Una frase histórica define los sucesos del sábado pasado en el Stade de France. Los franceses dicen desconocerla, porque conviene disimular pasajes oscuros en las hagiografías, aunque a este lado de los Pirineos todos sepamos que la pronunció el tornadizo Verde Galán (no en vano verde es el color de la Section Paloise, el club de Pau, la capital original de Enrique IV de Borbón) con ocasión de su interesado regreso a la fe católica. Sin embargo, los irlandeses (verde también) se la tomaron al pie de la letra en su primer partido del 6 Naciones de esta edición. Llegaron a las puertas de París, en Saint Denis, y quebraron la serie histórica de victorias francesas en París el día inaugural, que se remontaba a 1965. Parece muy acertada, pasados los años, la decisión de haber trasladado allí la sede del XV del Gallo, lejos del centro, para que el brillo que vieran el Parc des Princes o el Stade de Colombes, cuando Francia vestía tricolor, no se apague.

No fue un buen partido, ni en el estadio ni fuera de él. El aficionado, y el cronista esencialmente es solamente eso, cuenta con un acontecimiento que debe presentar dos caras: una sobre el terreno y otra fuera de él. Es verdad que París lo engulle todo. Como Roma o Londres, para el caso. Pero mientras Roma, a veces, lo compensa con la luz clara que hace refulgir el césped del Olímpico y Londres nos lleva a Richmond para que veamos cumplidamente satisfechas las expectativas de esa parte lúdica que hace confraternizar a las aficiones contendientes e invitados multinacionales alrededor de viandas y cervezas, París lo niega.

El recorrido desde el centro (línea 13 del Métropolitain) se limita a ser un simple desplazamiento. Comparar el trayecto entre la estación de Twickenham a la que lleva la South Western Railways y el estadio homónimo, o la peregrinación desde Princess Street hasta Murrayfield, con la ruta parisina es un imposible. El jaleo, el ambiente, se concentra exclusivamente en los aledaños del estadio, y lo protagonizan marcadamente los que muestran, orgullosos, el trébol, acaso los colores de cada una de sus cuatro provincias (la mano roja del Ulster muy presente este sábado). Para que los locales se signifiquen hay que esperar a franquear los vomitorios del coliseo oval y escuchar a las charangas del sur, retándose desde uno y otro fondo, cumpliendo las expectativas del espectador presuntamente neutral.

Algo que además sorprende sobremanera a acompañantes que sólo han tenido experiencia del rugby británico e irlandés y que hay que explicar, como fue el caso. Igual que el nivel sonoro de las protestas del público a determinadas decisiones de Nigel Owens (qué disgusto para él ¡nada más un TMO en 83 minutos de juego!) o en el lance de los palos (definitivamente, Dublín es el último bastión). Por eso hay que planear bien la estadía rugbística parisina y diseñar un recorrido alternativo para disfrutar, antes o después, según el caso, del calor de la compañía de compadres aficionados, generalmente en sucursales irlandesas o escocesas de expendedores de cerveza, o en las pocas y señaladas francesas, que las hay. Así Le Rugby, en la rue Roquepine, donde uno se congratula de repasar con algún parroquiano local  las variopintas biografías de tipos cuyo retrato pende de la pared, sean Jean Pierre Garuet, Jean Baptiste Lafond o Dominique Erbani.

¿Y el partido? Claro, ¡el partido! Malo, dicho ha quedado. No nos sorprendió la impotencia atacante francesa. Contábamos con ella. Todos lo hacían. Los más benévolos atribuían esa carencia, antes del pitido inicial, a la transición entre el dolido Novès y el recién llegado Brunel. Los más sensatos a las deficiencias estructurales de la FFR y los intereses encontrados con Top 14 y Pro D2. Los más taimados, a Laporte y Simon. Es igual a nuestro propósito. Contábamos con una Irlanda ganadora, si no brillante (hay síntomas de agotamiento generacional) sí solvente. No lo fue, salvo por esas 41 fases finales que llevaron, a la postre, al drop del santo Sexton.

Yo no sé si el plan de juego irlandés consideraba a priori desgastar a la defensa francesa abusando del peor juego treceísta, que tanto aburre, para luego desplegarse, ya descompuesto el rival, y hacer uso de los recursos que se le presumen. No fue así. La defensa francesa más bien consiguió lo contrario. Guirado (nunca placó tanto), Camara o Machenaud, incluso el desnortado Vahaamahina y su deambular por el más allá (del reglamento)  contribuyeron a desbaratar las escasas propuestas irlandesas. Tanto que, llegado el inesperado ensayo de Thomas (saque lateral rápido y espacios inmensos para el ala, con Irlanda aún caminando doliente hacia una touche que nunca tuvo lugar) y adquirida una mínima ventaja (13 a 12), el campo francés se dio a inopinadas especulaciones. Para muestra  el controvertido uso de las sustituciones por lesión  y su calificación conforme al protocolo de conmoción (HIA) y el regreso de Machenaud al juego. El fantasma de Atonio y Slimani del año pasado rondando, en aquel partido interminable y muy significativo de la senda francesa.

Si hasta el 12 a 6 Irlanda fue controlando morosamente el juego, entre la marca de Thomas y hasta que Belleau erró un golpe sencillo (77′), perdió la iniciativa. Algunos pensamos abandonar el estadio (queríamos evitar la previsible aglomeración en la boca del metro) tras una conversión que dábamos por segura. Francia iba a ganar y al fin y al cabo el único destello durante el partido había sido suyo. Sea y hasta la próxima, era nuestro razonamiento. Pero no. El cisne negro de Taleb, como es de rigor, revoloteando en Saint Denis. El novato francés falla y Sexton recupera el control del partido. No tenía Irlanda otra opción: retener la posesión, acercarse y conseguir un golpe a favor. La defensa francesa se mantuvo disciplinada, acaso contenida, temerosa del momento que buscaba el apertura, pero seria y eficaz. Esa patada a Earls, cruzada al ala, no fue más que un temerario intento de descongestionar la trinchera en que había convertido Francia el centro del campo. Sin éxito. Desde la fase 35ª iba Sexton retrasando su posición, y revelando su intención.

Tras la cuadragésimo primera se concretó: 13 a 15 para Irlanda. Victoria sin que (les) importe un ápice el cómo. A la manera en que el diminuto Borbón cambió Pau por París. Puede que sirva así para los que recuerdan aquellos años de espléndidos primeros tiempos, plenos de entusiasmo y fuerza, que nos regalaban los irlandeses durante los 80 y 90, aun hincando la rodilla, pesadamente, al término fatal de cada partido. No para mí. Yo creo que hay maneras de desbordar una defensa como la francesa y no cabe justificar lo del sábado con ditirambos que puede merecer la patada de Sexton, pero no el jugador, que olvidó que se puede atacar alternativamente a la segunda y tercera cortina defensiva rival, ni el equipo. Lance para la pequeña historia del torneo, nada más.

Nota bene. ¿Justifican dos destellos, Thomas y Sexton, un partido de 6 Naciones? ¿Asegurarse una plaza en el estadio? ¡Pardiez! la duda ofende.