Hay un viejo dicho que sostiene: “Solo tienes una oportunidad para dejar una primera impresión”. Si la primera impresión es la que queda, como se suele decir también, la gran oportunidad del rugby español para crear ese impacto en un país devoto del fútbol ocurrió en una fecha que nadie va a olvidar fácilmente: el pasado 18 de marzo, el domingo en el que los Leones debían haber cerrado su clasificación para la Rugby World Cup 2019 en Japón.

El rugby parecía haber alcanzado en España cotas inimaginadas: se hablaba de los Leones en la portada de los diarios deportivos principales; el balón ovalado aparecía en los informativos en horarios de máxima audiencia… Era el momento que los amantes del rugby en España habían anhelado durante años: un escaparate inmejorable para mostrar nuestro maravilloso deporte y que todo el mundo lo viera; para propagar sus valores y que los no iniciados y los aficionados casuales pudieran apreciar el rugby en su máxima expresión.

Había anticipación, una expectación que se mezclaba con los cafés y las cervezas de mediodía, y con las páginas de los periódicos y las voces de las emisoras de radio, donde Malie se codeaba con Messi, y Rouet con Ronaldo, y se hablaba más de Belie que de Bale…

Desgraciadamente, ahora ya sabemos que aquel día ha quedado como una jornada fatídica, en muchos aspectos. Lo que debió ser la culminación de la clasificación de España para la Copa del Mundo del año próximo en Japón degeneró hasta convertirse en lo que ha venido después: un asunto sucio y sórdido, la antítesis exacta de todo aquello que la gente del rugby defiende y adora.

Todo lo que sucedió, todos los inimaginables sucesos que se desarrollaron en aquel mediodía belga y que se han acabado convirtiendo en tan dolorosamente familiares, fueron consecuencia directa de la acción, o mejor dicho de la inacción, de Rugby Europe.

La realidad es que tarde o temprano algo así tenía que ocurrir. Lo sucedido era un accidente previsible desde el momento en el que Rugby Europe designó a un árbitro rumano para dirigir un partido en el que su propio país, y de hecho la organización para la que trabaja, se podía beneficiar de manera directa de la hipotética victoria de Bélgica.

El “equipo arbitral”, con el hoy infame Vlad Iordachescu a la cabeza, jamás debería haber sido puesto en la posición en la que se les puso. En mi opinión, Rugby Europe desatendió de manera deliberada su obligación de cuidar del colegiado y de sus asistentes rumanos.

Ya se sabe que la petición hecha por la Federación Española de Rugby para que se les relevara fue desatendida; como también lo fue la solicitud de un árbitro de televisión (TMO) en lo que iba a ser el partido de rugby más importante en el mundo entero en ese día concreto.

Los jugadores españoles no se cubrieron de gloria tras el final del partido, desde luego, pero todo lo que sucedió fue consecuencia directa y responsabilidad absoluta de la inacción de Rugby Europe

Desde que pasó lo que pasó, las teorías conspiratorias, las investigaciones, las conversaciones, recriminaciones y comunicados de prensa no se han detenido. Y en estos últimos días aún se ha añadido otro elemento al catálogo de catástrofes: la reclamación hecha por Rusia por alineación indebida del tongano nacionalizado rumano Sione Faka’osilea, que habría jugado varios partidos del torneo clasificatorio sin cumplir las reglas de elegibilidad de World Rugby. Otra vía de agua que compromete a varias selecciones y jugadores.

Sea cual sea el desenlace final de todo este embrollo, el auténtico perdedor del escándalo no va a ser un árbitro; ni siquiera lo serán España o Rumanía, a pesar del inmenso tamaño de lo que pueden perder. El verdadero perdedor en este asunto va a ser el rugby en sí mismo, como deporte.

Muchos de mis amigos españoles llevan semanas con el corazón roto, y no solo por haber perdido un partido de rugby. Sobre todo porque, después de muchos años de fomentar y proclamar el espíritu y los valores del rugby, después de pasar años como modestos embajadores del rugby, esos valores y ese espíritu se han visto puestos en solfa y mancillados.

Esta era una maravillosa, inigualable oportunidad para expandir el crecimiento del rugby en España… y ha volado por los aires. A resultas de este absurdo escándalo, el rugby ha perdido muchos corazones y muchas voluntades. Algunas de ellas, por desgracia, tal vez para siempre.

Seamos honestos: si aquel Bélgica-España hubiera sido el primer partido de rugby que yo hubiera visto en mi vida, me habría pasado a la pelota redonda de inmediato.

Es cierto que los jugadores de Santi Santos no se cubrieron precisamente de gloria con su comportamiento tras el pitido final de Iordachescu; y que las escenas e imágenes que se vieron fueron desgraciadas, escandalosas y deprimentes a partes iguales. Pero nada de lo que vimos habría sucedido si Rugby Europe hubiera cumplido con sus obligaciones con la competencia debida, y designado árbitros de otro país para ese encuentro. Todo lo sucedido después, por grave que sea, nace de ese error y recae sobre su responsabilidad.

Esta era una maravillosa oportunidad y ha volado por los aires. Seamos honestos: si este fuera el primer partido de rugby que hubiera visto en mi vida, me pasaría de inmediato al balón redondo…

World Rugby, la organización que gobierna el deporte a nivel global, aguarda y estudia estas semanas las explicaciones y justificaciones de Rugby Europe. Y podemos dar por seguro que habrá consecuencias y serán graves. Que favorezcan a España, por desgracia, es algo sobre lo que tengo muchas dudas.

Pero, pase lo que pase, España aún tiene una oportunidad de clasificarse para la RWC de Japón. Y espero que sepa canalizar su enfado y frustración para convertirlos en un factor de motivación en sus duelos con Portugal y Samoa, en busca de la clasificación perdida en Bruselas.

El mundo del rugby, entero, le desea lo mejor al rugby español. Ojalá todo esto acabe bien. Y que todos los corazones y voluntades que se perdieron para nuestro deporte en aquel lluvioso mediodía de un domingo de marzo puedan ser recobrados el año próximo bajo el sol naciente de Japón. Sería el lugar perfecto para que el rugby español conociera, por fin, su definitivo amanecer.