Dicen que hay jugadores de 30 minutos. Especiales para determinadas situaciones. Necesarios para otras. Siempre en el segundo tiempo, cuando hay que corregir o remachar. Dicen que algunos solo sirven para eso. Incluso desde la atalaya de la presumida excelencia. TJ Perenara, Ardie Savea o Lima Sopoaga, por citar algunos. Merecedores del 7, 9 o del 10 en contadas ocasiones. En partidos presuntamente menores. Argentina, si el torneo austral de las IV Naciones ya está decidido. O Australia, en el mismo caso, sin contar (¡ay, Hansen!) con que aquel día de 2017 los Wallabies estrenaban zamarra “aborigen”.

Afirman por ahí que ese tipo de jugadores tienen recorrido limitado, que quizás sea forma de decir que no aguantan toda la presión o se dispersan. ¿Quién les culpa? si hemos visto al mismísimo “Barrett-10” dudar y sufrir en Taranaki, otro día de 2017. Los que murmuran no saben que ya no hay rugby a XV, que desde hace tiempo es rugby a XXIII y juego de estrategia digno de Kasparov o Carlssen. Que cada uno cumple cuando le toca y le dicen. Además, esos mismos, Perenara o Sopoaga, serían imprescindibles en otros equipos, si descendieran del Olimpo Negro. En Francia o Escocia. En Rumanía o Tonga serían hombres-orquesta. Todo.

TJ Perenara y el primer espada, Aaron Smith, son eslabones de una cadena de medios neozelandeses que han dirigido a los que en los años 70 se dio en llamar Marea Negra, cuando el pack que integraba a Billy Bush, Andy Haden o Andy Dalton escandalizaba a almas cándidas que creían en códigos de conducta de Sandhurst, desmentidos por cualquier sargento mayor de Doncaster cuando el combate se tornaba apurado.

Si las cuatro habilidades esenciales del medio de melé son pasar, patear, romper y ordenar. Going carecía de la primera y la última, pero excedía con mucho al mejor de su tiempo y a muchos de sus sucesores en la segunda y la tercera

En aquel tiempo el ruck era otra cosa y Haden maestro de comediantes, como atestiguará cualquier aficionado que presenciara el País de Gales v Nueva Zelanda de 1978.  Ese día en Cardiff el portador del 9 fue Dave Loveridge, un jugador elegante, escurridizo y de Taranaki que no volvió a los All Blacks tras la gira pirata de los Cavaliers por la Sudáfrica del apartheid. Castigo que no sufrieron, por cierto, los gemelos Whetton, Gary Pearce o el capitán Wayne Shelford, porque su físico aún daba de sí. Que conste para que el rasgado de vestiduras no sea tan profuso cuando de hipocresías hablamos.

Loverigde, como su inteligente y capaz sucesor y campeón del mundo de la primera hornada, David Kirk, definía a ese tipo de medio de melé completo, conforme al modelo, normativo, diríamos, que, al contrario que los TJ Perenara del circuito actual,  no solamente jugaban los 80 minutos, por obligación entonces, sino que dirigían, templaban, conducían y convencían (al ref, en muchos casos). De las acciones que predican esos cuatro verbos afirmo que a TJ dos de ellas le son ajenas. Sin que desmerezca en absoluto su posición en el escalafón All Black. Hubo un tiempo, sin embargo, en que sus virtudes le hubieran llevado a la titularidad absoluta y sin discusión. Ocurre que cada uno disfruta y sufre su circunstancia y el entorno que correspondió a Sid Going, y le convirtió en la figura señera de los All Blacks de Ian Kirkpatrick, se le ha negado al sustituto de Smith.

Sid Going, contra los Lions.

Sid Going (All Black #655 e internacional con la selección maorí –como sus hermanos Brian y Ken, este último querido y bien conocido en el Madrid oval de los 90, pues entrenó a Cisneros- ) vistió 86 veces la zamarra negra (29 test-matches), lo que en los años 70 era muy notable. Pero Going no pasaba bien y solo sirviéndose de la mano derecha lo hacía medianamente lejos y con precisión. La prensa crítica solía achacarle que “mataba de hambre” a sus tres cuartos. Compensaba esa sustancial carencia con una fuerza portentosa para sus 80 kg y con la seguridad del apoyo de sus terceras, sobre todo el capitán Kirkpatrick y el despiadado Alex Wyllie. Por eso lo prefirieron durante siete años los comités neozelandeses de selección, tras la retirada de Chris Laidlaw, con el que compitió con desventaja entre 1967 y 1970. No era el mejor medio de melé, pero era uno de los más grandes jugadores de su época, según declaraba el entonces presidente de la NZRU, Pat Dwyer.

Tomemos por cierto que las cuatro habilidades esenciales del medio de melé sean pasar, patear, romper y ordenar. Going carecía de la primera y la última, pero excedía con mucho al mejor de su tiempo y a muchos de sus sucesores (Strachan, Marshall, Deans, Bachop, Kelleher…) en la segunda y la tercera. Su patada a seguir, que solía terminar en una captura por él mismo, con la ventaja en el ruck subsiguiente para la jauría negra que le seguía, era letal. Su percepción y aprovechamiento de los espacios en la defensa, determinante para el juego vertical que convenía a sus All Blacks.

Al margen de la derrota con los Barbarians en 1973, para una comprensión cabal de su juego hay que ver los choques con Inglaterra en 1973, en Dublín en 1974 y la serie contra los Springboks de 1976

Es una pena que el aficionado común solamente retenga de su desempeño el inmensamente popular partido de enero de 1973 en que los All Blacks fueron derrotados por los Barbarians de Gareth Edwards y Phil Bennett. Para una comprensión más cabal de su juego hay que irse a los enfrentamientos con Inglaterra en 1973 (en Eden Park) o en Dublín en 1974 (Lansdowne Road) y la serie contra los Springboks de 1976, aunque no son grabaciones especialmente accesibles de entre las que muestran su juego.

Going, mormón como tantos maoríes, misionero de su iglesia en Canadá, granjero y MBE (ya saben, por “servicios al rugby”), debutó en 1967 frente a Australia y se retiró 10 años después en la serie de 1977 en que los All Blacks se recuperaron de la cruel derrota de los visitantes Lions de 1971. Espina que personalmente tenía clavada, pues hay quien asegura que Carwyn James diseñó su tercera línea (Peter Dixon, Fergus Slattery, John Taylor y Merv “the Swerve” Davies) para acabar con él.