya jugado en los años 70 y 80 sabe de que hablo. ¿Creerán por ventura que el ascensor en la jugada de lateral es una disposición para el espectáculo? Pardiez, que no. Que sea tal un efecto derivado es algo que fue bienvenido.

He contado en alguna ocasión que se trató de legalizar y regular un ardid que los sudafricanos desarrollaron con tramposa maestría. Los discípulos del Dr. Craven, todopoderoso jefe del rugby sudafricano, sistematizaron una infracción al reglamento, la perfeccionaron durante sus años de aislamiento y soportaron con estoicismo  los castigos de los referees cuando volvieron a la competición internacional, hasta que alguien advirtió que aquella trampa permitía capturas a dos manos y limitaba las infracciones colaterales en el lance del alineamiento, que sufrían los saltadores contrarios y los medios de melé al soportar las embestidas de los jugadores eximidos de capturar el balón mediante el salto.

Así la Regla 23 se fue haciendo más laxa consuetudinariamente porque todos imitaron a los precursores y los árbitros lo fueron tolerando. De sujetar al jugador a la propulsión a la estratosfera, un par de años y la reforma reglamentaria. En su origen un engaño, por tanto, que poco tiene que ver con el espíritu de caballería andante que se nos atribuye. Que los astutos legisladores, ese cuerpo opaco que formaba la vieja International Rugby Football Board, vieran un beneficio derivado es algo que en tal caso habló a su favor. Tengan en cuenta que vivíamos, como a la fecha en el 95% de los partidos que se juegan en el orbe oval, en un mundo sin TMO. Que a día de hoy haya cámaras en cada bolsillo de cada espectador también, sépanlo, es disuasorio para conductas dudosas: una grabación puede ser prueba en juicio. Queda dicho.

No voy a dar detalle de la cantidad de maldades que caben sobre el terreno de juego. Sólo diré que  la norma y el intérprete y ejecutor de la misma son los que impiden que los canallas que practicamos el presunto juego de caballeros lo acabemos convirtiendo en riña multitudinaria. Por lo tanto, la ley, siempre la ley. Eso y la oportuna reprogramación a que somos sometidos por tantos entrenadores cabales que nos transmiten esos mitos de unánime tono quijotesco, si no a la luz de fuego de campamento, sí en corro de cervezas, de esos dados a las hipérboles que tanto nos gustan. Esos mismos que, sin mala fe, nos enseñaban a hundir una melé o tratar (in)adecuadamente las falanges del portador del balón en un maul disputado o a usar creativamente los codos en el momento de levantarse tras un placaje.

No nos convirtamos en caricatura. No adobemos nuestro discurso de sátira volteriana sin saberlo. No hay bondad natural como efecto del juego del rugby, estimado Dr. Pangloss. No. Y los bienintencionados que aventan loas negro sobre blanco, pregunten. O mejor, métanse en un ruck.