El pasado mes de abril, a los 13 segundos del partido de la Premiership inglesa entre Northampton Saints y Leicester Tigers, Sione Kalamafoni fue a buscar el primer balón aéreo del partido. Y Rob Horne fue a buscar a Sione Kalamafoni. El número 8 de Leicester descolgó el pelotazo sobre el pasillo de los cinco metros y se mantuvo erguido en la caída. Ante la acometida de Horne, que había llegado el primero a la presión, adelantó el flanco derecho del cuerpo, con una rodilla aún en el aire, y se preparó para absorber el topetazo del australiano.

Un centro a la caza de un tercera contrario. Nada nuevo bajo el sol: los partidos de rugby siempre han reservado callejones para que los jugadores de diferentes líneas puedan medirse en duelo. Flankers ávidos de golpear aperturas por el lado ciego; pilares que anhelan aplastar alas despistados; segundas que planchan al medio de melé moroso en la salida… Imágenes clásicas.

Era el primer contacto del choque y Horne había subido veloz a la presión para fijar a Kalamafoni. Entró al contacto sin acabar de completar el gesto, y el desajuste lo llevó a asumir el impacto en ese ángulo fatal entre el cuello y el hombro, que anuncia problemas. Rebotó y cayó al suelo al suelo, inmóvil, sobre la misma línea de 22. Ya no se levantaría.

Una semana más tarde, los Saints confirmaban la dramática retirada del tres cuartos australiano: una gravísima lesión lo obligaba a dejar el rugby a los 28 años.

El caso reclamó desde el primer momento la necesaria empatía para un jugador cuya carrera termina de un modo abrupto, por culpa de un fatal accidente del juego. Pero debe servir para subrayar no sólo las evidentes tensiones del deporte de élite en lo físico (hay que recordar a Sam Jones, retirado también prematuramente tras una lesión en un entrenamiento haciendo judo con Inglaterra), sino sobre todo aquellos casos terribles de lesiones que alteran el curso de una vida; y que les ocurren no a estrellas planetarias, sino a jugadores y jugadoras anónimos, de clubes de base o divisiones inferiores.

Nadie piensa en las lesiones cuando juega al rugby. “Son parte del juego”, dirá cualquiera que haya tenido el privilegio de practicarlo. Y sin embargo, esa generosa inconsciencia no impide algunos cuestionamientos absolutamente ineludibles, porque de cuando en cuando se producen situaciones irreparables: ¿Son suficientes los seguros federativos? ¿Se observan las adecuadas medidas preventivas? ¿Hacemos el suficiente hincapié en la formación técnica como factor previsor de lesiones? ¿Está garantizada la asistencia médica precisa en los campos? ¿Son coherentes las indemnizaciones?

En el fondo, sabemos que hay preguntas necesarias con respuestas imposibles… Y que nunca se puede combatir del todo la fatalidad.

El golpe con Kalamafoni, a los pocos segundos de juego, le produjo a Horne una fractura por avulsión en el plexo braquial: cinco nervios del lado derecho separados de la espina dorsal, que han provocado la parálisis permanente del brazo derecho

Cualquier lesión que sale del campo y entra en la vida constituye un drama. Pero los contextos varían. Horne se ha visto medianamente cubierto por el reconocimiento y la asistencia lógicos en un jugador de primer nivel. El pasado sábado, Twickenham acogió el mismo partido en el que Horne se despidió: el derby de la Premiership inglesa entre Northampton y Leicester, los enemigos íntimos de las East Midlands.

Un traslado desde los Franklin’s Gardens a los Head Quarters de la RFU, para propiciar la asistencia de más de 40.000 espectadores al encuentro a beneficio de Horne. Parte de la taquilla y de los abonos de temporada fueron destinados para su ayuda; y se abrieron líneas de solidaridad para que los aficionados pudieran hacer las contribuciones que deseasen.

En su aparición para entregar la pelota del partido y recibir el homenaje general, Horne portaba el brazo derecho en cabestrillo, recogido sobre su pecho. Lleva meses ya en Australia, al abrigo de su familia. Persisten la parálisis y el dolor crónico, como él mismo explicó en una entrevista con Saints TV, semanas después de su retirada. “Estoy acostumbrándome a vivir con un montón de cosas que sabes que existen, pero que ni te llegas a plantear: ahora tengo que hacerlo y de verdad”.

Pese a la contención, el tono y los gestos de Horne resultan conmovedores. El jugador explica la lesión -cinco nervios separados de la espina dorsal- y cómo fueron esos primeros minutos, mientras lo inmovilizaban: “Me puse muy pesado… ‘Que me soltéis, quitaos de encima y dejad que me levante, que estoy bien”. Phil Dowson, el entrenador de delantera de los Saints, intentaba calmarlo. “No paraba de decirme que estuviera tranquilo y que me quedara quieto. Pero yo insistía: ‘Deja que me levante, mi familia está en la grada y no quiero que piensen que me he lesionado”.

La conciencia de la dimensión del caso lo atrapó enseguida, en unos minutos eternos: “Matt Lee me estaba sujetando el cuello y, mientras yo insistía en que me dejaran levantarme, me dijo: ‘Rob, ni siquiera has movido las piernas todavía’. Y ahí fue cuando me di cuenta: ‘No las he movido’, pensé… y yo sentía que no dejaba de dar patadas y de agitar la pierna derecha. Y me convencí: ‘Vale, a lo mejor tengo que hacerles caso a los médicos, por primera vez en mi vida”.

El golpe le había producido una “fractura por avulsión del plexo braquial”. A día de hoy, el brazo derecho sigue paralizado y el dolor se ha hecho permanente. “Está mejorando, desde luego”, dice Horne en la entrevista.

Más allá de eso, el resto de detalles quedan bajo un velo de incertidumbre y la privacidad de los datos médicos. La misma figura a la que, de forma mucho más vehemente, ha apelado Conor Murray para que nadie proporcione  un solo detalle acerca de la naturaleza precisa de la lesión que sufre en el cuello.

Murray lleva meses sin jugar sin que se sepa oficialmente por qué. “Una lesión de cuello, no podemos dar más datos”, ha repetido Johann van Graan, el DoR de Munster, en varias ocasiones. Alrededor del verdadero estado del formidable medio irlandés crecen las especulaciones, las teorías conspiratorias y un profundo debate acerca del derecho a la privacidad de las figuras del deporte, frente al derecho a la información de quienes pagan entradas y suscripciones televisivas: la base de los salarios de las estrellas. El lado farragoso del deporte postmoderno.

La camiseta del partido en favor de Rob Horne en Twickenham.

Pero volvamos a Horne. Aquel fatídico día, el 13 australiano era capitán de los Saints. Un equipo en problemática transición, que había despedido a Jim Mallinder del banquillo y que trataba de reencontrar glorias pasadas y héroes presentes, en medio de una Premiership de exigencia implacable.

Horne era uno de los nuevos estandartes del club. Promocionado a la élite de los Waratahs a los 18 años; internacional en 34 ocasiones y en dos copas del mundo con los Wallabies y con varios entrenadores (Robbie Deans, Ewen McKenzie, Michael Cheika); campeón del Super Rugby con los ‘Tahs… Con relativa frecuencia su carrera entraba en una síncopa de lesiones musculares y problemas de espalda, pero nada que comprometiera su característico arrojo en el campo.

Frankling Gardens había acogido a Horne como uno de sus últimos estandartes en tiempos inciertos. Un jugador cuya arrojada forma de jugar al rugby cumplía el ‘adagio’ clásico: “Cuando te pones una camiseta, tu cuerpo es del club”

Jugó su último test con los Wallabies en junio de 2017 y emigró a Inglaterra. Llevaba pocos meses en los Saints, tiempo suficiente para acumular varias menciones de mejor jugador del partido y de la temporada. Había encajado de modo casi automático, poniendo de su lado a la hinchada temperamental de Franklin’s Gardens: era fácil valorar su fluidez anotadora (siete ensayos en 16 partidos); y, sobre todo, ese perfil apreciado del hombre que no hace prisioneros en el campo y acostumbra a desoír cualquier aviso de la conciencia a la hora del combate. Un tipo cuyo modo de jugar cumplía con el viejo adagio del rugby: “Cuando te  pones la camiseta, tu cuerpo es del club”.

El pasado 14 de abril todo quedó en un definitivo suspenso. En estos meses, los gestos de cariño y reconocimiento han sido constantes. Pero hay una imposible reparación con la que Horne deberá aprender a convivir. “Este va a ser un viaje largo y acabamos apenas de empezar”, dice él mismo. Lo que aún puede ser frente a lo que pudo ser.

Antes del partido en Twickenham, el australiano caminó bajo la lluvia hasta el centro del campo y entregó el balón con el que los demás jugarían un partido que ganó Leicester, equipo esencialmente gris, cómodo en los nubarrones. El gesto protocolario comportaba, por supuesto, el simbolismo del homenaje. Pero fue inevitable mirarlo también como una metáfora desoladora y cruel: el hombre que ya nunca más podrá jugar, entregándoles a los demás el balón, la herramienta añorada de la diversión. Y luego, los aplausos, el saludo y la salida final del escenario.

Atrás queda el rugby. Ahí delante, el dolor y la vida.