Antes de que el ruido y la furia se apacigüen, fresco el asunto Iordachescu (que así se conocerá durante años por venir el nadir de nuestro rugby), y arrojada España del Mundial de 2019 por la expeditiva vía de resolución administrativa, conviene volver a hablar de arbitrajes. La propia resolución lo hace, y señala que no fue bueno. Así que consideren levantada la veda y decaído el mito fundacional -que nunca lo fue para mí- relativo al ignoto pacto de silencio sobre desempeño arbitral.

Repasaba, no hace mucho, la serie de los Lions de 1974 en Sudáfrica, esa que pudo ser Grand Slam y no lo fue por el empate en el último partido. Para cotejar datos me fui a un viejo Rugby World de aquel año, el Rugby World verdadero de Vivian Jenkins, si me permiten adoptar la feliz ocurrencia de cierto exdirector de rotativo monárquico. Y allí vi que tan señalada revista y tan calificados articulistas no tenían reparo en hablar de los señores árbitros. Contraste notable con ese aficionado que prolifera, acaso converso reciente, que los ve, a la manera nietzscheana, más allá del bien y del mal. Es uno de esos mitos arraigados por misioneros de la primera época, cuando es necesario dotar a la fe predicada de un aura casi mágica para adherir al pagano. Como el del sacrosanto respeto al pateador que todos alabamos y que elevamos a categoría porque en el Central y en Lansdowne Road se guarda, a veces, a rajatabla. Pero que es más un desiderátum que realidad. Mitos fundamentales, pero mitos al cabo.

Digo, entonces, que podemos y debemos criticar cuando sea menester la labor arbitral, tanto como el desempeño de clubes, equipos y jugadores. Adviértase que no otro es el origen del TMO, denostado y alabado por igual. Me llevaban a esta reflexión un Inglaterra v País de Gales de 1974 (investiguen el asunto West) y aquel partido final de la gira de la tropa de Willie John McBride por el veldt de África meridional. Un día de julio, también de 1974, en que un irlandés roqueño y patilludo, a pase de JPR tras fulgurante incursión de este entre los tres cuartos visitantes, anotó, ayudado por su pack, un ensayo que hubiera dado a los británicos e irlandeses un triunfo de Grand Slam que quedó ¡sólo! en tres victorias y un empate. Que el ref, Max Baise, fuera sudafricano no nos pasa desapercibido. Como Cas de Bruyn. Grandes árbitros, por lo demás, de larga carrera. Entre ambos arbitraron los cuatro partidos que enfrentaron a Lions y Springboks y acumularon desaciertos tan continuados que motivaron que el mismísimo gurú del rugby sudafricano del siglo XX, el Dr. Craven, advirtiera la necesidad de buscar árbitros neutrales para lo sucesivo.

Gareth Edwards celebra un ensayo en la gira de los Lions por Sudáfrica en 1974. [Foto: Allsport UK /Allsport].

Que hoy los aficionados a la historia de nuestro deporte consideremos hitos del mismo los sucesos de aquella gira no obsta para que señalemos que allí hubo pecado y pecadores. No es otra cosa el famoso y polémico mito del “99 Call”: ya saben, la pelea tumultuaria del tercer test-match. Si la interpretación del reglamento (en los agrupamientos, sobre todo) de Mr De Bruyn no hubiera sido “a la sudafricana”, los expedicionarios no se hubieran visto en la necesidad de responder a la agresión continuada, permanente y en ocasiones indisimulada de los Marais, Snyman, Fourie o Van Heerden, desaforados ya de por sí y fuera de sus cabales por las derrotas acumuladas en las semanas previas. Así que de De Bruyn es coautor de la truculenta anécdota que nos gusta rememorar, pero esta se origina en un arbitraje deficiente, por no decir deliberadamente sesgado. Como la indebida melé a cinco metros que señaló Baise tras la carga de Slattery. Por cierto, en acción idéntica a la de Abdel Benazzi en 1995, con Mr Bevan (galés) privando a Francia de su segunda final en un Mundial.

Ambos sucesos, con y sin árbitro neutral, tuvieron lugar en las postrimerías de cada partido y su decisiva influencia ya no pudo ser objeto de controversia, permítanme el eufemismo, durante el mismo. En ambos casos hubo protestas in situ de los afectados, franceses y Lions, acaloradas incluso. Pero no se sobrepasaron los límites que las convertían en punibles. Sin embargo ambos sucesos componen un punto sin retorno de distorsión de un partido que no puede obviarse. Como tampoco otra derivada del proceder arbitral: la acumulación de decisiones de limitada trascendencia pero ininterrumpidas y contra el mismo equipo, que si en ocasiones puede ser mera discrepancia en la interpretación de la norma, puntualmente, también puede componer un episodio de transgresión de la buena fe.

Es fácil entender que la acción concertada de los Lions a la llamada de su capitán durante aquel tercer test de la gira de 1974 no fue más que una reacción a la intencionada omisión del cumplimiento de su deber de Mr De Bruyn

La reacción de Danny Craven tras la gira de 1974 hace patente qué pensaba de la labor de sus árbitros. Férreo defensor hasta entonces de la competencia de las federaciones locales del hemisferio austral para la designación de aquellos, el desapego por la más común interpretación de las normas de De Bryun y Baise en los partidos que oficiaron (de los referees de las contiendas provinciales –que lo fueron- es mejor no hablar), cambió su parecer por dignidad y respeto al juego y a los rivales.

Es fácil entender que la acción concertada de los Lions a la llamada de su capitán durante aquel tercer test de la gira no fue más que una reacción a la intencionada omisión del cumplimiento de su deber de Mr De Bruyn. Cuando se violentan las reglas, permitiendo, como había venido siendo el caso, mediante pequeños subterfugios que ni siquiera caben dentro de rango que hemos llamado  diferente interpretación del reglamento que pueda predominar en cada federación (siempre fue paradigmático el contraste entre el arbitraje francés y el inglés) cabe esperar que haya una reacción de los afectados.

Si se tratara simplemente de la aplicación de criterios dispares (al caso, como fue en su día, el doble impulso en el maul o el tiempo prudencial en que se consideraba que el jugador placado podía hacer uso del balón) es lógico pensar que el capitán visitante instruya a los suyos para adaptar su juego, algo que probablemente haya sido advertido de antemano por el propio árbitro. Por el contrario, si la percepción (bien que subjetiva, va de suyo) de la parte perjudicada es que se combinan decisiones continuadas tendentes expresamente a minar el juego propio, no es descabellado esperar que se desplieguen contramedidas.

Para el ejemplo que nos entretiene conviene saber, además, que lo del partido de Port Elizabeth no fue hecho aislado, pues antes los árbitros sudafricanos ya habían aplicado distinta vara de medir al pack visitante en las entradas en ruck y maul y en el juego de primera línea. Luego se repetirían las afrentas al equipo británico e irlandés, sobre todo durante el partido frente a Eastern Transvaal, cuando el arbitraje heterodoxo fue tan palmario que incluso, pasada la gira, el Dr. Craven llamó la atención sobre lo indebido del juego de los talonadores locales antes de la introducción del balón, el distinto rasero aplicado a la defensa de los flankers para uno u otro pack y la laxitud en el castigo a los locales en acciones de juego subterráneo. Se trata de injusticias esenciales que acaban por desvirtuar el juego: se pueden aceptar, pero, sean sinceros y piensen como si llevaran sus botas calzadas y el protector en los dientes, lo propio será tomar decisiones.

Hoy la recordada acción de guerra de los pupilos de Syd Millar y McBride (cuya premeditación algunos, prudentemente, todavía desmienten) parecería intolerable a una gran mayoría, y sin embargo la celebramos como parte del ethos de rudeza fronteriza que nos gusta narrar. Pocos saben que, además, la planificada venganza fue ideada seis años atrás, porque otro árbitro afrikáner había sido condescendiente con delanteros locales y público.

Pocos saben que, además, la planificada venganza fue ideada seis años atrás, porque otro árbitro afrikáner había sido condescendiente con delanteros locales y público

Durante la gira de 1968 Tess O’Shea, primera galés, se encaró con los ocho delanteros de (¿quiénes si no?) Eastern Transvaal, tras una serie continuada de agresiones, y fue expulsado. Mientras se dirigía al túnel de vestuarios recayó sobre él la mofa de esa porción de granjeros que acostumbraban a contemplar los partidos bien surtidos de cerveza mezclada con brandy. Y de kilos de naranjas que le arrojaron a la cara. Sólo McBride acudió a proteger a su compañero y, relata otro veterano de la época, John Taylor, aquel día se conjuró para que tal vileza no sucediera jamás. Como en aquel tiempo aún había trazas serias de amateurismo en nuestro deporte aquello no pasó de una excentricidad alabada por muchos y relatada con sonrisas condescendientes, pues se trataba de esos tipos del balón ovalado. Hoy, al ruido del tintineo de las monedas y la exposición mediática, no cabe algo así.

Confieso que me carcome el remordimiento por hacerles dudar de nuestros mitos, pero como escribo para gente con empaque y entendida, con la seguridad de que esto no saldrá de aquí, asumo la carga. Pero no nos hagamos trampas. Conozcamos la historia del deporte que nos gusta tal y como es. Disfrutaremos sabiendo que Slattery no guardó rencor a Max Baise (y prologó su autobiografía), pero también que los severos presbiterianos edimburgueses que en número de más de 100.000 llenaban Murrayfield en los últimos 60 y primeros 70, solían cubrir el campo con rollos de papel higiénico para celebrar o criticar acciones de juego. Para solaz de cierto primera línea capitán de Escocia, gerente de la empresa que monopolizaba la producción del producto en su país.