A cierta edad, muchos nos empeñamos en mirar atrás y recordar con nostalgia lo que nos parece que fueron los idílicos días del viejo rugby. Pero… ¿de verdad eran tan maravillosos como los recordamos?

Cualquier sabe que el cerebro es una máquina asombrosa. Nos permite convencernos a nosotros mismos de que, cuando éramos niños, el sol brillaba todos y cada uno de los días del verano, que en Navidad siempre nevaba y que las chocolatinas de Mars eran mucho más grandes de lo que son hoy.

También nos solemos empeñar en defender que el rugby de entonces era un portento de juego fluido y alegre. Un deporte cuyo espíritu desenfadado iluminaba cada partido con un rayo de esperanza: anhelábamos que la sociedad nos tomara como canon de lo mejor que puede ofrecer la existencia.

El cerebro es una máquina asombrosa que nos convence de que, de niños, el sol brillaba todos los días en verano, en Navidad siempre nevaba y el rugby era un portento de juego fluido y alegre: un deporte de espíritu desenfadado que iluminaba la sociedad

Uno debe admitir que no estaba de los primeros en la fila el día que repartieron el talento para la escritura… Pero en cierta ocasión, tomando un café con mi héroe literario Stephen Jones, tuvimos una charla que me llevó a mirar al pasado en términos mucho más realistas.

Nunca voy a olvidar la profunda emoción que de niño me produjo ver jugar a David Duckham: con esa larga cabellera rubia al viento, mientras cimbreaba para filtrarse entre los defensores, desplegados como las alas de un águila para cerrarle el paso. O aquellos instantes en que Gerald Davies desairaba rivales con su inigualable paso lateral de bailarín. Y así podría seguir durante horas y jugadores incontables, recubriéndolos con la cera brillante de la admiración: Serge Blanco, Denis Charvet, Barry John, JPR et al.

Gareth Edwards libera una pelota en ‘plongeon’ en la gira de los Lions por NZ.

Pero, si hemos de ser honestos, la experiencia de asistir en aquellos días a partidos internacionales de rugby desde las gradas, la verdad, dejaba muchísimo que desear.
Hoy día, ir a ver un partido es una experiencia increíble. La comodidad de la que disfrutan los espectadores y las posibilidades que ofrece el espectáculo deportivo es incomparable a las torturas a las que nos sometíamos los aficionados al rugby en los años sesenta y setenta.

Uno ha aguantando de pie en la tribuna sur de Twickenham, azotado por un frío helador y la torrencial lluvia, dos horas antes de que diera comienzo el partido. Todo para, una vez iniciada la acción, alcanzar a ver apenas una cuarta parte del terreno de juego.

Además, no era raro que los que estaban a tu espalda en las gradas decidieran vaciar sus tibios depósitos justo detrás de ti, lo que acostumbraba a salpicarte los bajos de los pantalones hasta media pierna (si se entiende lo que quiero decir). Lo peor es que, además, en cierto modo te sentías agradecido, porque aquella generosidad líquida de tus compañeros de tribuna te permitía calentarte un poquito durante algunos segundos.

No era raro que los que estaban a tu espalda en la grada en Twickenham decidieran vaciar sus tibios depósitos detrás de ti, salpicándote los bajos de los pantalones hasta media pierna… Y encima había que agradecerlo porque, por un segundo, entrabas en calor

Otro de los mitos habituales de las mentes nostálgicas es aquél que sostiene que en aquellos años todos los partidos eran un espectáculo de rugby veloz y ligero; como si el espíritu del choque entre los Barbarians y los All Blacks, el clásico de 1973, poseyera todos los días al juego y sus protagonistas.

Siento decir esto pero, por ejemplo, aquel Inglaterra-Gales de 1978, en mi Twickenham de perneras empapadas, acabó 6-9 y durante los 80 minutos de juego las únicas anotaciones que vimos fueron cinco golpes de castigo. De hecho, la jugada más llamativa de todo la tarde fue una patada a touche de Gareth Edwards de 50 yardas (los metros aún no se habían inventado siquiera).

Otro ejemplo: el celebre Escocia-Gales de 1963 en Murrayfield. Nada más y nada menos que 111 saques de lateral; de los cuales prácticamente todos vinieron de patadas al lateral del medio de melé gales, Clive Rowlands. De acuerdo a la leyenda, a partir de ese día cuando en casa de Rowlands la familia se sentaba a la mesa, ya nadie decía: “Pásame la sal, por favor…”. La frase siempre era: “Patéame la sal, anda”.

Clive Rowlands, el medio de melé de Gales, en el famoso partido de las 111 touches.

Hace poco volví a ver aquella épica victoria de Llanelli sobre Nueva Zelanda en 1972 y no daba crédito: sobre el campo quedaron expuestas todas las formas posibles de violencia física, con frecuencia regular. Había más tortazos que en una película de Tarantino.

Hoy da gusto el estado de los campos en los que se juega. La constante evolución de las superficies híbridas permite que los partidos hayan dejado de disputarse sobre aquellos rectángulos embarrados que a veces parecían charcas para hipopótamos, y que tan familiares resultan para cualquier aficionado clásico. Eso, claro, dejando a un lado el patatal en el que a menudo se convierte aún hoy el césped en el Stade de France.

En fin, que he decidido abandonar de una vez por todas mi tendencia al floripondio pretérito y disfrutar de los modernos estadios de rugby de hoy. ¡Pero si hasta tienen techo! Comparemos el Principality Stadium con Arms Park de Cardiff el día que Gales jugó contra Inglaterra en 1969. Entre que había una nueva tribuna en construcción y que el césped eran cuatro hierbajos… parecía más un aparcamiento al aire libre que un recinto deportivo.

Así que, disfrutemos del rugby tal y como es hoy. Aunque World Rugby siga inventando nuevas competiciones y veamos a diario cosas y comportamientos que contravienen las costumbres y las tradiciones; y que, por supuesto, están lejos de la perfección o de ningún ideal.

Cuando siento el impulso de dejarme llevar por esos accesos de melancolía, me acuerdo del espectacular perfil del Principality Stadium en medio de Cardiff, plantado ahí como un brillante escarabajo gigante que colgase de los edificios de pisos y oficinas de la ciudad. Y me deleito con los días en el Twickenham de hoy, imponente y majestuoso hoy en comparación con los viejos días. Lo mismo ocurre con Murrayfield o en Dublín o París.

Y no es sólo por el rugby… También porque, al menos, ahora vuelvo a casa después de los partidos con los pantalones secos.