El azul ha sido el color de la semana en Cardiff. En casa, la ciudad se bañaba con indisimulado deleite en un glorioso sol de primavera… mientras allá en el País Vasco el nombre de la capital galesa quedaba cubierto con la pura gloria deportiva.

Sería difícil decir qué es más notable dado que, en Gales, el éxito meteorológico es probablemente aún más complicado de alcanzar que el deportivo. Así que haber reunido los dos en el espacio de una semana escasa supone un signo de fortuna tan evidente que no sería raro ver a los vecinos y seguidores de Cardiff salir corriendo en desbandada a la administración de lotería más próxima a comprar un número. Estos días el cielo descarga buenos augurios sobre el oeste de Gales, en lugar de la lluvia habitual.

El viernes por la noche, el éxito deportivo recubrió de júbilo las más de 1.000 millas que separan la Bahía de Cardiff y el Golfo de Vizcaya, desde Barry a Bilbao… Uno hasta podía imaginarse a las bandadas de azulejos -esas aves que visten sus plumas con los mismos colores de la camiseta de Cardiff- elevándose sobre los acantilados blancos de Dover, camino del sur.

Visto todo esto desde el folklore deportivo local, aún adquiere más significado. La capital galesa acababa de recuperarse de la monumental resaca que ha seguido el ascenso del Cardiff City a la Premier League de fútbol. Y, entonces, como esas cervezas que uno se bebe por la mañana para recuperarse de los excesos alcohólicos de la noche anterior, el equipo de Danny Wilson se declaró campeón de la Challenge Cup en San Mamés, derrotando a Gloucester. Los Clarkies fueron reemplazados por pintxos, y Chip Alley se trasladó a la Plaza Nueva de la capital vizcaína: se mire como se mire, una mejora gastronómica de proporciones gigantescas.

Y eso que, en lo que respecta exclusivamente al rugby, la final no pudo empezar peor para el equipo galés, con la pérdida de su tercera estrella, Josh Navidi, después de solo seis minutos de partido. Un hombro dislocado y, de ahí y durante el resto del primer tiempo, Gloucester dominó con autoridad y llegó al descanso con una ventaja de 6-20.

Seamos honestos. A esas alturas uno ya tenía preparado el titular para la crónica del partido: “Cardiff naufraga frente a las costas de Vizcaya”. Pero estábamos equivocado. No ha sido la primera vez ni será la última, para qué engañarnos.

Aún no nos habíamos sentado tras el intermedio cuando Tomos Williams apoyó un magnífico ensayo. La marca galesa redefinió por completo el choque y nos preparó para una segunda mitad vibrante y llena de tensión.

La afición de los Cardiff Blues celebra el golpe anotado por Anscombe que sería la victoria.

Había cambiado la mar en el Cantábrico y dio toda la impresión de que Gloucester se adentraba en aguas peligrosas. Así, los Blues anotaron 17 puntos sin respuesta, hasta darle la vuelta al marcador y situarse por delante, con un 23-20. Fue la campana de aviso para un equipo, el de Johan Ackermann, que había permanecido todo ese tiempo agazapado. Gloucester salió del asedio y recuperó la iniciativa con un ensayo construido a partir de un maul; luego lo apuntaló con tres puntos más.

El marcador establecido en ese arreón inglés (23-30) ya no se movería hasta el minuto 76, cuando Blane Scully apoyó en la esquina tras una combinación de izquierda a derecha de Cardiff. Anscombe, que había desequilibrado el choque con sus salidas desde el fondo, no pudo transformar la conversión y los aficionados tuvieron que comerse las pocas uñas que les quedaban y abocarse a cuatro minutos finales con los dos equipos separados por apenas dos puntos: 28-30 mandaban aún los ingleses.

Apenas minutos después de fallar la conversión que podría haber dado el título a Cardiff, Anscombe pateó el golpe definitivo con la frialdad de un pepino en un sándwich vegetal

Fue otra genialidad de Anscombe, una salida con patada corta por el lado cerrado, lo que permitió a los chicos de Arms Park largar un balón profundo a la 22 de Gloucester. Vino la presión defensiva contra el jugador inglés aislado y Cardiff sacó un golpe de castigo ladeado sobre el costado izquierdo de su ataque. Apenas unos minutos después de haber errado la conversión que podría haber hecho campeón a los Blues, Anscombe recompuso la figura y produjo bajo la máxima presión una precisa patada, que pasó entre los palos con la frialdad de un pepino en un sándwich vegetal.

Gloucester vio como se le escapaba el choque, con el tiempo casi cumplido. Pateó el reinicio y el balón se murió en manos de Anscombe, que lo pateó exultante a la grada para concluir la victoria galesa. 31-30, un triunfo memorable en todos los sentidos.

Si el tiempo sigue esta semana sonriendo en Cardiff, la ciudad va a hacer corto de autobuses sin techo para las celebraciones. Una primavera gloriosa en todos los sentidos. A este paso, los galeses vamos a tener que pellizcarnos.